Votar en Colombia y el futuro de la democracia

En un país atravesado por la polarización política, votar en Colombia en la segunda vuelta presidencial vuelve a poner a la ciudadanía ante una decisión que trasciende elegir a un candidato. Se trata de participar activamente en la construcción del rumbo democrático.

Votar es, en esencia, uno de los actos más simples de la vida democrática.

Bandera de Colombia Valle del Cocora, Salento, Quindio, Colombia
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Pero su simplicidad es engañosa.

Detrás de una papeleta depositada en una urna existe un complejo universo de derechos, responsabilidades, memorias históricas y decisiones colectivas. Todo ello moldea el presente y el futuro de un país.

En Colombia, este acto vuelve a ocupar el centro de la conversación pública en un momento de alta tensión política y social. La segunda vuelta presidencial se presenta como un punto de inflexión dentro del sistema democrático. Las mayorías se reconfiguran. Y las decisiones adquieren un peso especialmente visible.

No se trata únicamente de un evento electoral.

Se trata de una expresión concreta de cómo una sociedad se piensa a sí misma.

En este contexto, votar en Colombia se convierte en una decisión colectiva que trasciende lo individual.

Votar en Colombia en tiempos de polarización política

En cada elección hay un momento en el que el país parece detenerse por un instante. Las conversaciones se intensifican, las certezas se vuelven más firmes y las diferencias se vuelven más visibles. En ese escenario, la segunda vuelta presidencial no solo define un resultado electoral: también activa preguntas más profundas sobre la democracia, la representación y el papel de la ciudadanía en la construcción del futuro del país.

Desde la Constitución de 1991, Colombia cuenta con un sistema de segunda vuelta presidencial diseñado para que quien llegue a la Presidencia lo haga con el respaldo de una mayoría de votantes. Cuando ningún candidato alcanza la votación necesaria en la primera ronda, los dos aspirantes más votados pasan a una nueva elección en la que se define quién gobernará el país durante los siguientes cuatro años.

A lo largo de la historia reciente, este mecanismo se ha convertido en una parte habitual de la vida democrática colombiana. De hecho, solo en dos ocasiones no fue necesario recurrir a una segunda vuelta: en 2002 y 2006, cuando Álvaro Uribe Vélez obtuvo la mayoría requerida en la primera ronda. En el resto de las elecciones presidenciales celebradas bajo la Constitución de 1991, la decisión final ha quedado en manos de una segunda votación.

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Dentro de este sistema también existe una opción que suele generar debate: el voto en blanco. Aunque no se suma a ningún candidato ni modifica directamente el resultado de una elección presidencial, constituye una forma legítima de participación ciudadana y una expresión reconocida dentro del proceso democrático.

Laura Viera A.: ¿Cómo estás viviendo esta segunda vuelta desde donde estás ahora?

Alejandro Villamil, politólogo y ganadero: En el campo no hay conexión con manifestaciones, publicidad o encuestadores que recuerden día a día el ambiente preelectoral. Por esto estamos tranquilos.

Constanza Vanegas Villa, administradora de negocios: Con gran preocupación porque siento que los números están muy iguales entre los dos candidatos que están luchando por el primer puesto y aunque soy de derecha y espero que gane la derecha, siento que la izquierda, quien además está en el poder, tiene dinero y es tan tramposa, puede robarse los resultados. Cualquier cosa puede suceder.

Mariana Cortés, productora de televisión: Están siendo días complejos para nuestra democracia. Me preocupa la tensión institucional que estamos viviendo y la dificultad para construir consensos mínimos alrededor de las reglas de juego democráticas. Más allá de quién gane, me inquieta la capacidad que tendrá el próximo presidente para unir al país.

Elvira, líder de democracia y ciudadanía: La vivo con una expectativa, conectada y atenta a la realidad nacional y la evolución de quien cree plenamente en el orden democrático, las instituciones y la libertad. Veo en alto riesgo la situación del país, porque estoy convencida del riesgo inminente de la democracia, la economía, la prosperidad y la libertad en Colombia.

Hoy, en un contexto marcado por la polarización política, la segunda vuelta vuelve a situar a la ciudadanía frente a una decisión que trasciende los nombres de los candidatos. Más allá de las preferencias individuales, votar en Colombia implica formar parte de una decisión colectiva que influirá en el rumbo político, social e institucional del país.

Un país atravesado por su propia historia

La polarización en Colombia no es un fenómeno reciente ni algo que pueda explicarse solo desde el momento electoral que vive el país. Es más bien el resultado de capas superpuestas de historia, desigualdad y conflicto que se han ido acumulando con el tiempo, hasta volverse parte de la forma en que el país se mira y se discute a sí mismo.

