El liderazgo juvenil en Colombia está construyendo nuevas formas de imaginar y transformar el país. Colombia es un territorio marcado por profundos contrastes, desigualdades y desafíos sociales. Miles de jóvenes se niegan a permanecer al margen. Quieren participar, proponer y formar parte de las decisiones que afectan sus comunidades y sus ciudades.
Colombia es un país joven. Un país de contrastes, de territorios profundamente diferentes y de generaciones que han crecido entre enormes posibilidades. Un lugar donde los desafíos parecen repetirse durante décadas.
El problema
Para muchos jóvenes colombianos, hablar del futuro no siempre resulta sencillo.
Pensar en el futuro implica hablar de oportunidades educativas, empleo, salud mental, seguridad y participación. También significa preguntarse si existe un lugar en la ciudad para sus ideas y si sus voces realmente cuentan cuando se toman decisiones.
No siempre encuentran una respuesta positiva.
Las cifras ayudan a comprender una parte de ese contexto. Pero, por sí solas, no cuentan toda la historia. Detrás de cada número hay personas, experiencias y proyectos de vida.
Hay jóvenes que buscan oportunidades. Otros enfrentan dificultades económicas o viven en territorios marcados por la violencia y la desigualdad. También están quienes luchan por cuidar su bienestar emocional.
Y, a pesar de todo, muchos siguen creyendo que las cosas pueden cambiar.
Jóvenes que no quieren limitarse a observar los problemas de sus comunidades. Quieren participar, proponer, crear y transformar.
Esa es la historia que, durante los últimos años, se ha tejido en Envigado y Cartagena a través del programa global S²Cities (Safe & Sound Cities), de la mano de la Fundación Mi Sangre.
El proceso parte de una idea sencilla, pero profunda: cuando las juventudes encuentran confianza, herramientas y oportunidades reales para participar, pueden pasar de sentirse al margen de las decisiones de su ciudad a convertirse en protagonistas de su transformación.
Liderazgo juvenil en Colombia: una generación que se niega a aceptar lo inevitable
Hay algo que las nuevas generaciones hacen especialmente bien: cuestionar aquello que otros han terminado aceptando como normal.
¿Es inevitable sentir miedo al recorrer ciertos espacios de la propia ciudad? ¿Tenemos que asumir la ansiedad y el malestar emocional como una parte inevitable de crecer? Las oportunidades educativas y laborales, ¿acaso no pueden construirse de otra manera? Y cuando se toman decisiones sobre una ciudad, ¿no deberían tener voz quienes también la habitan?
Muchas veces, el pensamiento crítico comienza allí: en dejar de aceptar que algo debe seguir siendo de una determinada manera únicamente porque siempre ha sido así.

También aparece cuando alguien se atreve a preguntar por las causas, identifica contradicciones y busca otras posibilidades.
Después de dos décadas trabajando con jóvenes en diferentes territorios del país, la Fundación Mi Sangre continúa aprendiendo de esa capacidad.
Las juventudes observan realidades que otros han aprendido a ignorar, cuestionan aquello que parece inevitable y, muchas veces, imaginan soluciones que todavía no existen.
Aprender a liderar también implica mirarse a uno mismo
El pensamiento crítico puede convertirse en el primer paso hacia la transformación social. Antes de cambiar una realidad, alguien tiene que atreverse a pensar que esa realidad puede ser diferente.
Entonces, cuestionar el mundo también implica mirarse a uno mismo.
Para que una idea pueda convertirse en acción, es necesario desarrollar confianza, reconocer las propias capacidades y aprender a relacionarse con los demás.
Para nosotros, el liderazgo se desarrolla desde dos dimensiones simultáneas: la individual y la relacional. A esto se suma una mirada sistémica que entiende que los problemas públicos no pueden transformarse desde un solo actor.
Esa mirada sobre el liderazgo y la transformación está en el centro del trabajo que la Fundación Mi Sangre ha desarrollado durante los últimos 20 años.
Para la organización, fortalecer el liderazgo no significa únicamente enseñar herramientas.
También supone acompañar a las personas para que reconozcan su capacidad de participar, relacionarse con otros y actuar sobre las realidades que quieren transformar.
La Fundación Mi Sangre: veinte años creyendo en el poder de las personas
La transformación social no comienza únicamente cuando una comunidad se organiza o cuando una iniciativa llega a una institución.
Muchas veces empieza mucho antes: cuando una persona descubre que tiene la capacidad de participar, influir y construir algo junto a otros.
Hace dos décadas nació la Fundación Mi Sangre con una convicción clara: un mundo mejor es posible y construirlo está en nuestras manos.
Desde entonces, ha trabajado para fortalecer y conectar liderazgos capaces de contribuir a la construcción de sociedades más pacíficas, democráticas y regenerativas.
Durante estos 20 años, la Fundación ha formado directamente a más de 179.000 líderes y ha llegado a cerca de 2 millones de personas a través de sus programas y de las iniciativas lideradas por quienes han participado en ellos.
El liderazgo como proceso
Para la Fundación, el liderazgo no es una característica individual reservada para unas pocas personas. Es un proceso, una construcción que comienza mucho antes de ocupar un escenario o dirigir una organización.
Conocerse a uno mismo, reconocer las propias fortalezas y limitaciones, desarrollar una orientación ética y aprender a escuchar forman parte de ese recorrido. También implica aceptar que existen perspectivas diferentes y construir relaciones basadas en la confianza.
La Fundación entiende el liderazgo desde dos dimensiones que se necesitan mutuamente.
