Maternidad migrante, arte y memoria en Alemania

Hay experiencias que solo pueden contarse desde la sensibilidad. No porque sean imposibles de explicar, sino porque las palabras, por sí solas, no alcanzan. La maternidad migrante es una de ellas. La migración también.

Cuando ambas se cruzan, aparece un territorio emocional difícil de nombrar. Un espacio donde la identidad se transforma mientras intenta conservar algo intacto. Es una especie de traducción permanente entre lo que fuimos, lo que dejamos atrás y aquello que estamos aprendiendo a ser.

Yo hago parte de las mujeres que viven la maternidad migrante y la conversación con Shirin Lausch, autora de Con otras raíces (titulo original: Mit anderen Wurzeln), fue muy reveladora y personal, de cierta manera. Este es un libro que reúne las voces de cuarenta madres migrantes en Alemania, no funciona únicamente como una entrevista sobre crianza. Lo que emerge es otra cosa: un archivo íntimo sobre la memoria, la pertenencia y las formas invisibles del cuidado.

Y quizá por eso esta historia pertenece a El Obturador. Porque hay relatos que no se observan desde la información, sino desde la textura emocional que dejan detrás.

Maternidad migrante y migración: el paisaje europeo

Antes de entrar en la conversación con Shirin, sentí que era importante mirar el contexto más amplio. Porque detrás de cada historia íntima también existe una realidad social que transforma la manera de criar.

La maternidad migrante ya no es una experiencia periférica en Europa. Forma parte del tejido cotidiano de muchas ciudades, escuelas y hogares.

Motherhood - child with kite in Berlin
Oksana Demenko on Unsplash © Solkes

En Alemania, más de una cuarta parte de la población tiene origen migrante, según datos recientes de Destatis. Entre los adultos jóvenes, la proporción es todavía mayor. Una de cada tres personas entre 25 y 34 años tiene una historia familiar atravesada por la migración.

Estas cifras revelan algo más profundo que un cambio demográfico. Hablan de una generación entera criando hijos entre idiomas, memorias y referencias culturales múltiples.

En paralelo, Alemania atraviesa una caída histórica de la natalidad nuevamente en 2025, alcanzando el nivel más bajo desde la posguerra.

Las razones son múltiples: el aumento del coste de vida, la precariedad habitacional en muchas ciudades, la dificultad para conciliar trabajo y crianza, el retraso en la maternidad y la incertidumbre económica que atraviesa a gran parte de las nuevas generaciones.

Pero también existe otro elemento menos visible: muchas mujeres sienten que criar en Alemania implica sostener expectativas extremadamente altas sobre la maternidad. La presión por equilibrar estabilidad económica, tiempo de calidad, desarrollo profesional y crianza consciente termina generando una sensación constante de agotamiento.

En ese contexto, las familias migrantes ocupan un lugar importante dentro del panorama demográfico alemán. En muchas ciudades, una parte significativa de los nacimientos corresponde a hogares con historias migratorias. Y eso transforma inevitablemente la idea tradicional de identidad alemana, familia y pertenencia cultural.

Sin embargo, detrás de las estadísticas existe otra realidad mucho más íntima.

Motherhood - working mom
Vitaly Gariev on Unsplash © Solkes

La maternidad migrante suele vivirse desde una doble adaptación: aprender a ser madre mientras se aprende, al mismo tiempo, a habitar otro país.

Nuevos sistemas médicos. Nuevos códigos culturales. Nuevas formas de entender la infancia.

Y, muchas veces, lejos de la red afectiva que antes sostenía la vida cotidiana.

Fue precisamente desde esa realidad donde comenzó mi conversación con Shirin. Ahí donde las cifras dejan de ser abstractas y se convierten en experiencias profundamente humanas.

La maternidad migrante como lenguaje secreto

Existen experiencias que transforman no solo la vida cotidiana, sino también la manera en que las personas se relacionan entre sí. La maternidad suele hacer eso. La migración también.

Motherhood - Pregnant Woman
Taisiia Stupak on Unsplash © Solkes

Cuando ambas coinciden, aparece una sensibilidad particular: una necesidad más urgente de ser comprendida, escuchada y acompañada. En muchos casos, la maternidad migrante transforma incluso la manera en que las mujeres entienden la pertenencia y el cuidado.

