Sebastián Valdivieso y el bosque invisible

Sebastián Valdivieso entiende la música como un territorio vivo donde el silencio, la memoria y las raíces dialogan con la transformación humana.

Hablar con Sebastián produce una sensación difícil de explicar desde el primer momento. Nuestra conversación no avanza como una entrevista convencional sobre composición o trayectoria artística.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Es una conversación que se mueve como un recorrido por un paisaje interior donde aparecen aves migratorias, raíces, muerte, silencio, comunidad y tradición.

En su manera de hablar, Sebastián Valdivieso hace que la música deje de parecer una industria. Se convierte en un ecosistema.

Tal vez por eso muchas de sus respuestas terminan alejándose de la lógica de productividad que domina gran parte del mundo artístico actual.

Me di cuenta de que Sebastián no habla de posicionamiento, tendencias o visibilidad. Habla del silencio como si fuera material creativo. Del bambuco como un lugar de pertenencia. Del arte como una herramienta para confrontar el miedo y no para anestesiarlo.

En su visión artística, Sebastián Valdivieso convierte la música en un territorio emocional donde el silencio y la memoria funcionan como formas de resistencia cultural.

Y siendo honestos, en una época obsesionada con el ruido, esa postura resulta casi radical.

El silencio como materia viva en Sebastián Valdivieso

Toda conversación con Sebastián parece comenzar antes de las palabras. Hay una pausa previa, una especie de respiración lenta que organiza el sentido de todo lo que viene después.

Por eso mismo, antes de hablar de canciones, necesita hablar del silencio. No lo entiende como ausencia. Tampoco como vacío. Para él, el silencio funciona como una materia viva sobre la cual se esculpe la creación.

La imagen cambia completamente la manera de pensar la música. Porque en su universo creativo las canciones no aparecen para llenar vacíos. Aparecen después de haber aprendido a escucharlos.

Mientras hablaba, con una voz melódica, suave y cercana, resultaba inevitable pensar en lo extraño que parece defender el silencio en una época donde todo compite constantemente por atención. Estamos hablando sobre redes sociales, plataformas, algoritmos y contenido inmediato. Todo parece diseñado para acelerar el consumo emocional.

Sin embargo, Sebastián compone desde otro lugar. Uno mucho más lento, contemplativo y profundamente humano. Quizá por eso sus canciones no parecen intentar impresionar. Parecen intentar decir la verdad.

Y precisamente esa búsqueda de honestidad termina abriendo otra pregunta inevitable: ¿cómo se sostiene la autenticidad en una época que exige velocidad constante?

La velocidad emocional de una época agotada

En un presente dominado por la inmediatez, hablar de contemplación puede parecer casi un gesto de resistencia. Sin embargo, Sebastián no rechaza completamente la velocidad. Lo que cuestiona es la superficialidad con la que muchas veces la asociamos.

Uno de los momentos más interesantes de la conversación apareció al hablar de Canciones instantáneas, un proyecto construido desde la improvisación y la creación inmediata.

La idea podría parecer contradictoria dentro de una obra tan conectada con la contemplación. Pero Sebastián desmonta rápidamente esa aparente oposición.

“La rapidez no significa superficialidad”, explica. “Una canción instantánea no tarda cinco minutos. Lo que tarda años es construir la capacidad de hacerla.”

Así como un escultor observa un bloque de mármol y visualiza formas dentro de él, nuestro material como músicos es el silencio – Sebastían Valdivieso –

Detrás de esa agilidad existe una acumulación silenciosa de experiencia, estudio y maduración emocional. Lo inmediato no surge de la nada. Surge de una sensibilidad entrenada durante mucho tiempo.

Es en este punto en el que aparece algo importante sobre nuestra relación contemporánea con el arte. Hoy por hoy vivimos en una cultura que premia la reacción rápida, la exposición constante y la producción inagotable.

Muchas veces el valor de una obra parece depender más de su capacidad de circular que de su capacidad de permanecer en la memoria. El algoritmo (por absurdo que sea) exige presencia constante, novedad constante, visibilidad constante. Y dentro de esa lógica, el arte corre el riesgo de convertirse en una forma más de consumo acelerado.