La primera es individual. Tiene que ver con el autoconocimiento, las capacidades socioemocionales y la manera en que una persona se reconoce como parte activa de su entorno.
La segunda es relacional. Nadie transforma un territorio completamente solo. Las capacidades personales permiten construir redes, generar confianza y establecer relaciones con personas y sectores diferentes.
Y es precisamente en ese punto donde el liderazgo individual comienza a conectarse con una transformación más amplia.
Del liderazgo individual al cambio sistémico
Debemos tener en cuenta que el liderazgo no termina en el desarrollo personal ni en la creación de vínculos.

La transformación también necesita llegar a los sistemas: a las estructuras, las decisiones, las normas y las narrativas que permiten que determinados problemas continúen existiendo.
Por eso, uno de los principios centrales del trabajo de la Fundación es reunir en una misma conversación a actores que muchas veces trabajan por separado: el sector público y privado, la academia, las organizaciones sociales, los medios de comunicación y, por supuesto, las comunidades.
Y todos sabemos que los desafíos complejos no tienen soluciones individuales.
Requieren colaboración, interdependencia y corresponsabilidad. Como explica la filosofía que acompaña este trabajo, nadie teje solo.
Esta manera de comprender el liderazgo y el cambio social permite entender por qué la Fundación encontró en S²Cities una propuesta cercana a su propia experiencia.
No se trataba únicamente de participar en un programa internacional, sino de reconocer una visión compartida sobre cómo construir transformaciones duraderas.
Cuando la Fundación Mi Sangre encontró una visión compartida
Las alianzas capaces de generar cambios profundos suelen comenzar con una coincidencia de propósitos.
En el caso de la Fundación Mi Sangre y S²Cities, el encuentro surgió a través de una convocatoria abierta, pero encontró su fuerza en una manera similar de comprender la transformación social.
Solkes: ¿Cómo se convirtió Fundación Mi Sangre en el socio colombiano de S²Cities y qué los llevó a participar en el programa?
Fundación Mi Sangre: Llegamos a S²Cities a través de una convocatoria abierta. Lo que encontramos fue una profunda coincidencia entre la teoría de cambio del programa y la ruta que la Fundación había construido durante años. También encontramos una coincidencia temática importante. La Fundación había definido como prioridades estratégicas la seguridad y la convivencia, la diversidad y la inclusión, la salud mental y la relación con la naturaleza. S²Cities se encontraba precisamente en ese punto de encuentro. La alianza, por eso, se dio de manera muy orgánica.
S²Cities partía de una idea muy cercana a la visión de la Fundación: reconocer a las juventudes como protagonistas del cambio.
Para ello, buscaba fortalecer sus capacidades, conectarles con otros actores y abrir espacios reales de participación en las decisiones de sus territorios.
Al mismo tiempo, el programa proponía un proceso que iba más allá del trabajo individual. Comenzaba con las personas, fortalecía los vínculos, activaba redes de colaboración y avanzaba hacia transformaciones capaces de influir en las estructuras y decisiones que determinan la vida de las comunidades.
Cuatro puntos de encuentro
Cuando Fundación Mi Sangre conoció más de cerca el trabajo de S²Cities, encontró varias coincidencias con su propia manera de entender la transformación social.
No se trataba únicamente de trabajar con jóvenes, sino de crear las condiciones para que pudieran desarrollar capacidades, participar en espacios donde realmente se toman decisiones y convertir sus ideas en iniciativas capaces de movilizar a otros.
A esto se sumaba el acompañamiento técnico y financiero. Las iniciativas juveniles necesitaban algo más que entusiasmo para avanzar.

Necesitaban herramientas, recursos y personas capaces de acompañar el proceso. Al mismo tiempo, S²Cities buscaba que esas experiencias pudieran trascender los proyectos individuales e incidir en instrumentos, decisiones y dinámicas con un alcance mayor.
Había, además, una idea compartida sobre cómo se construyen las soluciones. Los cambios que atraviesan una ciudad difícilmente pueden surgir del trabajo aislado de una organización.
Hace falta fortalecer los vínculos entre distintos sectores y generar espacios en los que las juventudes puedan ocupar un lugar central. En otras palabras, hacer posible que diferentes actores se sienten alrededor de una misma mesa y encuentren formas de avanzar juntos.
La coincidencia también estaba en algo menos visible, pero fundamental: la necesidad de saber qué cambia realmente después de una intervención.
S²Cities desarrolló un sistema de medición que permite observar transformaciones en distintos niveles, desde los cambios individuales hasta las relaciones entre actores y las estructuras que pueden modificarse a partir del proceso. Algunos indicadores incluso se revisan 12 meses después de terminado el acompañamiento.
Así, el encuentro entre Fundación Mi Sangre y S²Cities fue más que compartir una preocupación por las juventudes. Había una manera similar de entender el acompañamiento, de construir alianzas y de mirar los cambios en el tiempo. Y, sobre todo, una convicción compartida: las juventudes no están simplemente esperando que otros transformen su ciudad. También pueden ser quienes comiencen a hacerlo.
¿Qué significa construir ciudades más seguras para las juventudes?
Hablar de seguridad suele llevarnos rápidamente a pensar en la ausencia de violencia, en la protección frente a los riesgos o en la posibilidad de caminar por una ciudad sin miedo. Pero para una persona joven, sentirse segura en su propio territorio implica algo mucho más amplio.
También significa poder expresarse sin miedo, encontrar lugares donde encontrarse con otros, construir vínculos y tener las condiciones necesarias para imaginar y desarrollar un proyecto de vida.