Una primera clave está en la profundidad de sus desigualdades. Colombia es un país con brechas muy marcadas en acceso a educación, salud, tierra y oportunidades económicas. Esas diferencias no solo generan condiciones de vida distintas, sino que también producen lecturas distintas de la realidad. Lo que para unos es estabilidad institucional, para otros puede sentirse como exclusión persistente. Esa distancia material termina por convertirse en distancia política.

persona votando en colombia
Paloma © Solkes

A esto se suma un conflicto armado interno que ha cambiado de forma a lo largo de los años. Es un conflicto que ha dejado huellas profundas en la manera de entender el Estado, la seguridad y la autoridad. Durante décadas, la política estuvo atravesada por lógicas de confrontación que no siempre se resolvían en el debate democrático, sino en dinámicas de violencia. Esa memoria todavía influye en cómo se interpretan las posturas ideológicas hoy.

Es importante tener en cuenta que el conflicto armado colombiano no es un tema del pasado. Es un tema profundamente presente.

Laura Viera A.: ¿Qué te genera pensar en la situación política actual en Colombia?

Alejandro Villamil, politólogo y ganadero: Me genera unión ante el miedo a perder la democracia y total solidaridad con quienes buscan recuperar y fortalecer el ejercicio de la política en Colombia.

Simón García, estudiante universitario: Me genera mucha preocupación por problemas que se ven todos los días, como la inseguridad o la falta de oportunidades para muchas personas y la incertidumbre económica. Pero también me genera la convicción de que debemos involucrarnos más y no ser indiferentes frente a las cosas que pasan en el país.

Constanza Vanegas Villa, administradora de negocios: Mucho estrés, mucho desánimo, mucho mal genio y mucha rabia. A veces pienso que tenemos los dirigentes que nos merecemos.

Mariana Cortés, productora de televisión: Mucho estrés, mucho desánimo, mucho mal genio y mucha rabia. A veces pienso que tenemos los dirigentes que nos merecemos.

Isabella García, estudiante universitaria: Siente mucha incertidumbre y decepción porque creo que todavía existe mucha gente ignorante frente a lo que significan las elecciones en el país.

Elvira, líder de democracia y ciudadanía: Me genera una profunda alarma ante la erosión sistemática de nuestras instituciones, la pérdida de seguridad jurídica y la situación económica en declive. Ante este escenario, es indispensable un voto de opinión crítico que asuma con firmeza el mandato ciudadano de rectificar el rumbo del país.

Una de las formas en que esto se nota es en la importancia que siguen teniendo temas como la seguridad, el orden o la autoridad. Para muchos votantes, estas no son discusiones abstractas. Están atravesadas por experiencias vividas o heredadas: recuerdos de violencia, desplazamientos, ausencias familiares o la sensación de haber crecido en un país donde la estabilidad nunca ha sido del todo evidente.

También se percibe en la forma en que se leen los liderazgos políticos. En esta campaña, distintos discursos han vuelto a traer al centro referencias al conflicto, a la paz, a la guerrilla o al “riesgo de repetir el pasado”. No siempre como explicaciones técnicas, sino como palabras que activan emociones muy concretas: miedo, desconfianza o incluso la necesidad de cerrar una herida que sigue abierta.

El conflicto, además, ha dejado una huella en la forma de hacer política. Durante muchos años, el país se acostumbró a una lógica donde el adversario no era solo alguien que pensaba distinto, sino alguien que podía representar una amenaza. Esa forma de entender la diferencia política no desaparece fácilmente, y todavía se filtra en algunos discursos y en la manera en que ciertos sectores se miran entre sí.

Colombianos votando en Texas
María Claudia Vanegas © Solkes

En estas elecciones de 2026, eso se traduce en campañas donde la seguridad y la idea de “lo que está en juego” ocupan un lugar central. Incluso cuando no se habla directamente del conflicto armado, su presencia se siente en el tono, en los argumentos y en la manera en que se intenta movilizar al electorado.

Y quizá lo más importante es que este impacto no se limita a las regiones que vivieron el conflicto de forma más directa. El conflicto armado terminó convirtiéndose en una especie de trasfondo común del país, algo que, de una u otra forma, ha influido en cómo casi todos en Colombia aprendieron a pensar la política.

La política como espejo emocional del país

En Colombia, la política no solo se entiende desde los programas, las propuestas o las instituciones. También —y quizá cada vez más— desde lo que despierta en las personas. Lo que genera confianza, miedo, esperanza o rechazo termina pesando tanto como cualquier argumento técnico y puede influir directamente en la decisión de votar en Colombia.

También es clave el papel de los liderazgos políticos contemporáneos. En los últimos años, el debate público se ha organizado cada vez más alrededor de figuras que concentran adhesiones fuertes y rechazos igualmente intensos. Como consecuencia, los espacios intermedios se han reducido y el terreno del acuerdo se ha ido estrechando. La ciudadanía, en ese contexto, tiende a posicionarse con mayor definición.

puesto de elecciones colombianos en el exterior
Sammy Santos U © Solkes

En paralelo, los cambios en los medios de comunicación y en las redes sociales han amplificado este fenómeno. Esto quiere decir que la información circula más rápido, pero también de forma más fragmentada. Los algoritmos tienden a reforzar contenidos que generan reacción, no necesariamente comprensión. Esto contribuye a que cada grupo reciba versiones distintas de los mismos hechos, reforzando sus propias certezas y dificultando el diálogo común.