Pero la experiencia artística contemporánea también ha comenzado a fragmentarse. La realidad es que escuchamos canciones mientras hacemos otras cosas. También consumimos imágenes en segundos, pasamos rápidamente de una emoción a otra sin detenernos demasiado tiempo en ninguna. En medio de esa velocidad permanente, el silencio, la contemplación y la escucha profunda parecen casi actos fuera de época.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Pero Sebastián insiste en otra idea: incluso aquello que parece espontáneo necesita haber atravesado antes un largo proceso de escucha interior.

Como si improvisar no fuera acelerar el pensamiento, sino permitir que el inconsciente finalmente encuentre una forma de hablar.

Y en esa apertura hacia lo inconsciente aparece también una dimensión mucho más incómoda del proceso creativo: la confrontación con uno mismo.

El arte como confrontación en la obra de Sebastián Valdivieso

A medida que la conversación avanza, resulta evidente que Sebastián no entiende el arte como entretenimiento ligero. En su visión, crear implica entrar en territorios emocionalmente incómodos.

Mucho antes de convertirse en industria, contenido o producto cultural, el arte funcionaba como una forma de interpretar el mundo. Era una manera de darle sentido al miedo, a la muerte, al deseo, a la espiritualidad y a aquello que resultaba imposible explicar racionalmente.

Crear implica confrontar lo que verdaderamente somos.

Debemos tener en cuenta que las primeras pinturas rupestres, los cantos rituales, las danzas ceremoniales o las tradiciones orales no nacieron únicamente para entretener.

Nacieron para que todas las personas pudieran conectarse con algo más profundo que ellas mismas: la memoria colectiva, la naturaleza, la pérdida, lo sagrado o la supervivencia.

Tal vez por eso el arte sigue siendo uno de los pocos lugares donde el ser humano todavía puede confrontarse emocionalmente sin necesidad de resolverlo todo de inmediato.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Hay algo incómodo y profundamente honesto en la manera en que Sebastián habla sobre crear. Nunca presenta el arte como un refugio fácil. Tampoco como una vía de escape romántica.

Para él, crear implica confrontarse.

Esa frase atraviesa toda su obra. La música aparece entonces no como un sedante emocional, sino como una herramienta para mirar de frente aquello que normalmente intentamos evitar: el miedo, el duelo, la transformación y la muerte.

En uno de los momentos más contundentes de la conversación, Sebastián describe gran parte de la música contemporánea como un “paracetamol auditivo”. Algo diseñado para acompañar la desconexión en lugar de provocar conciencia.

La frase permanece y me encanta. El motivo para ello es que señala algo que muchas veces intuimos, pero pocas veces nombramos: cierta música ya no busca movilizar emocional o políticamente. Busca anestesiar.

Frente a eso, Sebastián propone otra posibilidad. Una música que no evade el dolor, sino que se sienta frente a él. Que no intenta ocultar la incomodidad humana, sino atravesarla.

Ahí es donde su obra deja de funcionar únicamente como experiencia estética y comienza a adquirir una dimensión profundamente humana y política. En el momento en el que confrontamos el miedo, el duelo y la transformación, también aparece inevitablemente otra experiencia humana: el desplazamiento.

Migrar también transforma la identidad sonora

Las imágenes de aves migratorias atraviesan constantemente el universo creativo de Sebastián. No aparecen únicamente como símbolos poéticos, ya que son una manera de entender la identidad, el movimiento y la transformación humana.

En sus canciones aparecen vuelos, desplazamientos, montañas y trayectos. Pero el movimiento, en su obra, no funciona solamente como metáfora estética. Habla también de algo profundamente contemporáneo: la experiencia de migrar.

Y quizá esa experiencia ocupa hoy un lugar central dentro de la identidad latinoamericana.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Durante las últimas décadas, millones de personas han abandonado América Latina buscando estabilidad económica, oportunidades laborales o simplemente una posibilidad distinta de futuro.

Colombia forma parte profundamente de esa historia migratoria. Durante años, la violencia, la desigualdad, la inestabilidad política y las crisis económicas empujaron a generaciones enteras a reconstruir su vida fuera del país.

España se convirtió en uno de los principales destinos de esa diáspora colombiana y latinoamericana. El idioma compartido facilitó muchos procesos, pero nunca eliminó completamente la sensación de desplazamiento. Porque migrar no consiste únicamente en cambiar de territorio. También significa renegociar la identidad, el lenguaje, la memoria y la forma en que uno se relaciona consigo mismo.