Ningún actor transforma un problema sistémico por su cuenta. La interdependencia y la corresponsabilidad no son un discurso bonito, son una condición técnica del cambio. Por eso trabajamos poniendo en la misma mesa al sector público, al privado, a los medios de comunicación, a la academia y al sector social.
Desde la mirada de Fundación Mi Sangre, una ciudad segura para las juventudes no es simplemente aquella que logra protegerlas de la violencia.
Es aquella en la que pueden vivir, participar y expresarse con libertad.
Una ciudad que ofrece espacios de encuentro, oportunidades y redes de apoyo, pero también condiciones para cuidar el bienestar emocional.
Y hay algo más: la posibilidad de participar realmente en las decisiones que afectan sus vidas.
Ahí comienza una parte fundamental del proceso. Las juventudes conocen su territorio desde un lugar que difícilmente puede ser reemplazado por una mirada externa. Saben qué espacios les generan miedo, cuáles sienten propios y cuáles han dejado de habitar. Reconocen los problemas que atraviesan su vida cotidiana, pero también las oportunidades que existen a su alrededor.
Escucharlas, entonces, no significa únicamente preguntarles qué está mal. Significa reconocer que también tienen ideas sobre lo que podría funcionar mejor y que pueden imaginar respuestas desde sus propias experiencias y comunidades.
Una ciudad empieza a transformarse de otra manera cuando quienes la habitan tienen la posibilidad de participar en esa transformación.
Escuchar para transformar
El sentido de pertenencia juega un papel importante en ese proceso. Cuando una persona siente que forma parte de un lugar, la relación con ese espacio puede cambiar. Ya no se trata solamente de transitarlo. También aparece el deseo de cuidarlo, de cuestionar aquello que podría ser diferente y de participar en las decisiones que determinan cómo se vive allí.
Pero ese vínculo no surge de manera automática. Necesita espacios donde las personas puedan ser escuchadas, donde sus ideas sean tomadas en serio y donde exista la posibilidad de convertirlas en acciones.
Por eso, tanto para S²Cities como para Fundación Mi Sangre, las juventudes ocupan un lugar distinto al de simples beneficiarias de un programa. Son parte de la construcción de las respuestas y protagonistas de los cambios que quieren ver en sus ciudades.
Esa mirada fue especialmente importante cuando el proyecto llegó a Envigado.
Liderazgo juvenil en Colombia: cuatro años de transformación en Envigado
La historia de S²Cities en Colombia comenzó en Envigado, un municipio ubicado en el sur del valle de Aburrá, en el departamento de Antioquia.

A primera vista, el territorio ofrece muchos de los espacios que una ciudad necesita para propiciar el encuentro.
Hay parques, zonas verdes, espacios culturales y lugares destinados a la recreación.
El Parque Principal Marceliano Vélez, el Parque Cultural Débora Arango, La Heliodora y el Parque Ecoturístico El Salado forman parte de una geografía urbana en la que la cultura, la naturaleza y la vida comunitaria tienen un lugar importante.
Envigado también cuenta con una tradición cultural vinculada a disciplinas como la música, el teatro, la literatura y las artes plásticas.
Pero tener espacios no significa necesariamente que todas las personas puedan habitarlos de la misma manera.
Cuando S²Cities llegó al territorio, lo hizo después de un periodo marcado por el aislamiento provocado por la pandemia.
Para muchos jóvenes, volver a encontrarse no era un detalle menor. Significaba recuperar una parte de la vida cotidiana que había quedado suspendida.
Volver a habitar la ciudad
Había ganas de salir nuevamente a las calles. De recorrer la ciudad. De encontrarse con otras personas y recuperar espacios que durante meses habían permanecido vacíos.
Pero también había preguntas.
¿Cómo querían vivir su ciudad? ¿Qué necesitaban para sentirse parte de ella? ¿Qué debía cambiar para que los espacios públicos fueran realmente lugares de encuentro?
En ese contexto, S²Cities encontró jóvenes dispuestos no solo a hablar sobre los problemas de su territorio, sino también a cuestionarlos y pensar en alternativas.
El proceso abrió conversaciones que difícilmente habrían ocurrido en otros espacios. Jóvenes, organizaciones, instituciones y otros actores comenzaron a encontrarse alrededor de una preocupación común: cómo construir una ciudad más saludable y segura para quienes la habitan.
Y en medio de esas conversaciones apareció una palabra que puede parecer sencilla, pero que adquirió otro significado en el proceso: esperanza.
La posibilidad de que distintas personas pudieran sentarse juntas, escucharse y trabajar sobre problemas compartidos abrió también la posibilidad de imaginar que la transformación no tenía que venir de un solo lugar.
Podía construirse entre muchos.
Cuatro años para pasar de las ideas a la acción
Durante cuatro años, más de 90 jóvenes participaron en un proceso de formación, reflexión y acción.
A lo largo del recorrido fortalecieron sus capacidades, construyeron redes y se conectaron con otros actores de sus territorios.

Además, desarrollaron 47 iniciativas de cambio relacionadas con diferentes desafíos sociales y comunitarios.
Entre los resultados más destacados se encuentra una mejora del 85,6 % en habilidades de pensamiento crítico, liderazgo y comunicación entre los jóvenes participantes.
Pero uno de los cambios más importantes no puede resumirse en un porcentaje.
Solkes: ¿Cuál ha sido el cambio más grande que han visto durante estos años?
