La maternidad es un parteaguas en la vida de una mujer, o solo la continuidad de la misma vida. Inicia con un brillo inexplicable.

Comentarios sobre el aspecto: hermosa, deslumbrante, rebosante… La luz de los ojos se va apagando tan fugazmente como una lluvia de estrellas. El peso extra se hace notar en los movimientos aletargados.
Romper fuente: una forma graciosa, o mejor dicho, irónica, de llamar a ese momento donde nace un bebé y una madre.
Porque justamente la apariencia de la mujer es la de quien realmente ha roto una fuente con fuerza bruta. Eso es el parto. Una labor. No importa si es asistido con una operación o se hace de forma tradicional. No importan los medicamentos para calmar los dolores.
Todas las mujeres se ven como si acabaran de vencer a la muerte. La sonrisa sosteniendo al recién nacido es la reparación de la imagen, es el pegamento que une a esa nueva mamá. Es lo que oculta las grietas que aún están por aparecer.
En la casa de Lucía y Renata son las cinco y media de la mañana y Lucía ya está despierta. No suena el despertador todavía, pero su cuerpo aprendió hace tiempo a adelantarse.

Camina en silencio hasta la cocina, pone la cafetera y abre el refrigerador. Saca el tupper que dejó listo la noche anterior: sándwich de pavo, zanahorias en bastones, una manzana.
Lo guarda en la lonchera de Renata, su niña de siete años. A las seis despierta a Renata con una cancioncita que se inventaron juntas. Le prepara el uniforme, le hace las trenzas, le pone los zapatos mientras ella todavía bosteza. Desayunan juntas, aunque Lucía apenas alcanza a tomar dos sorbos de café antes de tener que salir.
Renata va a la escuela. Lucía va al trabajo.
A las dos de la tarde, la mamá de Lucía recoge a la niña; es el acuerdo que tienen desde hace años.

A las seis, Lucía pasa por Renata, escucha el resumen del día completo en el camino a casa, hace la cena, revisa la tarea, baña a la niña, lee un cuento.
A las nueve de la noche, cuando Renata por fin se duerme, Lucía se sienta en el sillón y mira la canasta de ropa sin doblar. La mira un rato largo. Hoy no, piensa. Hoy ya no.
La carga está. Está siempre. Pero Lucía aprendió a organizarse como quien aprende a respirar bajo el agua: con calma, con método, con una lista mental que nunca termina.
No tiene a nadie que la releve, pero tiene su café, tiene a su mamá los martes y jueves, tiene el calendario pegado al refrigerador con los colores de cada actividad.
Y tiene a Renata, que la abraza por la espalda mientras lava los platos y le dice: “Mami, tú eres la más fuerte del mundo”.
Lucía sonríe. Las grietas se vuelven oro por un momento.
En todo esto, el padre puede estar o no. Pero él será padre hasta el nacimiento. La madre lleva siendo madre desde el día que se enteró y decidió tener al bebé. Para esto no importa si el embarazo llega a término o no.
La madre ya creó una conexión con ese ser, al haber decidido. Para el padre es algo abstracto. Un concepto que puede decir haber aprendido, comprendido y deseado, pero hasta que llega el momento de conocer a ese pequeño, no existe ese peso extra ni la carga de proteger, cuidar y guiar a un pequeño ser humano.

No quiero demeritar a los padres. Actualmente muchos hacen una gran labor, forman parte activa en la vida de sus hijos y asumen el rol de padre de manera espectacular. Llevan la carga día a día.
Pero hay que recordar que históricamente su labor era la de proveer, y ahí terminaba la carga; no había nada más, y muchas veces no hacían ni eso. En nuestros días, estos ejemplos los seguimos encontrando.
En la casa de Marisol, Sebastián, Emiliano y Ricardo. Marisol tiene dos hijos: Sebastián, de nueve años, y Emiliano, de cuatro. Su esposo, Ricardo, sale de casa a las siete de la mañana y regresa a las ocho de la noche. Es un buen hombre, dice ella. Trabaja duro. Trae el dinero a la casa. Nunca le ha faltado el respeto. Eso, en su familia, ya es decir mucho.
Pero Marisol despierta a las cinco y media. Prepara el desayuno de los cuatro, aunque Ricardo a veces solo toma café. Alista a los niños, lleva a Sebastián a la escuela, deja a Emiliano en el preescolar, regresa a la casa, lava, tiende, barre, plancha las camisas de Ricardo, prepara la comida. Recoge a Emiliano al mediodía, le da de comer, lo acuesta a dormir la siesta. Mientras él duerme, ella adelanta lo que puede. Recoge a Sebastián, le sirve la comida calentada, le revisa la tarea, lo lleva al fútbol los martes y jueves, a inglés los miércoles. Cuando Ricardo llega a las ocho, la cena está servida, los niños bañados, la casa en orden.
—¿Cómo te fue, mi amor? —pregunta él, sentándose a la mesa.
—Bien —responde ella. Siempre responde bien.
Ricardo cena, juega un rato con los niños, ve las noticias. A veces lee un cuento. Eso le encanta a Marisol, esos momentos. Le hacen pensar que sí, que es un buen papá. Pero cuando Emiliano se enferma a las tres de la mañana, es Marisol la que se levanta.