En ciudades como Barcelona conviven constantemente distintas capas migratorias: latinoamericanos, comunidades árabes, africanas, asiáticas y europeos desplazados por otras crisis. La experiencia migrante deja entonces de ser una excepción para convertirse en parte del paisaje cotidiano europeo.

Pero incluso dentro de esa diversidad, existe algo particularmente complejo en la experiencia de los artistas migrantes.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

¿Cómo se conserva la propia voz lejos del territorio que la formó?

¿Cómo se transforma una tradición sin perder completamente el vínculo con aquello que le dio origen?

Las preguntas atraviesan silenciosamente toda la conversación con Sebastián.

Cuando surge la pregunta sobre qué ha tenido que dejar atrás para convertirse en el artista que es hoy, responde algo inesperado: “Creo que he tenido que dejar atrás todo. Y al mismo tiempo, tener todo por delante.”

La respuesta recuerda inmediatamente la lógica de las aves migratorias que aparecen repetidamente en su imaginario artístico. No migran por capricho. Migran porque algo en ellas sabe leer una dirección invisible.

Y quizá ahí aparece una de las imágenes más poderosas de toda su obra: migrar no como ruptura absoluta, sino como una forma distinta de escucha.

Sebastián parece entender la creación desde esa misma intuición. No como una estrategia racional completamente controlada, sino como una escucha constante hacia aquello que todavía no tiene nombre.

Porque cuando una persona migra, también cambia la forma en que escucha el mundo. El territorio deja de ser únicamente geografía y comienza a convertirse en memoria sonora. Una voz. Un ritmo. Una cadencia. Un instrumento que conserva algo del lugar que ya no está físicamente presente.

Pero migrar también obliga a mirar el origen desde otra distancia. Y esa distancia muchas veces termina revelando tensiones culturales que antes parecían invisibles.

En el caso de Sebastián, vivir en Europa no solo transformó su relación emocional con Colombia y con la música andina. También profundizó en preguntas sobre legitimidad cultural, colonialidad y pertenencia artística.

Porque para muchos artistas latinoamericanos, llegar a Europa implica enfrentarse inevitablemente a una pregunta incómoda: ¿quién decidió históricamente qué músicas merecen ser consideradas universales y cuáles quedan reducidas al lugar del folclor?

Sebastián Valdivieso, Barcelona y la desobediencia cultural

Hablar de Europa dentro de la conversación con Sebastián no conduce hacia la idea romántica del “centro cultural” que durante tanto tiempo ocupó el imaginario europeo en América Latina. Lo que aparece, en cambio, es una reflexión mucho más compleja sobre poder, legitimidad cultural y memoria histórica.

La experiencia de Sebastián en Barcelona terminó profundizando preguntas que ya venían acompañando silenciosamente su obra mucho antes de migrar.

Todo hay que decirlo: para muchos artistas latinoamericanos, llegar a Europa no significa únicamente cambiar de país. También implica encontrarse de frente con una historia cultural que durante siglos decidió qué músicas debían considerarse “universales”, qué conocimientos merecían reconocimiento académico y cuáles tradiciones quedaban reducidas al lugar de lo folclórico, lo periférico o lo exótico.

La conversación cambia de dimensión cuando aparece ese tema.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Sebastián habla desde su experiencia dentro de la academia musical y describe con claridad algo que todavía atraviesa gran parte de la formación artística en América Latina: la persistencia de una mirada profundamente eurocéntrica.

Durante décadas, conservatorios, universidades y espacios de formación musical reprodujeron la idea de que la armonía occidental representaba el punto máximo del desarrollo musical.

Entonces, exponentes como Beethoven, Mozart, Debussy o Bach aparecían como referentes inevitables de sofisticación. Al mismo tiempo, las músicas latinoamericanas muchas veces eran tratadas como expresiones menores, populares o regionales.

Esa jerarquización no solo afecta la teoría musical. También transforma la percepción que muchos artistas tienen sobre sí mismos.

Porque crecer dentro de sistemas educativos donde Europa aparece constantemente como centro cultural legítimo produce una consecuencia silenciosa: la necesidad permanente de validación.