Todo esto ocurre en un país donde las identidades políticas no siempre se construyen desde programas ideológicos sólidos, sino muchas veces desde experiencias cotidianas, emociones y percepciones de pertenencia o exclusión. Por eso, la polarización no es solo un desacuerdo racional sobre políticas públicas, sino también una forma de vivir la política de manera profundamente emocional.

Más allá de las encuestas, los debates televisados y la actividad constante en redes sociales, varias de las personas con las que hablé tenían una sensación de agotamiento frente a una conversación pública cada vez más intensa y polarizada.

Para Alejandro Villamil, el problema pasa por la calidad del debate político actual. Considera que las discusiones de fondo han ido perdiendo espacio y que resulta difícil encontrar intercambios realmente enriquecedores entre candidatos o analistas. “No he visto debates serios entre los candidatos, ni siquiera entre muchos de los analistas políticos formados en la academia”, comenta.

Constanza Vanegas Villa comparte una sensación distinta, pero que conduce al mismo punto: el cansancio. Después de seguir durante años la política nacional, reconoce que hoy prefiere tomar distancia de la discusión cotidiana. “No quiero escuchar nada. Estoy harta. El candidato de izquierda no me conecta y el de derecha me cansa”, afirma.

Por su parte, Mariana Cortés reconoce mantenerse muy informada, aunque esa cercanía también tiene un costo emocional. “Estoy bastante conectada y probablemente por eso también muy estresada. Hay mucha violencia verbal y mucha tensión. En ocasiones siento que hemos dejado de escuchar las diferentes posturas para dedicarnos únicamente a descalificar al que piensa distinto.”

Bandera de Colombia Simon Bolivar Bogotá
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Así mismo, Elvira asegura sentirse bastante conectada, pues el debate actual es una tensión definitiva entre la democracia y el totalitarismo.

Por otro lado, Isabella dice que intenta mantenerse bastante conectada al debate político en el país. Intenta estar informada de todas las maneras posibles, no solo por medios de comunicación formales, sino también por informales. Pero, cree que los candidatos que se van a presentar en la segunda vuelta, aunque la representan en algunas ideas, hay otras en las que no está de acuerdo. Pero como todo en Colombia estamos acostumbrados a ver por el menos malo y porque cumpla con lo que debe ser un presidente en Colombia.

Por su parte, Simón asegura que se siente bastante conectado con el debate político en el país. Ha intentado informarse lo más posible y estar pendiente de todo y conectarse con todo lo que pasa en el país.

Aunque sus motivaciones son diferentes, ambos testimonios reflejan una realidad que también atraviesa a una parte del electorado colombiano: la dificultad de mantenerse involucrado en un debate político marcado por la confrontación permanente, incluso cuando se reconoce la importancia de participar en él.

Las diferencias ideológicas no solo se expresan en el debate institucional, sino también en las conversaciones cotidianas, en los medios de comunicación y en los espacios digitales.

En muchos casos, esa polarización se traduce en una fragmentación del lenguaje común. Cada grupo interpreta la realidad desde marcos distintos, consume información diferente y construye versiones parcialmente incompatibles del mismo país.

Esa polarización, sin embargo, no es un fenómeno aislado. Forma parte de una tendencia global donde las democracias contemporáneas enfrentan desafíos relacionados con la desinformación, la aceleración de los ciclos informativos y la dificultad para sostener espacios de diálogo sostenido.

En ese escenario, la ciudadanía deja de ser un actor pasivo para convertirse en un elemento estructural del sistema democrático. La calidad de la información y del debate público influye directamente en la forma en que las personas deciden votar en Colombia.

Porque más allá de los partidos, los discursos o las campañas, la democracia solo existe en la medida en que las personas participan en ella.

El mapa electoral y el debilitamiento del centro

En un contexto político atravesado por la polarización, los resultados de la primera vuelta dejan ver algo más profundo que una simple distribución de votos. Lo que dejan en evidencia es la clara transformación que está viviendo el sistema político colombiano.

Una de las más visibles es el debilitamiento del centro como fuerza articuladora dentro del panorama electoral.

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Las opciones más moderadas llegaron a esta elección con un terreno limitado. Ninguna logró consolidarse lo suficiente como para disputar seriamente un lugar en la segunda vuelta, lo que redujo el espacio político de quienes se ubican en posiciones intermedias.