Fundación Mi Sangre: El cambio más grande ha sido pasar del discurso a la acción. Ver cómo los jóvenes dejaron de ser únicamente participantes para convertirse en líderes.
Varias iniciativas crecieron y se consolidaron hasta convertirse en organizaciones sociales formalmente constituidas.
Ese proceso permitió que algunas propuestas trascendieran el espacio del programa y encontraran nuevas formas de continuar.
Entre los proyectos que surgieron durante ese recorrido están Galería a Pie, Flow & Bars, Sí Paz, Veo Veo Lab y Barrios Vivos.
Detrás de cada iniciativa había una preocupación, una idea y, por supuesto, una comunidad.
También había jóvenes dispuestos a convertir sus propuestas en acciones reales.
Del liderazgo personal a la transformación colectiva
Uno de los principios que orientó el proceso en Envigado fue la idea de que el cambio interior puede convertirse en cambio exterior.
Solkes: ¿Por qué es tan importante trabajar primero en la transformación interior de los jóvenes?
Fundación Mi Sangre: Porque el cambio social sostenible comienza en las personas. Para transformar una realidad, necesitamos personas que se reconozcan como agentes capaces de actuar sobre ella. El desarrollo personal permite fortalecer la agencia, la confianza, el pensamiento crítico y las habilidades para relacionarse con otros. También permite cuestionar las propias perspectivas. Ese proceso es la base para identificar desafíos, construir soluciones con otros y participar en espacios de decisión. Los jóvenes trabajaron en iniciativas relacionadas con temas como el medio ambiente, el arte, el deporte, la salud mental, la apropiación del espacio público y la participación ciudadana.
El desarrollo personal no es el final del camino. Es el punto de partida. En S²Cities, la formación se conectó directamente con la acción.
Para Fundación Mi Sangre, la clave está en que lo aprendido encuentre rápidamente un lugar en la vida real. En S²Cities, los jóvenes tuvieron la oportunidad de convertir sus ideas en iniciativas dentro de sus propios territorios, abordando temas que les preocupaban de cerca, como el medio ambiente, el espacio público, el arte, el deporte, la salud mental y la participación ciudadana.
También pudieron encontrarse con otros actores a través de espacios como Unir para Construir, ampliando sus redes y descubriendo nuevas posibilidades de colaboración.
De esta manera, el proceso no terminó cuando acababa un taller. Lo que comenzaba en un espacio de aprendizaje podía continuar en un barrio, en una conversación, en una iniciativa o en una alianza. Y es allí donde, para la Fundación, el liderazgo deja de ser una idea para convertirse en algo que se ejerce y se construye con otros.
El recorrido comienza dentro de cada persona, pero no termina allí. Una nueva confianza puede convertirse en una idea; una idea, en una iniciativa; y una iniciativa, en un punto de encuentro para otros.
Eso es lo que permite que el liderazgo juvenil trascienda el crecimiento individual. Cuando los jóvenes encuentran herramientas, espacios y personas con quienes compartir lo que imaginan, sus inquietudes pueden convertirse en acciones capaces de mover algo a su alrededor.
Una ciudad no se transforma desde una sola mesa
Los grandes problemas de una ciudad no pueden ser resueltos por una única institución. Tampoco por una organización. Ni por un grupo de jóvenes trabajando de manera aislada.

Esa fue una de las grandes apuestas de S²Cities en Envigado.
El municipio cuenta con varias problemáticas. En este momento hay un crecimiento descontrolado de las construcciones que supera la capacidad de las infraestructuras y genera un déficit significativo en espacios públicos, limitando la calidad de vida y la sostenibilidad ambiental del municipio. Otro problema está relacionado con la cultura. Actualmente existe una concepción débil y fragmentada sectorialmente de la cultura, con una gestión cultural insuficiente y desarticulada.
A lo largo del proceso se construyeron 81 alianzas con actores del gobierno local, empresas, organizaciones sociales y espacios académicos.
Construir confianza no fue inmediato.
Muchos sectores no estaban acostumbrados a trabajar juntos.
Solkes:¿Cómo construyeron puentes en un contexto donde existía desconfianza entre jóvenes e instituciones?
Fundación Mi Sangre: A través de un proceso que llamamos Unir para Construir. La idea fue reunir a jóvenes, organizaciones sociales, actores públicos y privados para escucharse y pensar soluciones de manera colaborativa. También generamos encuentros entre jóvenes y diferentes secretarías de la Alcaldía.
Estos espacios permitieron conocerse, construir confianza y conectar a líderes juveniles con quienes tenían responsabilidades institucionales. La confianza no aparece de un momento a otro. Se construye a través de conversaciones y experiencias compartidas.
El espacio público como punto de encuentro
Durante nuestra conversación nos dimos cuenta de que uno de los pilares del programa fue crear espacios para conversaciones que probablemente no habrían ocurrido de otra manera. De allí surgieron iniciativas concretas.
Una de ellas fue la Mesa Intersectorial de Espacio Público, integrada por treinta actores multisectoriales e intergeneracionales.
En esa iniciativa, el grupo identificó espacios que podían volver a ser aprovechados por la comunidad.
Uno de ellos fue el Parque de las Ilusiones. El proceso colectivo contribuyó a su reapertura y permitió imaginar nuevas formas de habitarlo.
De igual manera, se elaboró un documento de incidencia que se convirtió en una herramienta para apoyar la toma de decisiones de la administración local sobre los espacios públicos.
Una ciudad segura no se decreta. En absoluto. Una ciudad segura se construye y, sobre todo, se teje.