Cuando hay junta de padres en la escuela, va Marisol. Cuando hay que llevar a Sebastián al dentista, al pediatra, a comprar zapatos, va Marisol. Cuando Emiliano tiene una pesadilla, grita “mamá”. Cuando Sebastián tiene un problema en la escuela, le cuenta a mamá. Ricardo se entera después, en el resumen de la cena, si Marisol tiene fuerzas para contárselo.
—Es que yo trabajo, Mari —dice él cuando ella, una vez cada tantos meses, llega a quejarse—.
Tú estás con ellos todo el día. Tú sabes mejor qué hacer. Y Marisol calla. Porque es verdad que él trabaja. Porque es verdad que ella está con ellos todo el día. Y porque decirle “yo también trabajo, aunque no me paguen” sería abrir una conversación que ella ya no tiene energía para sostener.
Las grietas de Marisol son finas, casi invisibles. Las cubre con base de maquillaje, con una sonrisa cuando Ricardo le dice “qué guapa estás hoy”, con el orgullo de ver a sus hijos bien vestidos en la escuela. Pero están ahí. Y a veces, cuando se mete a la regadera y nadie la
oye, lloran. Cuando el padre lleva esta carga de manera equitativa con la madre, el peso, que es el mismo para todos, se siente menos.
En la casa de Carmen, Andrés y Mateo hay un calendario compartido en el celular. Mateo tiene cinco años. Nada es perfecto. Han discutido. Han tenido épocas malas, sobre todo el primer año, cuando Carmen sentía que Andrés no entendía, y Andrés sentía que Carmen no le dejaba entender. Pero hablaron. Hablaron mucho. Y siguen hablando.
Los lunes, miércoles y viernes, Andrés lleva a Mateo a la escuela. Carmen lo recoge. Los martes y jueves, al revés. Las citas con el pediatra las agendan juntos, en una llamada de cinco minutos viendo cuál de los dos tiene el día más libre esa semana. Las juntas en la escuela van los dos, siempre que pueden; si solo puede ir uno, se rotan.
Andrés sabe cuál es la talla de zapatos de Mateo. Sabe que no le gusta el brócoli, pero sí los chícharos. Sabe que tiene miedo a los truenos y que duerme con un perrito de peluche que se llama Galleta. No lo sabe porque Carmen le dijo, lo sabe porque ha estado ahí.
Las noches se turnan para dormir a Mateo. El que cocina no lava los platos. El que se levantó temprano con el niño el sábado, duerme hasta tarde el domingo. No siempre cuadra perfecto. A veces Carmen hace más, a veces Andrés hace más. Pero hay una conciencia, una conversación constante, una pregunta que se repite: “¿Cómo vamos? ¿Estás bien?”
Carmen también tiene grietas. Por supuesto que las tiene. Sigue siendo ella la que carga con la culpa cuando Mateo se cae en el parque, la que se desvela pensando si lo están educando bien, la que se mira en el espejo y se pregunta dónde quedó la mujer de antes.
Pero las grietas son menos, y sobre todo, no las repara sola. A veces es Andrés quien le dice: “Yo me encargo este fin de semana, vete a ver a tus amigas”. A veces es ella quien le dice a él: “Te ves cansado, yo me hago cargo hoy”.
La carga sigue ahí. Para ambos. Pero compartida, pesa diferente. Compartida, deja espacio para que Carmen también sea Carmen, no solo “la mamá de Mateo”. Yo quiero, sin embargo, que nos coloquemos un monóculo y observemos la carga de la madre. Sí, esa carga que inicia desde el momento en que se descubre el embarazo. Y ya sé, no todas las mujeres embarazadas son mamás, porque muchas deciden abortar, muchas deciden dar a luz pero dar en adopción. Pero sobre esas decisiones no estoy
hablando.

