Por más manchas verdes

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Diego Parra © Solkes

Si estuviéramos en el centro-oriente de Bogotá, solo haría falta ponernos de pie y mirar en dirección contraria a la montaña para presenciar uno de los mayores monumentos en el mundo al cemento, al ladrillo y a la varilla.

Bogotá es un «monstruo». Es una ciudad que crece de manera brutalmente rápida. Es una ciudad que alberga verde, pero no el suficiente. Es una metrópoli.

 

La Capital de Colombia

La capital de Colombia tiene 256 millones de metros cuadrados construidos, esto es equivalente a más de 2’300.000 edificaciones.

A esto hay que sumarle el hecho de que hoy Bogotá alberga 200 personas por hectárea en promedio, aunque tiene sectores que alcanzan los 568 habitantes en este mismo espacio. Dato que la pone por encima de Nueva York -530-, Ciudad de México -490- y otras capitales de este hemisferio.

A excepción del parque Simón Bolívar, el Carmel Club, el Club del Country, Jardines de Paz, Jardines del Recuerdo, Club de los Lagartos, la Universidad Nacional, los parques El Salitre, El Tunal, 1ero de Mayo, Timiza, Bavaria y el Hospital San Carlos, son pocas las ‘manchas verdes’ que se ven en el mapa de la ciudad y muchas de ellas son clubes privados, a los cuales pocos pueden acceder.

Diego Parra © Solkes

Un artículo de El Tiempo destaca el hecho de tener uno de los menores volúmenes de zonas verdes por habitante; mientras la medida mínima requerida por la OMS es de 10 metros cuadrados, Bogotá solo llega a 4,3.

En pocas palabras, Bogotá tiene mucho cemento, mucha gente y pocas zonas verdes para equilibrar la balanza. Esta situación repercute en otra realidad. Hay pocos sitios para compartir y pasar el tiempo mientras se puede disfrutar de la naturaleza. Hay pocos lugares públicos, accesibles, incluyentes y seguros. Parece que los espacios de participación, cada vez son menos.

 

Nuevas manchas verdes

Si bien esto es un problema y un gran reto de planeación urbana a nivel capital, lo que más ha llamado mi atención es descubrir que la gente, para revertir las circunstancias que no les ayudan a tener estándares de vida adecuados.

Ellos se han encargado por sus propios medios de idear estrategias para transformar, con mucha creatividad, su entorno. Hace ya algunos años detectamos un fenómeno alrededor de los cultivos de hortalizas, aromáticas, frutas y otras plantas en el interior de muchas casas bogotanas.

Diego Parra © Solkes

Esto se fue desarrollando, la gente se empezó a dar cuenta de todo lo que podía suplir con un cultivo propio y de todo el beneficio que podría traer el manejo de los residuos orgánicos.

Hoy podemos decir que hay un importante boom de huertas urbanas por toda la ciudad, con mayor densidad en el centro, como el caso de la Huerta de la señora Helena Villamil en la calle 28 con carrera 7.

Particularmente el Barrio Belén, perteneciente a la localidad de La Candelaria, es hoy uno de esos ejemplos, son muchos los predios que ya cuentan con una huerta propia y son muchos los que ya están dando su paso hacia la creación de una.

 

La cinehuerta

Pero hay más. En la búsqueda incansable por crear espacios de participación, lugares mágicos para que los habitantes del centro de Bogotá puedan expresar sus ideas, compartir ambientes y momentos. Buscan aprender más sobre la tierra, y acceder a la posibilidad de poner a volar su imaginación con el Cine.

Por eso, se está creando en este barrio un espacio que pretende experimentar con la impopular fusión de 2 dimensiones humanas. Lo elemental y ancestral contenido en la agricultura y la sofisticación y contemporaneidad del arte audiovisual están gestando una ilusión ‘pinochezca’. La materialización de la simple idea de poner a vivir un cinema, dentro de una huerta urbana.

Esta Cinehuerta se está aunando a los esfuerzos de todas las personas y colectivos que han construido sus propias huertas caseras. Todos ellos, entre otras cosas, quieren crear cada vez más manchas verdes en el mapa de Bogotá, más manchas que le den acceso a la comunidad, que sean construidas por la gente y para la gente y que le brinden conocimiento a tantos niños/as y jóvenes cargados de inquietudes y de ganas de aprender todo lo que les va a dar el timonel del futuro.

Diego Parra © Solkes

 

Este espacio que no es de fábula, queda en una particular callecita de Belén; ya está siendo construida a manos de un colectivo arquitectónico -Hábitat Sin Fronteras-, colectivos de promoción cultural en el Barrio, como Casa B y Casa Bakatá, diseñadores, asesores en agricultura urbana -Planta Baja-, la comunidad de Belén y la gran participación activa de las y los niños del barrio. Todos con la simple intención de experimentar con lo que podría suceder cuando son ellos mismos los que promueven el cambio.

La parte social

Diego Parra © Solkes

A la Cinehuerta llega gente a poner a volar su imaginación, aprenden a hacer compost, que es tierra muy rica en nutrientes. Ellos siembran y cosechan algunas especies de plantas, pero también hay espacio para ver películas y documentales. En realidad, la gente escoge lo que quiere ver y cuándo lo quiere ver.

Se dictan talleres, se hacen actividades dirigidas por la Cinehuerta, pero también por los diferentes colectivos que hacen parte del proyecto.

En últimas este es un espacio más para promover la integración y la participación de la comunidad. Es un ejemplo que si trabajamos unidos por un bien común , es posible realizar cambio, aun si parecen casi imposibles. Este es un intento más para apoyar el fortalecimiento del tejido social que hoy ya existe y finalmente para tener más punticos verdes en los mapas urbanos.

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