De la participación a la incidencia
Empecemos por definir qué es la participación ciudadana. La participación ciudadana es la intervención de la ciudadanía en la toma de decisiones sobre el manejo de los recursos y las acciones que inciden en el desarrollo de sus comunidades.
Es preciso entonces que dejemos en claro que existen distintos tipos de participación.
1. La participación social es la asociación de individuos para el logro de determinados objetivos.
2. La participación comunitaria se instala en el campo de las actividades asistenciales propias del mundo de lo no estatal.
3. La participación política se refiere a que los ciudadanos pertenecen a las organizaciones de representación social y a las instituciones del sistema político.
4. La participación ciudadana es aquella en la que la sociedad tiene relación directa con el Estado.
Por eso, uno de los objetivos del proceso fue acompañar a los jóvenes para que sus propuestas llegaran a escenarios reales de decisión.
Solkes: ¿Cómo lograron que las ideas de los jóvenes llegaran a los espacios donde se toman decisiones?
Fundación Mi Sangre: Uno de los pasos fue conectar a los jóvenes con las instituciones. Las iniciativas fueron presentadas ante diferentes secretarías de la Alcaldía y el programa también fue presentado ante el Concejo Municipal. Un ejemplo muy importante fue la Mesa Intersectorial de Espacio Público. A partir de ese proceso se identificaron espacios subutilizados y se construyó un documento de incidencia que sirvió como herramienta para la administración local. También establecimos una alianza con la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Antioquia para aportar a la política pública de juventud de Envigado y al Índice de Desarrollo Juvenil.
No existe otra forma de decirlo: la participación es necesaria para construir la democracia. Por eso mismo es tan importante. Es la única forma de transmitir las preferencias de los ciudadanos y ciudadanas y resolver conflictos.
Cuando la participación se convierte en una estructura
El proceso dejó resultados concretos.
Entre ellos, la creación de la Mesa Municipal de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario, formalizada mediante el Decreto 0000679 de 2022.
La Mesa está conformada por representantes de cinco organizaciones sociales. Algunas de estas organizaciones incluyen afroenvigadeñas, sindicatos, juntas de acción comunal de la zona urbana, veedurías ciudadanas y la Mesa de víctimas del conflicto armado.
Este espacio se establece como una instancia autónoma e independiente de participación ciudadana en temas de derechos humanos y paz.
Su objetivo es promover la consulta, la interlocución, la coordinación, la gestión y la ejecución de acciones en colaboración entre la Administración Municipal, las entidades gubernamentales y la sociedad civil.
La participación juvenil no puede limitarse a escuchar lo que los jóvenes tienen que decir.
Participar significa tener la posibilidad de incidir.
De que una idea pueda convertirse en una conversación institucional. Y que esa conversación pueda, eventualmente, convertirse en una decisión.
El momento en que una iniciativa se convierte en una historia que continúa
Algunas de las iniciativas creadas durante S²Cities crecieron hasta convertirse en organizaciones sociales.
Solkes: ¿Qué significa para ustedes que algunas iniciativas hayan llegado a convertirse en organizaciones formalmente constituidas?
Fundación Mi Sangre: Es una evidencia de que el impacto puede ir más allá del tiempo del proyecto. Significa que las iniciativas no dependen de manera permanente de la Fundación, sino que los jóvenes se apropian de sus procesos, toman decisiones y construyen condiciones para sostenerlos.
Estas organizaciones pueden crear oportunidades, movilizar recursos y generar nuevas alianzas. Pero también representan algo importante para quienes las lideran: un espacio desde el cual conectar su liderazgo, su participación y su proyecto de vida.
Cuando una iniciativa juvenil continúa creciendo después de que termina un programa, ocurre algo importante.
El impacto comienza a caminar por sí mismo.
Los jóvenes encuentran en sus proyectos una manera de responder a las necesidades de sus comunidades.
Pero también pueden encontrar una conexión con su propio proyecto de vida.
Esa relación es fundamental para la sostenibilidad.
Una iniciativa tiene más posibilidades de mantenerse cuando aquello que una persona quiere transformar en su comunidad también encuentra un lugar dentro de su propia historia.
El proyecto social y el proyecto personal dejan de ser caminos separados.
Y pueden comenzar a crecer juntos.
De Envigado al Caribe: Cartagena abre un nuevo capítulo
Cartagena de Indias es la capital del departamento de Bolívar y está ubicada a orillas del mar Caribe.
Según los datos de población de 2025, la ciudad cuenta con 1,1 millones de habitantes. Casi una cuarta parte tiene entre 15 y 29 años.
Su herencia afrocolombiana, indígena y mestiza enriquece la identidad cultural de Cartagena y forma parte de las múltiples maneras en que sus jóvenes viven y participan en la ciudad.
En 2025, S²Cities llegó a Cartagena.

La experiencia de Envigado había dejado aprendizajes importantes. Sin embargo, Cartagena representaba un nuevo desafío. Era una ciudad diferente, con dinámicas sociales, económicas, culturales y territoriales propias.
La pregunta no era cómo replicar Envigado.
Era como aprender de esa experiencia sin olvidar que cada territorio necesita ser escuchado desde su propia realidad.
Solkes: ¿Qué aprendizajes de Envigado llevaron a Cartagena?
Fundación Mi Sangre: Uno de los principales aprendizajes fue que las iniciativas tienen mayores posibilidades de sostenibilidad cuando están conectadas con los proyectos de vida de los jóvenes. También aprendimos la importancia de integrar el bienestar y el apoyo psicológico, de fortalecer la articulación con el sector privado y de priorizar la calidad sobre la cantidad. Pero, sobre todo, aprendimos que no se trata de copiar una fórmula. Hay que adaptar los principios a cada contexto.
