LAS MINAS DEL “ORO DEL DIABLO”

Esta historia, es de verdad. Si quisiéramos inventar la pesadilla y peligro a la que se exponen a 2.700 metros del mar, creo que no lograríamos tantos detalles. Este relato no es bajo ningún punto un cuento de hadas.Las vivencias de los hombres que inspiran estas líneas nos han hecho pedir justicia.

Parecía un programa de televisión

Lo que estábamos próximos a observar con nuestros propios ojos parecía que solo lo veríamos a través de las pantallas de televisión.

Carlos Eduardo Esquivel Pardo © Solkes

Aquel viernes a la madrugada, en la base del volcán IJEN, a 2.700 metros sobre el nivel del mar, conocimos a Alby Alfarizi.

Alfarizi es un minero como muchos otros de la zona, no muy corpulento, de humanidad recia y fuerte, delgado de cuerpo y aun más de cara, de estatura baja, moreno y ante todo con una actitud siempre afable.

Un hombre que con su sonrisa amplia, la transparencia de su mirada y un inglés básico que puede practicar solo cuando turistas visitan la zona, nos sirvió como guía en este lugar lleno de contrastes.

Eran las 3 de la madrugada cuando Alby nos ofreció una taza de kopi luwak.

Kopi significa café en indonesio, y el luwak un animal parecido a la marmota que se come los granos de café maduros, cuando este animal lo defeca, el café es recolectado y procesado, es considerado como uno de los cafés más costosos y singulares del mundo, producido en una aldea cercana.

Con la taza de café en la mano, pasaban los minutos y el frío corría por nuestro cuerpo, por lo que intentamos amainar las bajas temperaturas con unos leños que a pesar del humo nos ayudaron a calentarnos.

A esa hora de la madrugada, la única forma de llegar al volcán IJEN era en transporte privado, por lo que contratamos el servicio antes de la medianoche para que nos recogiera desde Bondowoso, una aldea cafetera no muy retirada de la zona volcánica a la que nos dirigíamos.

Carlos Eduardo Esquivel Pardo © Solkes

El sur de la isla de Java en la lejana Indonesia tiene una geografía muy particular. Es una zona montañosa, llena de cultivos de café y carreteras con curvas pronunciadas, poco habitada en términos de centros urbanos por lo que el transporte público aun es muy limitado.

Luego de tomarnos el Kopi luwak nos dirigimos a la entrada del PARQUE GEOLOGICO KAWAH IJEN, pagamos 8 dólares del tiquete de la entrada y recogimos unas máscaras de gas, que, según nuestro guía, serían necesarias para cuando estuviéramos en la base del cráter.

Es en ese momento cuando empieza nuestra aventura al cráter del volcán KAWAH IJEN, uno de los más de 130 volcanes activos en Indonesia y que pertenecen al cinturón de fuego del pacifico.

Unos días atrás, unos locales que habitan las laderas del volcán Bromo, nos recomendaron visitar esta zona por lo que estábamos ansiosos por conocer y ver un fenómeno natural que en Indonesia solo se aprecia en el KAWAH IEJN.

Este efecto se llama The Blue Fire, el cual se crea cuando el fuego que viene desde lo profundo de la tierra por la presencia de gases de dióxido de azufre asociados a la actividad volcánica toma una tonalidad azul intenso.

Iniciamos el ascenso al volcán 

Así que aquí estábamos, con más ganas que energía listos a seguir la aventura. El camino fue difícil desde el inicio. Fueron solo 100 metros planos antes de encontrarnos con una ruta de tierra mojada y resbaladiza que se inclinaba cuesta arriba en ángulos que llegaban probablemente a los 45 grados de inclinación.

Carlos Eduardo Esquivel Pardo © Solkes

Sin embargo, quizás por nuestra respiración agitada o el cansancio que comenzaba a notarse Alby nos tranquilizaba diciéndonos que en un par de kilómetros estaríamos en una larga planicie antes de llegar al anillo del cráter del volcán.

Fue allí, durante esa larga caminata cuesta arriba, donde nos contó un poco de su vida como minero y guía, de Diana, su esposa, y Alfarizi, su hijo; fue esa charla y lo que vivimos ese día en el cráter lo que nos inspiró a escribir estas líneas.