Dentro de ese espectro, Sergio Fajardo obtuvo el mejor resultado, con un 4,2 % del total, equivalente a poco más de un millón de votos. Por su parte, Paloma Valencia intentó posicionarse como una alternativa de centro desde el interior del uribismo, pero su estrategia terminó tensionada entre dos direcciones: perdió apoyo en sectores de derecha, que se inclinaron por Abelardo de la Espriella, y al mismo tiempo no logró consolidar una base sólida entre votantes moderados. Su resultado final fue del 6,9 %, alrededor de 1,6 millones de votos.

A estos resultados se suman los aproximadamente 225.000 votos de Claudia López, una cifra que no solo es reducida en términos electorales, sino que además quedó por debajo del umbral necesario para acceder a la reposición de gastos de campaña.

En conjunto, estos tres espacios reúnen cerca de tres millones de votos. No fueron decisivos en la primera vuelta, pero en esta nueva etapa adquieren un peso distinto. Estos votos se convierten en un electorado clave en la segunda ronda. Ambas campañas lo saben, y buena parte de la estrategia política actual pasa por interpretar y disputar a estos votantes que no se alinean de forma automática con ninguno de los extremos.

Más que un bloque homogéneo, este electorado funciona como un espacio fragmentado, atravesado por dudas, matices y lecturas diversas del momento político.

En ese sentido, votar en Colombia no se limita a elegir una opción entre otras. También implica asumir una responsabilidad colectiva sobre el rumbo político, social e institucional del país.

Votar en Colombia no es únicamente apoyar una opción política

Votar es aceptar la responsabilidad de formar parte de una decisión colectiva que tendrá efectos reales en la vida social, económica e institucional del país.

Laura Viera A.: ¿Recuerdas la primera vez que votaste y qué significó para ti en ese momento?

Alejandro Villamil, politólogo y ganadero: Sí fue interesante poder ser parte del grupo de adultos con una gran responsabilidad y además estaba el tema de la fiesta en la calle alrededor de los candidatos conservadores y liberales y mostrar el dedo con tinta como identificaban al elector.

Simón García, estudiante universitario: Claro que lo recuerdo porque fue durante estas elecciones. Fue especial porque fue la primera vez que podía participar en una decisión importante para el país, sentí que ya no era alguien que simplemente opinaba, sino que también podía aportar con una decisión propia. Entonces fue una sensación de responsabilidad pero tambien de orgullo.

Constanza Vanegas Villa, administradora de negocios: Sí, recuerdo perfectamente mi primera vez, voté en elecciones populares para elegir al alcalde de la ciudad en la que vivo. Significo que ya era adulta, con capacidad para tomar decisiones y contribuir al bienestar de mi ciudad

Mariana Cortés: Cumplir la mayoría de edad y poder votar me hizo sentir grande y responsable, y por primera vez entendí la responsabilidad que tenía frente a un tema como la democracia. Sentí que mi opinión contaba y que tenía una pequeña participación en el rumbo que tomaba el país.

Isabella García, estudiante universitaria: Recuerdo perfectamente la primera vez que voté porque fue este mismo año. Me atrevería a decir que ha sido uno de los momentos más significativos de mi vida no solo porque pude ejercer mi voto sino porque la situación política del país está bastante compleja y creo que es una forma en la que puedo ayudar por medio de mi voto a lo que yo considero que puede ser lo mejor para mi país y para mí.

Elvira, líder de democracia y ciudadanía: Lo recuerdo con alegría y un profundo sentido de compromiso patrio. Mi estreno ciudadano coincidió con las elecciones de 1990, respaldando la histórica Séptima Papeleta. Aquel momento significó comprender el poder transformador de la voluntad popular y presenciar el nacimiento de una nueva era constitucional, marcando el inicio de mi vocación institucional.

persona votando en Colombia
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Más allá de las opciones electorales actuales, lo que aparece de fondo es un clima político que se ha ido construyendo alrededor del centro durante los últimos años.

Entre distintos votantes se repite una misma sensación: haber sido criticados o descalificados por sostener posiciones intermedias, y al mismo tiempo ser ahora interpelados como un electorado clave en la segunda vuelta.

En ese contexto, las decisiones no son lineales y pocas veces lo son. Algunos votantes contemplan apoyar a Iván Cepeda como una opción de contención frente a la derecha, mientras que otros, en menor medida, incluso consideran a Abelardo de la Espriella bajo ciertas condiciones, aunque con fuertes reservas.

La campaña de De la Espriella, por su parte, no ha necesitado construir grandes puentes hacia el centro. Su base más sólida proviene del alineamiento rápido del uribismo tras la primera vuelta, lo que deja su principal margen de crecimiento en sectores de derecha ya consolidados, más que en el electorado moderado.

En conjunto, estos posicionamientos muestran algo más amplio que una simple disputa electoral. Hablan de un electorado que no se desplaza de forma automática entre bloques, sino que negocia, duda, compara y reinterpreta constantemente sus decisiones.

Y en ese vaivén, los votos del centro —fragmentados, incómodos y al mismo tiempo decisivos— vuelven a ocupar un lugar clave para entender cómo podría definirse el próximo presidente de Colombia.