Sebastián parece haber identificado con mucha claridad esa tensión.

Por eso habla de la necesidad de “descolonizar la composición, descolonizar la armonía y descolonizar el canto”.

La frase no funciona únicamente como postura política. También funciona como búsqueda existencial. Una forma de preguntarse desde dónde se crea y para quién se crea.

Y quizá ahí aparece algo especialmente interesante de su experiencia en Barcelona: la ciudad nunca aparece romantizada.

Barcelona no es descrita como una postal europea idealizada ni como un símbolo automático de sofisticación cultural. Aparece, más bien, como un territorio profundamente complejo. Una ciudad donde conviven la riqueza cultural, las tensiones identitarias, las migraciones masivas y las heridas históricas de la colonización.

“Barcelona respira Occidente, pero también respira la herida de la colonia”, explica.

La frase resulta especialmente poderosa porque desmonta una idea todavía muy presente dentro del imaginario latinoamericano: la noción de Europa como espacio completamente resuelto o culturalmente homogéneo.

La distancia, las raíces y el bambuco como lenguaje vivo

Barcelona, como tantas otras ciudades, vive atravesada por debates constantes sobre identidad, lengua, memoria histórica y sentido de pertenencia. A eso se suma una realidad profundamente diversa, moldeada por comunidades migrantes provenientes del norte de África, Medio Oriente, América Latina y distintas regiones de Asia.

Dentro de ese entramado complejo, Sebastián encuentra algo que le resulta especialmente valioso: otra manera de entender la identidad cultural.

No como una idea fija o cerrada, ni como una defensa rígida de lo propio, sino como algo vivo, cambiante, atravesado por mezclas, desplazamientos y nuevas formas de convivencia.

archivo personal - Sebastián Valdivieso 2014
Puolo PIja © Solkes

Migrar a Europa no terminó alejándolo de la música colombiana. Produjo el efecto contrario. La distancia pareció intensificar su relación con las raíces.

Pero ya no desde la nostalgia.

Sino desde una comprensión mucho más consciente de su valor político, simbólico y emocional.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Porque vivir lejos también obliga a preguntarse qué partes de uno permanecen intactas cuando cambia el territorio alrededor.

Y en el caso de Sebastián, una de esas permanencias parece ser la música andina colombiana.

No como objeto folclórico congelado en el tiempo. No como símbolo turístico de identidad nacional. Sino como un lenguaje vivo capaz de transformarse sin perder completamente su memoria.

Quizá por eso su obra evita constantemente caer en la idea romántica de “preservar” las tradiciones como si fueran piezas de museo.

Lo que le interesa no es conservar intacto el pasado. Es mantener viva la pulsión humana que lo originó.

Y dentro de esa reafirmación cultural, el bambuco ocupa un lugar especialmente íntimo.

El bambuco como lugar de pertenencia para Sebastián Valdivieso

Hay un momento particular en la conversación donde la música deja de funcionar únicamente como expresión artística y comienza a parecer refugio, memoria y comunidad al mismo tiempo.

Cuando Sebastián habla del bambuco, deja de parecer que está describiendo solamente un género musical. Habla de un territorio emocional. Un espacio donde ciertas memorias todavía encuentran la forma de permanecer vivas.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Y no es casual. El bambuco ocupa un lugar profundamente importante dentro de la historia cultural colombiana.

Nació en la región andina durante el siglo XIX, el género surgió del encuentro entre tradiciones indígenas, herencias africanas y estructuras musicales europeas.

Esa mezcla, tan característica de América Latina, convirtió al bambuco en una expresión híbrida desde sus propios orígenes.

Durante décadas, el bambuco fue una de las músicas más representativas de Colombia.

Fue un espacio compartido en los pueblos andinos, reuniones familiares y celebraciones populares. Sus guitarras, tiples y bandolas acompañaban historias de amor, migración, paisaje y memoria colectiva.

Más allá de lo musical, el género ayudó a construir una idea de identidad nacional en momentos donde el país todavía intentaba definirse culturalmente. Como ocurrió con muchos ritmos latinoamericanos, el bambuco terminó convirtiéndose en una forma de narrar el territorio, las emociones y las tensiones sociales de una época.