La llegada a Cartagena no significó empezar desde cero, pero tampoco continuar exactamente donde había terminado Envigado. La experiencia anterior dejó preguntas, aprendizajes y herramientas que podían servir como punto de partida, pero el nuevo territorio exigía volver a escuchar.
Cada ciudad tiene sus propios ritmos, sus propias tensiones y sus propias formas de construir comunidad. Lo que funcionó en un lugar puede necesitar otra forma en otro.
Así comienza este nuevo capítulo de S²Cities en el Caribe: con la experiencia de Envigado como referencia, pero con la mirada puesta en Cartagena. No para repetir un camino, sino para descubrir qué puede construirse cuando los aprendizajes viajan de un territorio a otro y se encuentran con nuevas voces, nuevas realidades y nuevas ideas.
El reto, esta vez, vuelve a ser el mismo en esencia: escuchar primero para poder transformar después.
Cartagena: aprender del territorio antes de transformarlo
El contraste entre el centro histórico y los barrios periféricos suele describirse como la existencia de «dos Cartagenas».
Sin embargo, en ambas zonas los jóvenes siguen siendo fundamentales para construir un futuro urbano más seguro e inclusivo.
Por eso, el programa busca fortalecer la colaboración y la confianza entre las juventudes y las autoridades locales. La participación juvenil se incorpora a los procesos de la ciudad desde el comienzo.
El recorrido comenzó con una Escuela de Liderazgo destinada a fortalecer las capacidades de los jóvenes.
También se firmó un acuerdo con la Alcaldía para implementar el programa y avanzar en la construcción de una relación más cercana entre las juventudes y las instituciones.
Uno de los grandes desafíos era la confianza.
La distancia entre los jóvenes y las instituciones no se resuelve con una sola reunión. Necesita procesos. Continuidad. Escucha. Y oportunidades reales de participación.
Cartagena, entonces, tomó los principios construidos durante los años anteriores y los adaptó a su propio contexto.
Escuchar a las juventudes. Fortalecer sus capacidades. Acompañar sus proyectos. Conectar sus iniciativas con sus proyectos de vida. Y construir redes capaces de sostenerlas.
Liderazgo juvenil en Colombia: escuchar las diferencias de cada territorio
Envigado y Cartagena son ciudades profundamente diferentes.
Sus contextos sociales también lo son.
Solkes: ¿Qué diferencias encontraron entre Envigado y Cartagena en relación con el liderazgo juvenil?
Fundación Mi Sangre: Las principales diferencias no están necesariamente en los jóvenes, sino en las condiciones sociales, económicas y territoriales en las que desarrollan sus proyectos y ejercen su liderazgo.
Cada ciudad presenta desafíos y barreras diferentes. Por eso, no existe un único modelo de liderazgo juvenil que pueda aplicarse de la misma manera en todos los territorios.
Lo que sí encontramos es una capacidad común. Cuando existen confianza, herramientas y acompañamiento, los jóvenes pueden identificar desafíos, proponer soluciones y movilizar procesos.

En Envigado surgieron iniciativas relacionadas con diferentes desafíos sociales, culturales y comunitarios.
En Cartagena, muchos de los proyectos estuvieron estrechamente vinculados con las necesidades y oportunidades de sus comunidades y con la búsqueda de mejores condiciones para otros jóvenes.
El contexto exigió un acompañamiento integral.
No bastaba con ofrecer herramientas para desarrollar una iniciativa. También era necesario reconocer los desafíos personales y emocionales que enfrentan los jóvenes.
Por eso, en Cartagena se incorporaron espacios gratuitos de apoyo psicológico.
El bienestar es una condición para participar.
El bienestar también forma parte del liderazgo
Otro de los aprendizajes llevados desde Envigado fue la importancia de conectar las iniciativas juveniles con diferentes actores.
En Cartagena, se buscó fortalecer especialmente la relación con el sector privado y otros aliados capaces de ampliar las oportunidades para los jóvenes y sus proyectos.
También se confirmó algo importante: a veces, trabajar con menos iniciativas permite acompañarlas mejor.
La calidad puede ser más importante que la cantidad.
Un proceso cercano permite comprender mejor las necesidades de cada equipo y aumentar las posibilidades de que una iniciativa pueda mantenerse en el tiempo.
El liderazgo juvenil no se desarrolla únicamente cuando existen herramientas para actuar. También necesita condiciones que permitan a las personas sentirse acompañadas, escuchadas y capaces de sostener sus propios procesos.
La paz también se construye en la vida cotidiana
Colombia es un país marcado por décadas de conflictos armados y divisiones sociales.
Para muchas generaciones, la construcción de una cultura de paz se ha convertido en una prioridad para fortalecer la convivencia y el desarrollo. En ese contexto, conceptos como la cultura de paz y la resolución de conflictos adquieren una dimensión cotidiana: buscan abrir espacio al diálogo, el respeto y la justicia.
Durante mucho tiempo, hablar de paz parecía significar hablar exclusivamente de violencia y conflicto.
Las juventudes están ampliando esa mirada.
La paz también tiene que ver con poder caminar por una ciudad sin miedo. Con tener acceso a oportunidades, sentirse escuchado y poder imaginar un futuro.

La construcción de paz ocurre en la vida cotidiana y también en las oportunidades que tiene una persona para desarrollar su proyecto de vida.