El valor de votar en Colombia más allá del acto individual

Empecemos por decir que el voto suele entenderse como una decisión personal, casi íntima. Un gesto breve que ocurre en un momento específico del día electoral.

Pero su impacto es profundamente colectivo.

Cada participación individual se suma a una estructura que define mayorías, orienta políticas públicas y configura el rumbo institucional del país durante años. Incluso cuando parece un acto aislado, forma parte de una red de consecuencias que se extiende mucho más allá del momento en que se deposita la papeleta.

Al mismo tiempo, la abstención también participa en ese sistema. No como un gesto neutral, sino como una ausencia que modifica el equilibrio de fuerzas y afecta el resultado final del proceso democrático.

Colombianos votando en Texas
María Claudia Vanegas © Solkes

En ese sentido, votar en Colombia no es únicamente un derecho garantizado por la Constitución.

Es también una forma de sostener la legitimidad del sistema político.

Laura Viera A.:¿Qué representa para ti votar hoy en Colombia?

Alejandro Villamil: Libertad.

Simón García, estudiante universitario: La oportunidad de participar en la construcción del país que quiero tener. Es una forma de expresar nuestras ideas y de asumir responsabilidad por el futuro de Colombia.

Constanza Vanegas Villa: Un acto de responsabilidad.

Mariana Cortés: Hoy votar representa mucho más que elegir entre candidatos. Representa defender un sistema que nos permite cambiar el rumbo del país a través de las urnas, respetando las reglas democráticas.

Isabella García, estudiante universitaria: Representa votar por un mejor país y por un mejor futuro. Me interesa que todos podamos tener una mejor vida y eso lo puedo hacer por medio de mi elección y la verdad me genera mucha alegría tener esa oportunidad.

Elvira: Representa una última línea de defensa ciudadana y democrática. Votar es el mecanismo legítimo de resistencia frente a la corrupción desenfrenada, al caos institucional, a la incapacidad de fijar reglas que promuevan el desarrollo y el deterioro legal. Votar hoy no es un acto simplemente de elegir para confirmar gustos o afinidades. Es la manera de frenar la destrucción del aparato productivo y proteger el Estado de derecho. Significa ejercer un mandato ciudadano de rescate nacional.

La democracia no se agota en el día de las elecciones. Es un proceso continuo que requiere atención, seguimiento y participación más allá del momento de la votación.

Desde la conversación pública hasta el control ciudadano, pasando por el debate informado, la exigencia de transparencia institucional y la capacidad de cuestionar decisiones de poder.

Votar en Colombia como decisión colectiva

Debemos tener en cuenta que en contextos polarizados, la información se vuelve un terreno especialmente sensible. No solo importa qué se dice, sino cómo circula lo que se dice. También importa qué versiones ganan espacio en la conversación pública.

Las narrativas políticas pueden simplificarse, acelerarse o fragmentarse con facilidad. Esto hace que entender lo que está en juego sea cada vez más complejo. En ese escenario, el papel de la ciudadanía informada se vuelve central.

No se trata únicamente de acceder a información. Se trata de contrastarla, interpretarla y situarla dentro de un marco más amplio. Algo que resulta más fácil de decir que de hacer. Ese marco incluye historia política, desigualdad social y procesos institucionales.

La calidad de una democracia no depende solo de sus instituciones formales. Depende también de la calidad del debate público que la sostiene.

Cuando ese debate se empobrece, la democracia se debilita. Cuando se amplía y se vuelve más exigente, se fortalece.
En ese sentido, votar no empieza el día de las elecciones. Empieza mucho antes. Empieza en la forma en que una sociedad conversa consigo misma.

El voto como acto de presencia

En toda democracia hay un gesto que parece simple, casi rutinario, pero que sostiene buena parte del sistema: votar. Es el momento en el que la ciudadanía se hace presente dentro de un mecanismo que funciona por delegación, pero que depende de esa participación para mantenerse viva.

El sistema político colombiano se sostiene sobre una idea básica: delegar decisiones en quienes son elegidos para representar a la ciudadanía. Por eso, votar no es solo elegir, también es decidir participar.

Centro de votación Colombia
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Cada cargo público elegido por voto popular  define el rumbo de políticas que impactan la vida cotidiana. Pero es necesario entender que el voto no solo elige personas, sino que también exige respuestas. Funciona como una forma de memoria y de control: recuerda que el poder no es permanente ni automático.

Y pues cuando participa una mayoría amplia, la democracia se vuelve más legible. Las decisiones ganan peso colectivo y el sistema se sostiene con mayor legitimidad.

En ese sentido, votar no es únicamente un trámite electoral, sino una forma de presencia dentro de lo público: una manera de afirmar que se forma parte de las decisiones que estructuran el país.