Sin embargo, esa tradición nunca permaneció quieta. A lo largo del tiempo, el bambuco atravesó transformaciones profundas.

Pasó de las interpretaciones campesinas y populares a escenarios académicos y festivales institucionales. Más adelante, nuevas generaciones comenzaron a mezclarlo con jazz, música contemporánea y exploraciones sonoras mucho más amplias.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Esa evolución no siempre fue cómoda. Como ocurre con muchas músicas tradicionales, aparecieron debates sobre autenticidad, preservación y cambio. Para algunos, transformar el bambuco significaba perderlo. Para otros, era precisamente la única manera de mantenerlo vivo.

Y justamente ahí comienza una de las reflexiones más importantes de la conversación con Sebastián. Porque el bambuco no sobrevive únicamente por sus estructuras musicales o por su valor histórico, sino por la capacidad que todavía tiene de generar pertenencia.

Un lugar donde la memoria sigue respirando

Toda esa historia de transformación termina desembocando en algo mucho más íntimo. Porque detrás de los debates sobre tradición, modernización o preservación cultural, aparece una pregunta mucho más humana: ¿qué es lo que realmente permanece dentro de una comunidad cuando todo alrededor cambia?

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Sebastián Valdivieso © Solkes

En la conversación con Sebastián, la respuesta nunca surge desde la teoría. Surge desde la experiencia emocional que todavía habita la música.

Empieza con la sensación de pertenecer a algo que continúa respirando incluso a través del tiempo, la distancia y las nuevas generaciones.

Durante la entrevista surge una pregunta fundamental: ¿cómo preservar una tradición sin congelarla?

La respuesta aparece a través de una imagen poderosa. Las raíces vivas no permanecen inmóviles. Cambian. Respiran. Se expanden hacia otros lugares.

Para Sebastián, preservar la tradición no significa repetir exactamente el pasado ni reconstruirlo con obediencia absoluta. Es algo muy diferente.

Significa mantener viva la necesidad emocional y humana que dio origen a esa música. La fuerza colectiva que convirtió al bambuco en un lenguaje de encuentro, duelo, celebración y pertenencia.

La frase transforma completamente la conversación. Porque ya no se trata únicamente de música ni de identidad cultural entendida desde el folclor. Se trata de permanencia. De existir dentro de una memoria colectiva que todavía respira incluso en medio del desplazamiento, la migración y el paso del tiempo.

Para mí, el bambuco es un lugar donde mi comunidad y yo somos inolvidables. -Sebastián Valdivieso-

Laura Viera A: ¿Migrar transformó tu relación con Colombia y con la música andina? ¿Cómo lo hizo, qué pasó?

Sebastián Valdivieso: Migrar cambió mucho mi perspectiva porque al final vengo de una cultura migrante y digamos que mucha de la cultura de mi país viene de la migración. Nuestra musculatura nace como una respuesta al territorio y al proceso de colonización. Sentirme como ajeno me hizo sentirme más apropiado de mi música, de cómo surgía y por qué.

También hay algo profundamente latinoamericano en esa idea. Muchos géneros tradicionales del continente han funcionado históricamente como espacios de resistencia afectiva. Lugares donde comunidades enteras conservaron formas de narrarse a sí mismas frente a procesos de violencia, modernización o borramiento cultural.

En ese sentido, el bambuco que describe Sebastián no pertenece solamente al pasado colombiano. Pertenece también al presente de quienes siguen buscando formas de reconocerse dentro de un mundo cada vez más fragmentado.

Concurso Cajicá - Ciudad de Oro. Pimer Puesto archivo personal - Sebastián Valdivieso
Sebastián Valdivieso © Solkes

Esa idea de comunidad viva explica además la manera en que Sebastián observa la industria musical contemporánea. Para él, el problema no es la transformación de la música, sino la velocidad con la que ciertas dinámicas culturales convierten todo en consumo inmediato y olvidable.

Frente a eso, el bambuco aparece casi como un gesto de resistencia íntima: una música que todavía exige escucha, memoria y tiempo compartido.

Un bosque nativo frente al monocultivo

Cuando la conversación llega al tema de la industria musical, el tono cambia nuevamente. Sebastián Valdivieso no responde desde el resentimiento ni desde la nostalgia. Responde desde una metáfora ecológica.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Hacia el final de la conversación aparece una de las imágenes más potentes de toda su obra. Cuando surge el tema de la industria musical.