Había pasado media hora desde el inicio de nuestra caminata hacia el cráter del volcán cuando en plena subida notamos algo que más que curiosidad nos generó una abierta incomodidad.

Compañeros mineros de Alby, pequeños como él, usando una especie de taxi, que más que taxi era una camilla con ruedas, se ofrecían a llevar turistas grandes o chicos cuesta arriba los 3.5 kilómetros que nos separaban de la entrada hasta el anillo del cráter.

Al mejor estilo colonial inglés, tres guías subían halando con todas sus fuerzas a cualquier turista que estuviera dispuesto a pagar las 800.000 rupias que costaba el servicio, algo así como USD$60.

Esta cantidad de dinero debían repartírsela por partes iguales entre los tres valientes porteadores. Pensamos que era un despropósito que alguien en pleno uso de sus capacidades físicas pagara por este servicio al mejor estilo belga en el Congo.

No obstante, luego entendimos por qué estos amables guías se peleaban por subir pesados turistas con la promesa de recibir unos USD$20 cada uno luego de su titánica tarea. Parecía poco sí, pero luego supimos que era la mejor opción para ellos.

Alby, cumplió con su palabra, y luego de llevar poco menos de dos kilómetros de recorrido cuesta arriba, llegamos a la planicie que anunciaba la proximidad al anillo del cráter. Según nuestro amable guía, a partir de ahí terminaría la parte “fácil” del camino e iniciaríamos el descenso de cerca de 45 minutos por las paredes rocosas y empinadas del volcán hasta llegar al lago azul turquesa del fondo, justo al lado de las calderas del volcán.

A pesar de la distancia, lo oscuro y el frió de la noche, se podían divisar a lo lejos las fumarolas del volcán, cargadas del azufre que nos daría nuestro tan deseado espectáculo natural. Con nosotros serían unos 50 turistas que, deseosos de ver el fenómeno, bajaban por las mismas piedras rocosas que nosotros, ayudados tan solo por las linternas de sus cabezas.

Por fin bordeando las 4.30 de la madrugada, recibimos la orden de nuestro guía que estábamos esperando y que nos anunciaba el inminente fin de nuestra caminata. “Por favor usen las máscaras de gas, a partir de este momento, los gases son dañinos para sus pulmones, no se las quiten en ningún momento a menos que estemos retirados de las fumarolas”, las mismas fumarolas que salían del centro de la tierra.

Carlos Eduardo Esquivel Pardo © Solkes

Junto con sus indicaciones vino un consejo que fue de mucha utilidad durante las siguientes horas en el cráter “Si ven que los rodea el humo, no se desesperen, solo arrodíllense manténgase bajos, cierren los ojos y esperen a que el humo se disipe”. La verdad que no esperábamos que fuera tan grave, o que llegáramos a necesitar de este consejo, así que nos limitamos a escucharla con cierta incredulidad y caminamos los últimos 20 metros hasta donde el fuego azul se podía ver con más claridad.

En honor a la verdad con nosotros y con el lector que ha llegado hasta aquí, debemos decir que, si estaba el fuego azul presente, se veía claramente, no dejaba de ser una curiosidad y aunque si era un fenómeno impresionante, era muy poco, era pequeño y constantemente era tapado por los humos del volcán.

Para poder observar el fenómeno o tener una foto decente era necesario compartir la escena con otras 50 personas más que querían lo mismo, así que pasada la emoción inicial de los primeros 5 minutos, y con algo de desilusión, aunque definitivamente agradecidos por estar allí, nos limitamos a observar el fenómeno de lejos y explorar la zona circundante, ¡¡¡al final del día estábamos en el cráter de un volcán y eso no era poca cosa!.

Los mineros del infierno 

Fue allí, en el fondo del cráter explorando un poco el área, donde notamos con incredulidad algo que parecía ser invisible a los ojos y las cámaras de los demás turistas.

Carlos Eduardo Esquivel Pardo © Solkes

Decenas de indonesios, hombres todos menudos como Alby y amigos de él, trabajaban desde las primeras horas de la madrugada justo al lado de donde salían esas nubes de gases sulfurosos tan nocivos para la salud y a altísimas temperaturas, en la minería de azufre o como le dicen los locales el “oro del diablo”.