Concentrémonos en las mujeres que se enteran de un embarazo y, por creencias, convicción o azares del destino, deciden que van a convertirse en madres de esas criaturas, en ese punto más parecidas a ositos de goma. Ahí es, a mi ver, donde cae el peso extra en la madre: comer sano, dejar el alcohol, los cigarros, cambiar para bien, incluso el trabajo, dependiendo de la actividad. Pues esta carga no va a disminuir, incluso crece conforme va creciendo el niño. Las palabras “buena madre”, “madre responsable”, “ser apta para ser mamá”… muchas mujeres, consciente o inconscientemente, llevan estas palabras en el alma.
Si aquí terminara todo… Pero no hay que olvidar: las mamás deben saber todo, ser expertas en todo, con o sin estudios, con o sin ayuda, cómo cuidar al bebé, cómo alimentarlo, cómo dormirlo, cómo calmarlo, cómo acompañarlo, cómo corregirlo. El niño va creciendo, no hay que olvidar traerlo limpio, bien comido, no permitirle berrinches en público, no regañarlo ni retarlo en público, no perder los nervios, verse presentable, porque somos una extensión del niño.
Por cierto, hay que ser guapas y bien arregladas. Nada de holgazanear. Todas las tareas del hogar van incluidas en la maternidad, así que limpiar, sacudir, barrer, lavar, cocinar, ordenar… una casa impecable es sinónimo de buena madre.
La compra siempre está hecha. Los juguetes bien escogidos, que sean de aprendizaje, pero también de última tecnología, no podemos retrasarnos en nada: los ejercicios del nene, las manualidades. Espera, ¿cuántas horas tiene el día? Hay que llevarlo a la guardería para ganar un poco de tiempo, pero espera otra vez, ¿para qué serán esas horas?, porque si no trabajas, no tienes por qué necesitar un respiro. ¡Qué mala madre! ¿Qué es ser buena o mala madre? Nadie lo sabe, pero todos lo saben. Ser buena madre es llevar toda la carga física y mental desde ese momento en el que se descubre el embarazo, con una sonrisa, y siempre decir que es bendecida. Nunca comentar lo cansada o harta que está. Nunca querrás un respiro de tu hijo, porque eso sería una abominación.
Así como si Pato, el pez de Lilo y Stitch, se comiera el sándwich, o aún peor. Tu hijo debe, además de todo, ser perfecto, o sea, verse bien, no llorar, tener modales, nunca ser ruidoso o incomodar a nadie, pero tampoco tanto que parezca un robot, porque eso también es raro.

Todo esto es lo que parte a mamá, pero nunca por completo. Siempre son pequeñas grietas que se disimulan con el maquillaje, el skincare y la taza de café de las mañanas. Sí, la mayoría de las mamás son como tacitas de porcelana agrietadas que son reparadas con las risitas y pequeños logros de nuestros hijos, como esa técnica japonesa de reparar la cerámica con oro. Para cada mamá la carga es diferente, y muchas mamás en la marginalidad de la pobreza no tienen el lujo de preocuparse por los juguetes apropiados o la comida más adecuada a su edad; sus preocupaciones son cómo comeremos, sin importar qué, incluso dónde viviremos, cómo protejo a mi hijo del frío y del hambre. Estas mamás sufren también la carga de “si no le alcanza para vivir, ¿para qué tiene hijos?”. Nuestras circunstancias hacen que la carga sea muy diferente, pero todas la cargamos. Los privilegios nos aligeran ciertas cargas, pero nos colocan otras.
Me gustaría cerrar con este pequeño poema que resume el agotamiento de una mamá.
Antes del sol, ya estoy despierta. Antes del llanto, ya escucho.
Antes de la pregunta, ya tengo la respuesta en la punta de la lengua.
Rompí fuente, y con ella rompí el cuerpo, la calma, las horas que antes eran mías.
Ahora las horas tienen nombre, tienen hambre, tienen tarea, tienen fiebre a las tres de la mañana. Dicen que soy bendecida.
Lo digo yo también, porque así se dice, porque así se sonríe, porque una madre cansada no es una madre, es una queja con delantal. Pero estoy cansada, sí.
Cansada del modo en que cansa lo que no termina nunca: la ropa que vuelve a ensuciarse, el plato que vuelve a llenarse, la pregunta que vuelve a hacerse,
“mamá, mamá, mamá”, como un rezo que no me deja rezar por mí.
Me miro al espejo y veo a una tacita de porcelana con el borde astillado.
Me pongo base, me pongo rímel, me pongo café, me pongo sonrisa y salgo a la calle entera, como si nada, como si todo, como si pudiera.
Las grietas son finas. Nadie las ve.
Ni siquiera yo, a veces, hasta que cae la noche y me siento en el sillón con la canasta de ropa enfrente y los ojos llenos de algo que no es sueño, ni tristeza, ni rabia, sino las tres cosas mezcladas con amor, que es peor, porque el amor no me deja soltar nada.
Y sin embargo, mañana otra vez: Me levantaré antes del sol. Pondré el café. Haré las trenzas. Sonreiré. Porque las grietas, también se rellenan con oro.
Y mi hijo, mi hija, mi pequeño osito de goma ha crecido a fuerza de mis huesos, me abrazarán por la espalda y dirán algo, cualquier cosa, una de esas frases que se quedan colgadas del pecho como medallas, y por un momento seré toda oro, toda luz, toda madre entera. Hasta la siguiente grieta.