En ese momento, Sebastián Valdivieso explica que nunca ha sentido pertenecer completamente a ella. Prefiere pensar su trabajo como parte de un bosque nativo.

La diferencia, dice, es profunda.

La industria suele funcionar como un monocultivo: productividad constante, repetición de fórmulas, velocidad, rendimiento y números.

El bosque nativo, en cambio, se sostiene desde la diversidad, las interacciones y el equilibrio entre distintas formas de existencia.

Ninguna especie domina completamente a las demás. Todo convive dentro de una red mucho más compleja y orgánica.

La metáfora no aparece solamente como una crítica al mercado musical contemporáneo. También funciona como una manera de entender qué ocurre hoy con ciertas músicas tradicionales dentro de la industria global.

Durante años, gran parte de la industria latinoamericana privilegió géneros capaces de circular rápidamente dentro de las dinámicas comerciales internacionales: el pop latino, el reggaetón, la música urbana y ciertas versiones más globalizadas de la música tropical.

En Colombia, eso significó que muchos sonidos asociados a lo andino, lo campesino o lo folclórico quedaran relegados a espacios institucionales, académicos o patrimoniales, mientras las músicas más fácilmente exportables ocupaban el centro de la conversación cultural.

Y, sin embargo, la música andina nunca fue un lenguaje menor. Más que un género único, representa un universo sonoro profundamente diverso que atraviesa distintos países y territorios de América Latina.

Concurso Cajicá - Ciudad de Oro. Pimer Puesto archivo personal - Sebastián Valdivieso
Sebastián Valdivieso © Solkes

En Colombia, expresiones como el bambuco, el pasillo, la guabina o el torbellino acompañaron durante generaciones la vida cotidiana, las celebraciones, los desplazamientos y las formas de habitar el paisaje andino.

Sus instrumentos (el tiple, la bandola, la guitarra) construyen una sonoridad íntima y territorial. Una música donde todavía parece existir espacio para el silencio, la contemplación y la memoria compartida.

Pero quizá lo más importante no está solamente en el sonido. Estas músicas también conservaron formas de entender la comunidad, de transmitir afectos y de narrar experiencias colectivas a través del tiempo.

Concurso Cajicá - Ciudad de Oro. Pimer Puesto archivo personal - Sebastián Valdivieso
Sebastián Valdivieso © Solkes

Y aunque muchas veces fueron presentadas como expresiones “tradicionales” ligadas únicamente al pasado, nunca dejaron de transformarse. Hoy continúan evolucionando a través de nuevas generaciones de artistas que las mezclan con jazz, electrónica, improvisación o música contemporánea, sin perder la conexión emocional que les dio origen.

El problema, sin embargo, no es únicamente comercial. También tiene que ver con la forma en que el mercado condiciona la escucha. La música deja de percibirse como experiencia compartida y comienza a consumirse desde la inmediatez, el algoritmo y la circulación permanente de novedades.

Entonces, músicas como el bambuco quedan atrapadas en una contradicción incómoda. Por un lado, son celebradas como parte importante de la identidad cultural colombiana. Por otro lado, muchas veces son tratadas como piezas estáticas, desconectadas de la sensibilidad contemporánea.

Sebastián Valdivieso parece resistirse precisamente a esa idea.

Laura Viera A: ¿Por qué te gustan tanto los concursos? ¿Qué suponen para los artistas?

Sebastián Valdivieso: Los concursos me parecen interesantes porque es un espacio que se dispone para la circulación y también para el contacto no solo con músicos sino con el sector cultural. Hay muchos concursos, si te digo más de 20 de música colombiana están activos. Esto permite tener una circulación nacional a lo largo de casi toda la zona andina colombiana.

Laura Viera A: ¿Qué suponen para los artistas?

Sebastián Valdivieso: Para los artistas supone una oportunidad de mostrar su trabajo, de poder mejorar y recibir un feedback de maestros muy conocidos que han estudiado este arte que es la música andina colombiana durante mucho tiempo.