Este grupo de hombres se mezclaban con las hordas de turistas que habíamos llegado hasta allí, siendo casi invisibles para muchos y, con unas barras de metal de unos 2 metros, se acercaban a las fumarolas del volcán donde el azufre en gas se condensaba en un líquido rojo sangre que tras enfriarse y endurecerse se convertiría en mineral de azufre, para partirlo en pequeñas piedras de color amarillo claro.

Estas piedras debían ser recolectadas y partidas en partes más pequeñas para su transporte en medio de nubes de gas tóxico con una casi nula protección industrial para pies o manos, y apenas un ligero respirador más apropiado para la industria de la pintura que para la minería a cielo abierto.

Nos alejamos un poco del fuego, y a unos 30 metros de distancia había otras grietas del volcán desde donde emanaban profusamente los humos sulfurosos, que estos valientes mineros convertían en rocas con las que a su vez llenaban sus canastas de mimbre artesanal de entre 50 y 90 kilogramos. Fue en ese momento cuando nos propusimos retratar con imágenes el trabajo que pensamos sería la labor más difícil, peligrosa y mal pagada del mundo.

Aun de noche, cerca de las 5:30 de la mañana nos acercamos a un minero que rompía con un hacha pequeña una roca de unos 150 kilogramos, y fue justo cuando una nube de gas de dióxido de azufre nos envolvió por completo.

Carlos Eduardo Esquivel Pardo © Solkes

Al acordarnos de las recomendaciones de Alby nos agachamos y cerramos los ojos a la espera de que pasara el gas y pudiéramos continuar registrando es imágenes este extraño lugar, pero la nube permanecía.

Los ojos comenzaban a arder, incluso teniéndolos cerrados, y en la garganta un nudo hacia difícil respirar, al cabo de unos segundos la sensación dio paso a un abierto deseo de vomitar y clara desesperación.

Justo cuando el desespero se apoderaba de nuestras mentes por lo toxico del ambiente y la imposibilidad de tomar medidas, la nube se disipó y dio paso de nuevo al cielo claro y diáfano, donde los mineros seguían trabajando como si nada de esto siquiera hubiera ocurrido.

El mineral es lo único que importa

Las nubes de gas iban y venían si saber cuándo, todo era cuestión de la voluntad del volcán. Algunas veces, mientras nos acercábamos a ellos, podíamos escuchar con incredulidad los sonidos que hacían cuando estas nubes los envolvían. Era una extraña mezcla entre quejido, molestia y deseo de vomitar lo que de sus lastimadas gargantas salían, sin embargo, a los pocos segundos volvían a adentrarse sin más remedio en las entrañas de las fumarolas del volcán y a continuar su labor de minería.

Carlos Eduardo Esquivel Pardo © Solkes

En un momento justo antes del amanecer, aun con frío y bajo un cielo despejado, un minero se acercó a nosotros, extendió su mano y nos ofreció en venta un pedazo de azufre recién robado de las entrañas del volcán, su linterna de cabeza nos alumbraba y no nos dejaba ver su rostro, había mucho humo por la cercanía con una grieta del volcán y estaba oscuro; no hablaba, solo extendía en su mano un pedazo de “oro del diablo”.

Fue allí, donde, y después de nuestra negativa de adquirir su producto, caímos en cuenta que esa situación no era más que una analogía de la vida de casi todos estos valientes y olvidados mineros que inspiran estas líneas. Nunca supimos quien estaba detrás de ese pedazo de azufre, no nos dio tiempo, se marchó y se perdió entre las fumarolas del volcán, solo quedamos con la imagen del azufre.

El mineral es lo único que importa en estas tierras, el mineral que la compañía dueña de la licencia compra en condiciones de indignidad humana para el blanqueamiento de azúcar, para la elaboración de cremas de belleza o para la producción de cerillos, pero es solo eso “el mineral” lo que importa, no el rostro humano, ni la humanidad dueña de las manos de quien le robó esto a la madre tierra en las entrañas de un volcán en una isla de la lejana Indonesia.