Cuando la política se convierte en economía

Detrás de cada elección no solo se juegan ideas políticas, sino que también se dibuja una cierta forma de entender la economía del país. El voto, aunque no lo parezca, también participa en esa construcción.

Votar también es participar, indirectamente, en la definición del modelo económico de un país. Detrás de cada candidatura hay una forma distinta de entender el crecimiento, el trabajo y la distribución de los recursos.

Las decisiones que se toman en las urnas terminan reflejándose en la inversión pública, en la educación, en la salud y en las oportunidades de desarrollo. No es un vínculo inmediato, pero sí constante.

La estabilidad política que proviene de elecciones participativas también tiene efectos fuera de la política: influye en la confianza, en la inversión y en la percepción del país hacia dentro y hacia fuera.

En conjunto, lo económico no está separado del acto de votar, sino que se ve profundamente atravesado por él, incluso cuando no es evidente en el momento de la decisión.

El voto como forma de cambio social

Votar también es una forma de decir qué tipo de sociedad se quiere construir. No solo define gobiernos, también expresa prioridades colectivas, valores y límites.

Cada voto también habla de valores. Habla de qué tipo de sociedad se quiere construir y qué derechos se consideran prioritarios.

A través de la participación electoral se impulsan debates sobre igualdad, inclusión y derechos humanos. Se decide qué lugar ocupan temas como la diversidad, la justicia o la protección de minorías en la agenda pública.

También es una forma de inscripción generacional: cada elección abre o cierra posibilidades para quienes vienen detrás. Educación, empleo y medio ambiente no son solo temas políticos, sino decisiones que atraviesan el futuro.

El voto, en este sentido, no solo administra el presente: también proyecta el tipo de sociedad que se está imaginando.

Cuando no se vota y cuando el voto empieza antes

La ausencia también tiene peso político. No participar no significa quedar por fuera del sistema, sino influir en él desde otra forma de presencia: la del vacío que también modifica los resultados.

La abstención también habla, aunque lo haga en silencio.

Laura Viera A.: ¿Qué se pierde cuando la gente decide no votar?

Alejandro Villamil: Se pierde la representación de todos los intereses y necesidades de los colombianos.

Simón García, estudiante universitario: Se pierde la oportunidad de influir en decisiones que nos afectan a todos. Entiendo que haya personas decepcionadas con la política, pero si uno no vota, uno deja que otros decidan por uno y eso no puede ser así. Uno tiene que defender sus ideales, así sepa que no son los de la mayoría y luchar por ellos.

Constanza Vanegas Villa: No tiene derecho a opinar. En este momento siento que no votar es poner en riesgo la democracia del país.

Mariana Cortés: Se pierde la oportunidad de influir en las decisiones que afectan nuestra vida cotidiana. Entiendo que pueda existir frustración o desencanto, pero creo que la respuesta debe ser una mayor participación, no la indiferencia.

Isabella García, estudiante universitaria: Me parece que se pierde ese sentido de pertenencia, de amor a la patria y sobre todo pierde el país.

Elvira: Se pierde soberanía ciudadana y se entrega el país, por omisión. Al renunciar al voto, se disuelve la capacidad de recuperación del orden. El abstencionismo debilita la institucionalidad, silencia las voces constructivas y fragmenta el tejido social. Dejar de votar profundiza la desconfianza institucional y dificulta la esperanza y la visión de futuro.

En el momento en el que pocas o menos personas votan, la democracia pierde parte de su fuerza simbólica. Lo que sucede es que las decisiones se perciben como menos representativas y el espacio puede ser ocupado con más facilidad por intereses organizados o más visibles.

Vamos a decirlo de otra manera, cuando hay baja participación, el debate público tiende a fragmentarse más y a volverse menos inclusivo. La distancia entre ciudadanía y poder crece, incluso si no siempre se nota de inmediato.

Por eso, la participación no solo suma voces: también equilibra el sistema.

Pero esa participación no empieza el día de las elecciones. Empieza mucho antes, en un territorio menos visible pero igual de decisivo: la forma en que una sociedad se informa, conversa y construye criterio.

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Votar no empieza en la urna. Empieza en la manera en que una sociedad conversa consigo misma.

Conocer propuestas, entender contextos, contrastar información y escuchar otras voces forma parte del mismo acto democrático. No se trata solo de elegir, sino de comprender qué se está eligiendo.

En ese sentido, la democracia no ocurre únicamente en las urnas. También ocurre en la conversación, en la duda y en la forma en que una ciudadanía decide mirar su propio país.

Y es ahí, en ese espacio previo a la decisión, donde el voto empieza realmente a existir.

El mapa emocional de la segunda vuelta

Tengamos en cuenta que lo que dejó la primera vuelta no fue solo una suma de votos. Fue también un retrato emocional del país en un momento muy particular.

Más que una elección clara entre izquierda y derecha, la segunda vuelta parece haberse configurado como una pregunta más profunda. Una pregunta sobre qué tipo de temor logra organizar mejor a la ciudadanía en este momento y sobre cómo esas emociones influyen a la hora de votar en Colombia.