Quizá por eso muchas mujeres migrantes terminan encontrándose unas a otras desde un lugar profundamente íntimo, incluso antes de conocerse realmente. Es algo como si compartir la experiencia de criar lejos de casa creara un tipo de reconocimiento silencioso imposible de explicar del todo.

Hay conversaciones que empiezan como una entrevista y terminan pareciéndose más bien a una confesión compartida.

Laura Viera A: ¿Qué te llevó a reunir estas historias?

Shirin sonríe antes de responder. Recuerda su embarazo, el nacimiento de su primer hijo y la urgente necesidad de hablar con otras madres.

Shirin Lausch: Cuando estaba embarazada de mi primer hijo… y también después del parto, sentía una necesidad muy fuerte de hablar con otras madres. De compartir lo que estaba pasando, porque eran cambios muy profundos. Y hablar de ello me ayudaba a entenderme mejor. Y me pasaba algo muy bonito: al conocer a otras madres, aunque no las conociera desde hacía mucho tiempo, rápidamente estábamos hablando de cosas muy personales. Del parto, de la pareja, de dificultades económicas… temas muy íntimos que normalmente no compartimos con desconocidos.

Laura Viera A: Hubo una historia que marcó el inicio del libro, ¿no?

Shirin asiente.

Shirin Lausch: Sí. Conocí a una mujer brasileña que acababa de llegar a Alemania justo antes de dar a luz. Y me dijo algo que no se me olvidó: “no te puedes imaginar lo duro que ha sido”. No hablaba el idioma, no tenía a su familia ni a sus amigas. Y además estaba atravesando el embarazo, el parto y la soledad.

Laura Viera A: ¿Hay alguna experiencia cercana a ti como madre migrante?

Shirin guarda silencio unos segundos antes de responder.

Shirin Lausch: Y una persona que tuvo una experiencia similar es mi propia mamá, de hecho. Porque cuando yo tenía cinco años, mi familia y yo nos mudamos a España, donde vivimos un par de años. Aunque la experiencia fue distinta, el recuerdo de ese desplazamiento permanece muy presente. La sensación de llegar a otro lugar, escuchar otro idioma y reconstruir la vida cotidiana desde cero forma parte también de su memoria familiar.

Motherhood, winter time
Filip Rankovic Grobgaard on Unsplash © Solkes

Tal vez ahí nació realmente Con otras Raíces: no desde una idea editorial, sino desde una pregunta emocional imposible de ignorar. ¿Cómo se sostiene una madre cuando todo lo familiar desaparece?

Muchas veces es vivir entre idiomas ajenos, trámites, silencios y distancias. Muchas mujeres migrantes aprenden a criar mientras también intentan reconstruirse. Y, sin embargo, en medio de esa fragilidad, aparece algo profundamente humano: la capacidad de reconocerse unas a otras incluso antes de saber sus historias completas. Se vive la maternidad, como una forma secreta de traducción entre mujeres que alguna vez también se sintieron solas.

Criar entre dos mundos

Hay algo profundamente silencioso en la experiencia de criar lejos del lugar donde una aprendió a ser hija. Empecemos por decir que las costumbres que parecían naturales comienzan a verse desde otra perspectiva. Lo cotidiano se convierte en una negociación constante entre lo heredado y lo aprendido. Y, poco a poco, la maternidad deja de ser únicamente un vínculo con los hijos para transformarse también en una conversación permanente con la propia identidad.

Motherhood - African Amercian Family
Eye for Ebony on Unsplash © Solkes

A medida que avanzaba la conversación, aparecía una idea constantemente: muchas decisiones que creemos universales en realidad pertenecen al lugar donde crecimos.

Las historias reunidas por Shirin tienen algo en común: todas hablan de mujeres que habitan una especie de frontera emocional.

La verdad es que criar entre culturas también significa negociar constantemente con las propias raíces. El idioma que se habla en casa, las recetas que se conservan, las canciones, los recuerdos que se transmiten o los silencios que se deciden romper.

Laura Viera A: ¿Qué retos aparecen cuando la maternidad se vive en otro país?

Shirin Lausch: Muchas mencionaron el idioma como el mayor desafío. Porque no es solo comunicarse… es poder encontrar información y, sobre todo, construir una red de apoyo. Y eso es algo que muchas veces falta al principio. Y no es casualidad. Porque una de las principales dificultades para las madres migrantes es precisamente esa: construir una red desde cero.