Estuvimos hasta pasadas las 9 de la mañana en el área, la noche dio paso a una mañana soleada y clara que nos dejó ver toda la belleza del lugar donde recibimos el sol ese día. Era un lugar definitivamente hermoso y único con un lago de un azul turquesa intenso que no es más que un lago de ácido sulfúrico y ácido clorhídrico a 40 grados centígrados, producto de la actividad volcánica, y que se mostró en todo su esplendor mientras los mineros seguían ahí con su prometeica labor.

Carlos Eduardo Esquivel Pardo © Solkes

Los turistas habían ya dejado la zona con las primeras luces del día y solo quedaban allí estos hombres trabajando como si nada hubiera pasado, en la repetición de su eterno presente y sin la menor esperanza de que algo cambiará para ellos o sus familias, entregados a la minería del “oro del diablo”, por lo que, con la calma de quien no tiene prisa, tuvimos la oportunidad de hablar con algunos de ellos.

Estos hombres nos contaron que inician su jornada cerca de la 1 de la madrugada, y hacen a pie, todo el recorrido que nosotros hicimos de casi 4 kilómetros hasta el cráter, una vez allí sin mayor protección que esa simple mascara de pintura, algunos, incluso en sandalias, emprenden la tarea de robarse algunos kilos de las casi seis toneladas de mineral de azufre que el volcán naturalmente puede producir en un día, para luego subir en los hombros cuesta arriba, una o dos veces al día, con su preciada carga de “oro del diablo” de hasta 90 kilogramos, y así poder vender el kilo a 1.250 rupias, unos 6 centavos de dólar.

La triste conclusión

Es decir, estos mineros en pleno siglo XXI exponen sus vidas, su salud e integridad, y trabajan largas jornadas, sin protección alguna a los gases o las quemaduras y en condiciones laborales indignas que la humanidad ya debería haber superado.

Son estos hombres condenados los que transportan una carga de azufre para la compañía que a veces supera su propio peso y ganan menos 8 dólares al día, todo esto ante los ojos y complicidad de cientos de personas que no ven o no quieren ver, en esta práctica, algo deleznable, repudiable, pues solo visitan el volcán con la única intención de llevarse una foto para el recuerdo. Es así de frívola e injusta la realidad que se vive en estas lejanas tierras.

Carlos Eduardo Esquivel Pardo © Solkes

Como lo dijimos al inicio de esta crónica, es por esta razón que los mineros prefieren cargar pesados turistas 3.5 kilómetros cuesta arriba, pues de esta forma, por lo menos, no arriesgan sus vidas en las fauces del volcán y, por difícil, que sea, es más sencillo que el trabajo que hacen a diario.

Finalmente, recorrimos los casi 4 kilómetros de vuelta hasta la base del volcán, hablando con Alby de sus sueños, de sus miedos, de su imposibilidad de dejar este trabajo, de su vida en general, de sus planes de tener otro hijo y de cómo lo que gana le alcanza a duras penas para pagar las 15.000 rupias de gasolina para llegar hasta el volcán.

El dinero que le queda se lo da a Diana su esposa, con eso, ella alimenta a la familia, paga el colegio del pequeño Alfaziri, y le sobra algo para la cuota de la moto usada. El “salario” que Alby gana no es malo, de hecho, es superior a la media en INDONESIA.

Sin embargo, bajo esas condiciones de trabajo, y ante la mirada renuente de la empresa de proteger a sus mineros, es seguro que ni Alby, ni los cientos de mineros que allí trabajan, tendrán una vejez para disfrutar de sus hijos y nietos.

Mientras tanto, los turistas seguirán llegando en búsqueda de una foto, y la empresa seguirá ganando dinero impunemente a costa de la seguridad de unos hombres condenados a vender no solo su fuerza de trabajo, sino su salud, sus sueños y su dignidad para poder vivir.

Todas las fotos se tomaron previo consentimiento, no se publican sin la debida autorización.

Albi Alfarizi nos autorizó a usar su nombre real, así como recomendar su perfil de
Facebook para cualquier turista que desee visitar el volcán y ayudar a generar una
fuente alternativa de ingresos digna a las minas de azufre.
https://www.facebook.com/albyijen.ijeninda

La empresa que lleva a cabo esta labor de minería bajo estas condiciones se llama
PT CANDI NGRIMBI, al momento de hacer esta crónica se están realizando sendas
cartas tanto a la empresa como a varios diarios de Indonesia para denunciar esta
práctica laboral.

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