En su visión, la música andina no necesita convertirse en reliquia para conservar profundidad. Tampoco necesita disfrazarse completamente de música comercial para sobrevivir. Lo importante es permitir que continúe evolucionando sin perder la dimensión comunitaria y humana que le dio origen.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Por eso el trabajo de Sebastián Valdivieso no se siente construido desde la acumulación ni desde la lógica de visibilidad constante que domina gran parte de la industria actual. Considero que hay algo mucho más paciente en su manera de crear. Más cercano al cuidado que a la productividad.

La imagen del bosque nativo termina reorganizando toda la entrevista. Porque también explica la manera en que Sebastián Valdivieso entiende la tradición, la comunidad y la sensibilidad artística.

En un bosque, las conexiones invisibles importan tanto como lo visible. Las raíces se sostienen mutuamente debajo de la tierra.

El crecimiento ocurre de manera desigual, lenta y colectiva. Y quizá ahí aparece una diferencia fundamental frente al monocultivo: la diversidad no es un obstáculo para la supervivencia, sino precisamente aquello que la hace posible.

Esa idea atraviesa toda la conversación con Sebastián Valdivieso. Incluso cuando habla del futuro, nunca aparece la fantasía de romper completamente con el pasado. Tampoco la necesidad de preservar las tradiciones de manera intacta.

El futuro, en su discurso, aparece más bien como una continuidad orgánica. Una transformación lenta donde la memoria todavía encuentra maneras nuevas de respirar.

La amistad como disposición artística

Dentro del universo creativo de Sebastián, las colaboraciones tampoco aparecen desde la lógica habitual de la industria musical. No parecen construirse desde la conveniencia, la visibilidad o el cálculo profesional. Aparecen más bien desde la confianza.

Ctalina Mejia y Sebastián Valdivieso - amigos y artistas colombianosarchivo personal - Catalina Mejia
Catalina Mejía © Solkes

Cuando le pregunto sobre su relación artística con Catalina Mejía, la respuesta se desplaza rápidamente de la música hacia algo mucho más íntimo: la amistad.

Laura Viera A: ¿Cómo es la experiencia de trabajar con Catalina Mejía y con amigos en general?

Sebastián sonríe antes de responder.

Sebastián Valdivieso: Mi caso con Cata es bien interesante porque primero que todo nosotros somos amigos. Entonces ahí ya hay una disposición artística mucho más profunda que las cosas que nos conectan en común. Yo siento que trabajar con amigos, trabajar con gente que uno ama y en la que uno confía cambia completamente la experiencia artística. Yo, por ejemplo, invito a Cata a las novenas de mi familia. Ella está acá en Pereira, viaja por la mitad del mundo y aun así me escribe para vernos. Y para mí es un placer tocar con ella, hablar con ella y hacer música con ella porque ante todo es mi amiga.

Mientras hablaba, resultaba evidente que Sebastián entiende la colaboración desde una lógica muy distinta a la productividad contemporánea. No habla de networking. No habla de posicionamiento. Habla de vínculos humanos.

Ser amigos ya es una conexión totalmente diferente.

Para él, la conexión artística no nace únicamente de compartir referencias musicales o tradiciones culturales. Nace también de la intimidad cotidiana, de la confianza y de la posibilidad de existir con el otro fuera del escenario.

Y quizá ahí aparece nuevamente la imagen del bosque que atraviesa todo su universo creativo.

Porque en un bosque nativo nada existe de forma aislada. Todo crece a través de relaciones invisibles de cuidado, intercambio y sostén mutuo.

La memoria viva de la música andina

Y, sin embargo, la música andina nunca fue un lenguaje menor. Más que un género único, representa un universo sonoro profundamente diverso que atraviesa distintos países y territorios de América Latina.

amigos y musicos archivo personal - Sebastián Valdivieso
Sebastián Valdivieso © Solkes

En Colombia, expresiones como el bambuco, el pasillo, la guabina o el torbellino acompañaron durante generaciones la vida cotidiana, las celebraciones, los desplazamientos y las formas de habitar el paisaje andino.

Sus instrumentos —el tiple, la bandola y la guitarra— construyen una sonoridad íntima y territorial. Una música donde todavía parece existir espacio para el silencio, la contemplación y la memoria compartida.

Pero quizá lo más importante no está solamente en el sonido. Estas músicas también conservaron formas de entender la comunidad, de transmitir afectos y de narrar experiencias colectivas a través del tiempo.