Los jóvenes han ayudado a ampliar esa conversación.
Solkes: Después de 20 años trabajando con juventudes, ¿qué les han enseñado sobre la construcción de paz?
Fundación Mi Sangre: Nos han enseñado a desnaturalizar. El pensamiento crítico implica no aceptar como paisaje aquellas realidades que hacen daño. Las juventudes nos muestran que la paz también tiene que ver con la salud mental, los espacios públicos seguros, la educación y el bienestar. También nos enseñan que las organizaciones no deberían imponer una agenda a los jóvenes. Nuestro papel es acompañar, alojar y amplificar sus agendas. Además, las nuevas generaciones se mueven naturalmente entre redes humanas y tecnológicas. Allí se construyen narrativas, confianza y también polarización. Aprender de cómo habitan esos espacios es urgente.
Desnaturalizar también significa aprender a mirar de nuevo aquello que durante mucho tiempo pareció inevitable. Una calle que genera miedo, una conversación que termina en confrontación, una desigualdad que se vuelve paisaje o una voz que deja de ser escuchada.
Las juventudes están poniendo esas realidades sobre la mesa y ampliando la idea de lo que significa construir paz. Lo hacen desde sus barrios, desde los espacios públicos, desde las escuelas y también desde las redes donde pasan buena parte de su vida.
Quizás por eso escuchar cómo entienden la paz resulta tan importante. Porque cuando cambian las preguntas, también pueden cambiar las respuestas. Y cuando una generación se atreve a imaginar que su territorio puede ser diferente, la paz deja de ser una idea distante y comienza a tomar forma en la manera en que las personas se encuentran, se escuchan y deciden vivir juntas.
La paz empieza en la forma en que habitamos una ciudad
Hablar de ciudades más seguras también lleva inevitablemente a hablar de paz. Pero la paz no siempre se construye en grandes escenarios ni depende únicamente de decisiones tomadas desde las instituciones. Muchas veces comienza en lugares mucho más cotidianos: en una conversación, en una plaza, en un parque o en la posibilidad de sentirse parte del lugar donde se vive.
Las relaciones entre las personas son uno de esos primeros espacios de construcción. También lo es la manera en que se habitan los espacios públicos y las oportunidades que existen para que cada persona pueda desarrollar su proyecto de vida.
Las juventudes han ayudado a ampliar esa conversación. Su participación permite entender que construir paz no significa únicamente evitar la violencia. También significa crear las condiciones para que las personas puedan encontrarse, participar y reconocerse como parte de una comunidad.
Hay paz cuando existe un lugar para reunirse. Cuando una persona puede expresar lo que piensa y sentir que su voz tiene un espacio. Cuando puede imaginar un futuro y encuentra las condiciones necesarias para comenzar a construirlo.
En ese sentido, la ciudad deja de ser solamente el escenario donde ocurre la vida. Se convierte también en parte de las condiciones que hacen posible vivirla de una manera diferente.
Y quizá ahí se encuentra una de las transformaciones más profundas de estos procesos: entender que la paz también se construye en la forma cotidiana en que una comunidad se encuentra, se escucha y decide habitar su territorio.
El legado
Pero todo proceso de transformación llega, tarde o temprano, a un momento inevitable: el acompañamiento termina. Los equipos se retiran y los proyectos dejan de tener una presencia cotidiana en el territorio.
Es entonces cuando aparece una pregunta que puede resultar incómoda, pero que resulta fundamental para cualquier proceso social: ¿qué queda cuando quienes acompañaron ya no están?
Para Fundación Mi Sangre, esa pregunta no aparece al final del camino. Forma parte de la manera de entender el proceso desde el principio. La intención no es construir algo que dependa para siempre de quienes impulsaron el proyecto, sino dejar capacidades suficientes para que el territorio pueda continuar avanzando por sí mismo.
Por eso, cuando la Fundación habla de lo que espera que permanezca en Envigado después del acompañamiento directo, habla de un ecosistema.
Ese ecosistema está formado por personas, pero también por relaciones, herramientas y redes. Existe un legado tangible, como la Casa de la Juventud y los insumos y herramientas que pueden continuar siendo utilizados por otros jóvenes y actores del territorio.
Hay, al mismo tiempo, una parte menos visible. Son las metodologías que se aprendieron, las experiencias compartidas, las relaciones construidas y las alianzas que surgieron durante el proceso.
Pero para la Fundación hay algo que ocupa un lugar todavía más importante: que permanezcan los jóvenes como agentes de cambio.
Porque si el acompañamiento logra que las personas puedan continuar organizándose, creando vínculos, impulsando iniciativas y participando en las decisiones de su territorio, entonces el proyecto deja de depender de quienes lo pusieron en marcha.
El verdadero legado no está únicamente en lo que queda físicamente en un lugar. También está en lo que las personas aprendieron a hacer juntas y en lo que pueden seguir construyendo cuando el acompañamiento ya terminó.
Lo que permanece después del programa
Para la Fundación, el valor de un proceso también está en aquello que continúa después del acompañamiento directo.
En Envigado quedan la Casa de la Juventud, los insumos y las herramientas que podrán continuar siendo utilizados por otros jóvenes y actores del territorio.
También permanecen las capacidades, los aprendizajes y las metodologías.
Quedan, además, las relaciones construidas entre sectores que antes no trabajaban juntos.

Y existe algo más difícil de medir: la manera en que los jóvenes se reconocen a sí mismos.
Como personas capaces de participar. De liderar. De construir y de transformar.