Por un lado, aparece el miedo a la continuidad del proyecto de Gustavo Petro. Por el otro, el miedo a un giro brusco hacia una derecha que una parte del país percibe como impredecible o excesiva.

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Entre esas dos sensibilidades se abre el espacio donde se decidirá la elección.

El resultado del preconteo terminó de cristalizar esa tensión. La contienda dejó de sentirse como un escenario amplio con múltiples opciones.

Se convirtió, poco a poco, en un pulso más directo entre dos formas de entender el país. No solo dos proyectos políticos, sino dos maneras de leer el presente.

En este punto, la conversación pública se desplaza menos hacia los programas y más hacia las sensaciones de riesgo.

Laura Viera A.: ¿Sientes que el voto realmente puede cambiar algo en el contexto actual?

Alejandro Villamil: Ánimo. Por Colombia debemos unirnos para hacer grande nuestra patria.

Simón García, estudiante universitario: ¡Sí, obviamente! Un voto individual puede parecer pequeño, pero la democracia se construye precisamente con millones de decisiones individuales. Entonces, si las personas participan, es posible generar cambios y mandar un mensaje claro sobre el rumbo que la población quiera para el país.

Constanza Vanegas Villa: Sí, en este momento votar es la única opción para liberarnos de una tiranía.

Mariana Cortés: Sí, absolutamente. La historia demuestra que las decisiones electorales tienen consecuencias reales sobre el rumbo de los países.

Isabella García, estudiante universitaria: Sí, claro, no de una manera mágica ni inmediata, pero millones de votos de todos los colombianos sí pueden definir un poco el rumbo institucional, económico y social que tiene Colombia ahora.

Elvira: Tengo la absoluta certeza de que el voto es la herramienta más poderosa para transformar realidades y corregir rumbos. En el contexto actual, cada voto puede ser un respaldo contundente al orden, la estabilidad y la legalidad. Desestimar su poder es un grave error y de infinita falta de amor al rol ciudadano y al país. El voto consciente blinda el futuro.

Para algunos, Iván Cepeda representa la continuidad del proyecto actual, con sus apuestas por las reformas sociales, la paz total y una posible discusión constituyente.

Para otros, Abelardo de la Espriella encarna un giro hacia el orden, la autoridad y una reconfiguración de los equilibrios institucionales.

Ambos llegan a la segunda vuelta no solo como candidatos, sino como símbolos. Símbolos alrededor de los cuales se proyectan expectativas y temores.

En sus discursos posteriores a la primera vuelta, esta lectura se hizo aún más visible. Desde un lado se advierte el riesgo de retroceder en avances sociales. Desde el otro, el temor a una concentración de poder y al debilitamiento de los contrapesos.

Votar en Colombia entre el centro, los márgenes y la incertidumbre

En el contexto actual, es posible que Iván Cepeda intente reforzar una imagen más institucional, buscando tender puentes con sectores moderados que observan con cautela al gobierno actual. Eso implicaría marcar cierta distancia de propuestas como la Asamblea Constituyente y enfatizar un camino de acuerdos más amplios, aunque sin romper del todo con su campo político.

Abelardo de la Espriella, en cambio, enfrenta el reto de ampliar su base sin perder la energía que lo llevó hasta aquí. Su desafío es sostener la movilización de sus seguidores y, al mismo tiempo, mostrarse más permeable a quienes no comparten su estilo, pero sí su rechazo al gobierno actual.

Entre ambos, la campaña ha ido ajustando tonos y estrategias para responder a un electorado en movimiento constante.

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Pero más allá de los candidatos, la elección también se juega en otros lugares.

Una parte importante del país no participó en la primera vuelta. ¡Qué problema tan grande! Ese 42% de abstención abre un espacio decisivo en una contienda tan cerrada, aunque no sea homogéneo ni fácil de predecir.

También entran en juego las estructuras políticas tradicionales, las dinámicas regionales y las redes de movilización local, que en momentos de alta competencia recuperan peso. En algunos territorios, estas fuerzas pueden inclinar la balanza de formas poco visibles desde la conversación nacional.

En conjunto, lo que se configura es una elección que no se explica únicamente desde las ideas, sino también desde la manera en que circulan los afectos políticos: la confianza, la desconfianza, la esperanza o la incertidumbre.

Laura Viera A.: Si pudieras decirle algo a alguien que duda si votar o no en esta segunda vuelta, ¿qué le dirías?

Alejandro Villamil: Ánimo. Por Colombia debemos unirnos para hacer grande nuestra patria.

Constanza Vanegas Villa: Entiendo a quienes están cansados de la política y sienten que nada cambia. Pero aun así, votar sigue siendo la única forma de influir en el rumbo que tomará el país.