Durante años, gran parte de la industria latinoamericana privilegió géneros capaces de circular rápidamente dentro de las dinámicas comerciales internacionales: el pop latino, el reggaetón, la música urbana y ciertas versiones más globalizadas de la música tropical.

archivo personal - Sebastián Valdivieso
Sebastián Valdivieso © Solkes

En Colombia, eso significó que muchos sonidos asociados a lo andino, lo campesino o lo folclórico quedaran relegados a espacios institucionales, académicos o patrimoniales, mientras las músicas más fácilmente exportables ocupaban el centro de la conversación cultural.

Y aunque muchas veces fueron presentadas como expresiones “tradicionales” ligadas únicamente al pasado, nunca dejaron de transformarse. Hoy continúan evolucionando a través de nuevas generaciones de artistas que las mezclan con jazz, electrónica, improvisación o música contemporánea, sin perder la conexión emocional que les dio origen.

La imagen del bosque nativo termina reorganizando toda la entrevista. Porque también explica la manera en que Sebastián Valdivieso entiende la tradición, la comunidad y la sensibilidad artística.

En un bosque, las conexiones invisibles importan tanto como lo visible. Las raíces se sostienen mutuamente debajo de la tierra. El crecimiento ocurre de manera desigual, lenta y colectiva.

Y quizá ahí aparece una diferencia fundamental frente al monocultivo: la diversidad no es un obstáculo para la supervivencia, sino precisamente aquello que la hace posible.

Esa idea atraviesa toda la conversación con Sebastián Valdivieso. Incluso cuando habla del futuro, nunca aparece la fantasía de romper completamente con el pasado. Tampoco la necesidad de preservar las tradiciones de manera intacta.

El futuro, en su discurso, aparece más bien como una continuidad orgánica. Una transformación lenta donde la memoria todavía encuentra maneras nuevas de respirar.

Lo que todavía sigue creciendo

Hacia el final de la conversación, todas las imágenes que habían aparecido antes —raíces, aves, bosque, silencio— parecen reunirse en una misma idea: la transformación constante.

Hay un momento final que permanece mucho tiempo después de terminar la conversación.

Laura Viera A: Cuando miras hacia el futuro, ¿te imaginas todavía defendiendo las raíces o crees que necesitarás romper con ellas?

Sebastián sonríe antes de responder.

Sebastián Valdivieso: No soy solamente raíz. También soy tallo, flor, semilla.

Y quizá ahí se encuentra la mejor forma de entender su trabajo. No como un intento de conservar intacto el pasado. Tampoco como una ruptura total con él. Sino como una forma viva de transformación.

 

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Las raíces, en Sebastián Valdivieso, no funcionan como ancla. Funcionan como sistema nervioso. Algo que sigue creciendo bajo tierra mientras el mundo acelera encima.

Tal vez por eso su música no pertenece completamente a la lógica de la industria. Pertenece a algo más orgánico. Más lento. Más vulnerable.

Algo parecido a un bosque nativo.

Un lugar donde la memoria todavía respira.

Conclusión: Sebastián Valdivieso y el arte de sentir nuevamente

Escuchar a Sebastián Valdivieso obliga a replantear muchas ideas sobre el arte contemporáneo. En un contexto cultural dominado por la velocidad, la hiperexposición y el consumo inmediato, su obra insiste en otra dirección. Una mucho más lenta, vulnerable y profundamente humana.

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Sebastián Valdivieso © Solkes

Su música no parece construida para llenar espacios vacíos ni para producir distracción momentánea.

Su música funciona como una invitación a escuchar aquello que normalmente evitamos: el silencio, la memoria, el miedo, las raíces y la transformación.

Quizá por eso resulta difícil hablar de Sebastián únicamente como músico.

Su trabajo se mueve en un territorio más amplio donde la creación funciona como forma de existencia, de resistencia y de pertenencia.

La obra de Sebastián Valdivieso insiste constantemente en una idea: crear también puede ser una forma de permanecer humano en medio del ruido contemporáneo.

Y tal vez ahí reside la fuerza más poderosa de su obra.

En recordar que todavía existen artistas capaces de crear no para anestesiar el mundo, sino para ayudarlo a sentir nuevamente.

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