Criar entre culturas también es traducir el mundo: elegir qué permanece y qué cambia. – Shirin Lausch –

La maternidad, incluso en las mejores circunstancias, suele necesitar comunidad. Pero cuando una mujer migra, muchas veces también pierde las estructuras invisibles que sostenían lo cotidiano: la familia cercana, las amistades, los códigos culturales compartidos o simplemente alguien que pueda ayudar sin necesidad de explicarlo todo.

Laura Viera A: ¿Hay diferencias culturales incluso en algo tan simple como las rutinas diarias?

Shirin ríe suavemente antes de responder.

Shirin Lausch: Sí, totalmente. Por ejemplo… la hora de acostarse. En Alemania se valora mucho tener una rutina fija. Una hora clara… un ritmo constante. La idea es dar seguridad a los niños. Que sepan qué viene después y que eso les ayude a calmarse. Y tiene mucho sentido. Pero no funciona igual en todos los contextos. Recuerdo una historia del libro. Una familia estaba de viaje con otra familia alemana. Y, en un momento, la madre dijo: “Ya es hora de dormir” y se fue a acostar al bebé. Pero el bebé no se dormía, lloraba y la madre estaba cada vez más estresada intentando cumplir la rutina. Mientras tanto, la otra familia seguía conversando tranquilamente, con su bebé ahí con ellos. Y al final, cuando lo acostaron, todo fue bien. Y eso me hizo pensar algo importante: no hay una sola forma correcta de hacer las cosas. Muchas veces creemos que lo nuestro es lo “normal”, pero en realidad todo depende del contexto. Y quizá la maternidad —como muchas cosas en la vida— no se trata de hacerlo perfecto, sino de encontrar lo que funciona para ti. Sin juzgar a los demás.

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Mientras hablábamos, Shirin dejó claro que una de las observaciones más importantes que hizo durante el proyecto tenía que ver con la manera en que el contexto transforma completamente la crianza.

Me dejo en claro que muchas de las diferencias culturales que tenemos tienen mucho sentido, simplemente por el contexto diferente.

Por ejemplo, en Alemania se valora mucho la independencia de los niños. Los padres suelen fomentar que hagan cosas solos, que aprendan a su propio ritmo o incluso que se muevan solos en el transporte público desde pequeños.

En cambio, en países donde el nivel de seguridad pública no es el mismo que aquí en Alemania, la situación no va a ser igual.

Porque, claro, en un contexto donde no es seguro que un niño se mueva solo por la ciudad, la forma de criar cambia completamente.

Escuchar a Shirin hablar sobre estas pequeñas diferencias cotidianas cambia inevitablemente la forma en que entendemos la crianza. Lo que para algunas familias representa orden y estabilidad, para otras puede sentirse rígido o imposible de sostener. Y viceversa.

Quizá una de las lecciones más profundas de la maternidad migrante sea precisamente esa: descubrir que muchas ideas que considerábamos universales eran, en realidad, culturales. Aprender a mirar otras formas de cuidar sin convertirlas automáticamente en errores o amenazas.

Porque criar entre dos mundos también implica convivir con distintas maneras de entender el tiempo, el afecto, la cercanía y la familia. Y en ese proceso, muchas madres terminan construyendo un lenguaje propio, hecho de adaptación, intuición y memoria.

Tal vez eso es lo más complejo, entender que las raíces no son estructuras fijas, sino organismos vivos capaces de adaptarse sin desaparecer. Cada decisión cotidiana se convierte en un pequeño equilibrio entre memoria y presente. Y en ese proceso, muchas madres migrantes terminan creando algo nuevo: una forma híbrida de hogar donde distintas maneras de amar, cuidar y habitar el mundo consiguen convivir sin necesidad de anularse.

El arte como refugio emocional

Hay recuerdos que sobreviven en las palabras. Otros necesitan imágenes, sonidos o gestos para permanecer vivos. A medida que la conversación avanzaba, resultaba evidente que las historias reunidas en Con otras raíces no podían existir únicamente desde el relato verbal. Había emociones demasiado complejas para explicarse de forma directa. Sensaciones que solo podían insinuarse a través del arte.