Una iniciativa que continúa creciendo después de que termina un programa demuestra que el proceso puede trascender su duración inicial.
Las iniciativas que permanecen, las organizaciones que siguen activas y las alianzas que continúan generando oportunidades forman parte de ese legado.
También lo hacen las personas que ya no necesitan esperar a que alguien más llegue para comenzar a actuar.
Una huella que continúa creciendo en Colombia
La experiencia de S²Cities en Colombia deja una pregunta abierta. ¿Qué ocurriría si las ciudades confiaran más en sus jóvenes?
No únicamente como destinatarios de programas. Sino como personas capaces de aportar soluciones. Como líderes, creadores y aliados. Como ciudadanos que ya están participando en el presente.
Solkes: Si tuvieran que resumir en una sola frase la principal lección de este proceso, ¿cuál sería?
Fundación Mi Sangre: “Si quieres llegar rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado”. La transformación es colectiva. Necesita personas, redes, instituciones y comunidades capaces de construir juntas.
Quizás esa frase resume buena parte de lo ocurrido en Envigado y de lo que ahora continúa desarrollándose en Cartagena.
En Envigado, más de 90 jóvenes demostraron que una idea puede convertirse en una iniciativa. Y que esa iniciativa puede transformarse en una organización.
También mostraron que una conversación puede llegar hasta los espacios donde se toman decisiones.
En Cartagena, una nueva generación continúa escribiendo su propia historia. Lo hace con otros desafíos, necesidades y posibilidades.
Los territorios y las ciudades son diferentes. Sin embargo, existe algo que conecta ambas experiencias.
Cuando las juventudes reciben confianza, herramientas y oportunidades reales para participar, pueden construir cambios que van mucho más allá de un programa.
Los jóvenes como puente entre generaciones
Si las juventudes pueden identificar lo que necesita cambiar en sus territorios, también pueden desempeñar otro papel dentro de esos procesos: conectar a quienes tienen diferentes experiencias, recursos y maneras de entender la ciudad.
Esa capacidad de conectar es, precisamente, una de las razones por las que Fundación Mi Sangre considera fundamental invertir en las juventudes. Para la organización, no se trata solamente de acompañar a una generación. Se trata de reconocer su capacidad para tender puentes.
“Son el puente”, explica la Fundación. Un puente entre sectores, territorios, tecnologías y generaciones. Una conexión que permite acercar realidades diferentes y generar conversaciones que difícilmente ocurrirían de otra manera.
En un país tan diverso y complejo como Colombia, esa capacidad adquiere un valor particular. Las juventudes pueden moverse entre distintos espacios, llevar nuevas preguntas y poner en contacto a personas que no siempre tienen la oportunidad de encontrarse.
Esa mirada también atraviesa el trabajo de S²Cities. Invertir en las juventudes no significa únicamente prepararlas para las ciudades del futuro. Significa reconocer que ya están participando en las transformaciones de los territorios que habitan y que pueden formar parte de las decisiones que definirán esas ciudades.
Las nuevas generaciones están haciendo preguntas, creando proyectos, construyendo redes e imaginando otras formas de vivir sus territorios. No están esperando a que llegue el futuro para empezar a participar en él.
Y cuando encuentran espacios para hacerlo, lo que construyen puede continuar mucho después de que termine un programa. Una alianza puede mantenerse, una iniciativa puede abrir nuevos caminos y una conversación puede convertirse en el punto de partida de otras.
La huella de un proceso, entonces, no siempre está en lo que ocurre mientras dura el acompañamiento. También puede estar en los vínculos que quedan y en la capacidad de las personas para seguir conectándose, creando y transformando juntas.
Terminando por el momento
Una ciudad no cambia solamente cuando se inaugura un nuevo espacio, se aprueba una política o se pone en marcha un programa. También cambia cuando alguien decide participar. Cuando una persona joven siente que su voz tiene un lugar y que sus ideas pueden convertirse en acciones.
Ahí comienza una transformación que va mucho más allá de una iniciativa concreta.
Participar significa entrar en una conversación que nunca debería terminar: la que existe entre quienes habitan una ciudad, quienes toman decisiones y las instituciones que tienen la responsabilidad de responder a las necesidades de sus comunidades. Cuando esa conversación existe y las personas pueden formar parte de ella, también se fortalecen las posibilidades de construir decisiones más responsables y sociedades más conectadas.
El desafío, sin embargo, es enorme. Para 2030, se estima que el 60 % de la población urbana mundial será menor de 18 años. Las ciudades que estamos construyendo hoy serán, cada vez más, los espacios donde crecerán, estudiarán, trabajarán, crearán vínculos y construirán sus proyectos de vida.
Por eso, hablar de ciudades seguras e inclusivas no puede ser una conversación sobre el futuro lejano. Es una tarea del presente.
Y para que ese futuro sea posible, las juventudes necesitan algo más que ser escuchadas. Necesitan espacios donde encontrarse, plataformas desde las que puedan participar y personas e instituciones dispuestas a acompañar sus ideas.
S²Cities deja precisamente esa pregunta abierta en Envigado y en Cartagena. ¿Qué puede ocurrir cuando una ciudad decide no hablar solamente sobre sus jóvenes, sino también con ellos y desde ellos?
Quizás la transformación comienza ahí. En una juventud que vuelve a ocupar sus calles, que se atreve a preguntar cómo podría ser diferente la ciudad que habita y que encuentra a otros dispuestos a construir la respuesta.
Una ciudad más segura, más justa y más humana no se construye algún día. Se construye cada vez que alguien decide formar parte.