Mariana Cortés: Le diría que vote a conciencia. Que se informe, que escuche diferentes puntos de vista y que piense en el país que quiere para los próximos años.

Isabella García, estudiante universitaria: Les diría que entiendo la frustración y el cansancio que tienen porque muchos ciudadanos sienten que la política en Colombia no responde a lo que promete, pero es eso lo que nos debería incitar a participar.

Elvira: Le recordaría que la indiferencia jamás ha construido una gran nación y que la indecisión debilita nuestras libertades. La indiferencia en esta segunda vuelta no es neutralidad; es un voto de hecho por la profundización de la crisis y el desmantelamiento institucional.

Laura Viera A.: ¿Qué te gustaría que la gente entendiera sobre lo que significa participar en unas elecciones hoy en Colombia?

colombianos votando exterior
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Alejandro Villamil: Es la oportunidad de hacer un cambio en lo que era la política tradicional con corrupción y desidia y la nueva era de crecimiento social y económico

Constanza Vanegas Villa: Esta es nuestra oportunidad de no permitir que una izquierda que no sirve (probada en todo el mundo) no termine de corromper nuestra economía y las futuras generaciones puedan tener un mejor futuro.

Mariana Cortés: Me gustaría que entendieran que votar no es simplemente escoger un candidato. Es participar en la construcción del futuro del país. Las democracias no se sostienen solas; requieren ciudadanos que se involucren, que exijan resultados y que defiendan las instituciones cuando estas son cuestionadas.

Isabella García, estudiante universitaria: Participar en las elecciones en Colombia no es solo votar por votar sino que defender la democracia  y ejercer ese deber y derecho que tenemos todos los colombianos. La democracia no se cuida sola, se cuida por medio de nuestro voto, cuando particpamos, cuando nos informamos y respetamos.

Elvira: Significa ejercer una corresponsabilidad activa en la recuperación de la estabilidad nacional. Es entender que lo que está en juego es el derecho a emprender, a disentir, a autogestionarse y a vivir en democracia. Asistir a votar es una acción esencial y necesaria, de una ciudadanía madura, cansada de la anarquía y que no se rinde a perder las libertades; es la manera democrática de recuperar orden, confianza, desarrollo económico y social, erradicar pobreza y en general desarrollo para todos.

Y en ese terreno más difuso, cada voto termina teniendo un peso que va mucho más allá de lo individual.

Porque, en el fondo, esto no habla solo de una disputa electoral, sino de cómo se entiende hoy la propia idea de participar en democracia.

Cierre: la democracia como práctica viva

La democracia rara vez encaja en la imagen ordenada que a veces se proyecta de ella. Debemos entender (o intentarlo) que no es un sistema que “funciona” únicamente cuando se activa en las urnas. Tampoco se trata de un equilibrio que se sostiene solo por inercia institucional. Es, más bien, un proceso en construcción permanente, hecho de tensiones, desacuerdos, acuerdos parciales y decisiones que nunca terminan de cerrarse del todo.

La democracia es una práctica viva, frágil y constante. Y justamente por eso depende de algo que no puede delegarse: la participación.

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En Colombia, la segunda vuelta no es solo el momento en el que se define un resultado electoral. Es también un recordatorio de que la democracia no se agota en las instituciones que la administran, sino que existe en la medida en que las personas la ejercen, la discuten y la sostienen, incluso cuando resulta incómoda o incierta.

Votar en Colombia no es únicamente elegir entre opciones. Es participar en una construcción colectiva que no termina el día de las elecciones, sino que continúa después, en la forma en que una sociedad convive con sus decisiones, sus desacuerdos y sus consecuencias.

Quizá por eso el voto no se entiende del todo desde la certeza ni desde la idea de una respuesta definitiva. Se entiende mejor desde algo más abierto: la decisión de estar presente en un proceso que está siempre en movimiento.

También implica una responsabilidad más amplia. La democracia no se sostiene solo desde la exigencia hacia las instituciones, sino desde la coherencia entre lo que se espera de ellas y la decisión de participar en su construcción. La crítica, la inconformidad y la demanda de cambio tienen más fuerza cuando van acompañadas de presencia activa en el proceso que las hace posibles. No se debe vivir como un espectador.  Sino como parte de aquello que se está intentando construir, incluso cuando todavía no está del todo claro qué forma tendrá.

Votar es un gesto individual con efectos profundamente compartidos. Una acción breve en apariencia, pero insertada en una red más amplia de historia, memoria y futuro común.

Votar ya no es solo un gesto de preferencia personal ni una forma de reafirmar gustos o afinidades. Implica asumir un mandato ciudadano orientado a la defensa y recuperación del país.

La participación ciudadana es la base de cualquier democracia sólida. En Colombia, votar no es solo un derecho, sino también una responsabilidad fundamental. Cada voto es una expresión de voluntad, una forma concreta de influir en el rumbo del país y en las condiciones de vida de toda la ciudadanía.

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