Cuando la conversación parecía acercarse al final, apareció una pregunta distinta. Ya no sobre crianza o migración, sino sobre la necesidad de crear imágenes y símbolos capaces de sostener la memoria.

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Hacia el final de la entrevista, cambié ligeramente el tono.

Laura Viera A: En el libro también hay arte. ¿Por qué era importante incluirlo?

Shirin Lausch: Le pedí a las mujeres canciones, poemas, películas y referencias visuales que conectaran con sus experiencias. No como un adorno estético, sino como una necesidad. Porque hay emociones que solo encuentran forma a través del arte.

La nostalgia, por ejemplo, rara vez puede explicarse completamente. A veces aparece mejor en una melodía escuchada durante la infancia. En una fotografía familiar. En un poema leído lejos de casa.

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Las referencias artísticas incluidas en el proyecto funcionan como pequeñas cápsulas de memoria. Fragmentos capaces de sostener aquello que las palabras dejan escapar. Y es ahí donde el libro adquiere otra dimensión.

Este libro no se limita a documentar experiencias migratorias o maternidades diversas. Construye un paisaje emocional hecho de voces, imágenes y recuerdos compartidos.

Es como un álbum íntimo donde cada historia ilumina una forma distinta de pertenecer.

Y quizá por eso el arte ocupa un lugar tan importante dentro del proyecto: porque algunas emociones solo logran sobrevivir cuando encuentran una forma sensible de ser contadas.

Quizá ahí reside la fuerza más íntima del proyecto. No en ofrecer respuestas cerradas sobre migración o maternidad, sino en construir un espacio donde las emociones puedan existir sin necesidad de traducirse por completo. Las canciones, las imágenes y los poemas no funcionan como acompañamientos decorativos; son otra forma de narrar aquello que a veces el lenguaje racional no alcanza. Y en ese gesto, el libro se convierte también en refugio: un lugar donde la memoria encuentra maneras sensibles de permanecer viva, incluso lejos de casa.

Lo que permanece

Después de escuchar tantas historias, queda una sensación difícil de abandonar. No es únicamente ternura. Tampoco tristeza. Es la conciencia profunda de todo lo que implica sostener una vida mientras una intenta reconstruir la propia lejos de casa.

Hacia el final de la conversación, surge una última pregunta.

Laura Viera A: ¿Qué te llevas tú de este proyecto?

Shirin Lausch: Que la maternidad es mucho más diversa de lo que pensaba. Y que escuchar otras historias… nos hace más empáticos.

Helena Lopes on Unsplash © Solkes

Y quizá ahí reside la verdadera fuerza de Mit anderen Wurzeln. No solo en documentar experiencias de maternidad migrante, sino en obligarnos a mirar aquello que normalmente permanece invisible.

Durante toda la conversación hubo una idea que regresaba constantemente: no existe una única manera correcta de maternar. Y esa frase, aparentemente simple, resulta mucho más radical de lo que parece.

Porque escuchar otras experiencias nos obliga a cuestionar aquello que muchas veces entendemos como “natural”. Las rutinas, el afecto, el descanso, el idioma, la comida, la forma de acompañar a un hijo. Nada de eso nace en el vacío. Todo pertenece a una historia cultural, emocional y social determinada.

Pero este libro no habla únicamente de diferencias culturales. Habla, sobre todo, de la experiencia invisible de la maternidad migrante.

Motherhood - mom walking with kid sunset
Krzysztof Kowalik on Unsplash © Solkes

Pone bajo los reflectores a todas las mujeres que aprenden a construir estabilidad en medio de la distancia. Habla de madres que sostienen la memoria familiar mientras atraviesan burocracias, silencios, duelos y procesos de adaptación que pocas veces encuentran espacio en la conversación pública.

Y quizá ahí aparece algo profundamente universal.

Porque incluso entre idiomas distintos, nostalgias opuestas y formas contradictorias de entender el mundo, existe algo que permanece intacto: la necesidad humana de crear refugio para otros.

Tal vez esa sea la imagen más poderosa que deja Mit anderen Wurzeln. No la de la maternidad como sacrificio idealizado, sino como un acto silencioso de creación. La capacidad de reunir fragmentos y convertirlos en un lugar habitable para alguien más. Como si, al final, migrar y maternar compartieran una misma pregunta: cómo seguir perteneciendo cuando todo alrededor ha cambiado.

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