Viaje al ombligo del mundo

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Ximena Rivera © Solkes

Emprendí mi viaje hacia el llamado “ombligo del mundo” desde Lima. Luego de haber viajado poco más de una hora en avión, llegué a la ciudad de Cusco, donde me recibió un increíble arcoíris desplegando los colores de la bandera del Tahuantinsuyo. Supe que sería un buen viaje.

 

El trayecto

Seguí por una hora y media en carro hasta la estación de tren de Ollanta, seguido por un paseo en tren de 1 hora y 40 minutos, hasta llegar a Aguas Calientes, pequeño poblado que queda en las faldas de la montaña que alberga Machu Picchu.

Los tramos son verdaderamente hermosos: naturaleza en estado puro, valles verdes, ríos caudalosos, montañas y nevados, adornados por esporádicas ruinas que cuentan historias de hace más de 500 años.

Ximena Rivera © Solkes

La mañana siguiente, casi con la salida del sol, salí finalmente rumbo a la ciudad perdida de los incas. Da gusto ver cómo todos los pobladores derrochan amabilidad y se preocupan por el turista: mantienen los buses limpios, son gentiles, atienden bien, y están siempre con una sonrisa y diciendo palabras sueltas en casi todos los idiomas.

El último tramo para llegar me tomó una media hora adicional en bus –subiendo la montaña por un camino sinuoso y casi improvisado- hasta la entrada de este Santuario Histórico del Perú, que ostenta ese título desde 1981. El viaje fue agotador, inclusive con las comodidades que tenemos en el año 2014.

Parece increíble pensar que recién hace poco más de 30 años, en 1983, este albergue incaico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, ya que fue re-descubierto en 1911 por Hiram Bingham, explorador hawaiano de la universidad de Yale (EEUU).

Ximena Rivera © Solkes

Pero aún más inverosímil resulta pensar que los incas no sólo llegaron hasta un lugar tan remoto y escondido, sino que lo domesticaron y lo hicieron suyo en tan sólo un par de décadas.

Al llegar, subí lo que parecían miles de escaleras hechas en la misma montaña hace cientos de años. El camino estaba resbaloso ya que la bruma de la mañana cubría completamente el panorama. Al llegar al mirador en la parte alta de la montaña, volteé y vi una nube densa que cubría casi en su totalidad las ruinas.

No pude dejar de sentir una pequeña decepción, ya que mi expectativa de poder apreciar su majestuosidad en cuanto llegase era inmensa. Sin embargo, creo que el poder apreciar cómo esa nube densa de bruma se movía lentamente, revelando los secretos de este imperio, fue aún mejor.

 

Construcción del ombligo

Este ombligo del mundo, como se le llamó durante el imperio incaico, fue construido a mediados del siglo XV. Aquí, los incas llegaron a demostrar su inmensa habilidad como ingenieros, agricultores, arquitectos y astrónomos.

Lograron romper piedras inmensas en la cantera de la montaña únicamente con cambios de temperatura; la pulieron tan perfectamente que encajaron una sobre otra sin dejar espacio entre ellas para una delgada navaja. Movilizaron estas piedras enormes sin tener ruedas, y crearon estructuras sólidas y antisísmicas que hasta hoy permanecen en perfecto estado.

Desviaron el agua que bajaba de los nevados cercanos a través de sofisticados sistemas de irrigación para sus plantaciones.

Ximena Rivera © Solkes

Domesticaron plantas y animales en los terraplenes paulatinamente para poder utilizarlos a los 2,400 metros sobre el nivel del mar, y sacar máximo provecho del lugar donde se encontraban.

Observaron cuidadosamente el comportamiento del sol, la luna y las estrellas, y crearon diversos observatorios y templos donde realzaron la salida y la puesta del sol los días de solsticio de verano e invierno, forma que utilizaron para adorar a sus dioses.

 

Hora de volver

Ximena Rivera © Solkes

Después de recorrer las majestuosas ruinas por horas, era hora de volver. Sabía que me esperaba un largo camino de regreso, pero sabía también que me esperaba un viaje feliz, ya que llevaba conmigo el recuerdo de toda una cultura y una sensación incomparable de magia que ya no podría borrar nunca.

Sin duda, puede que el ombligo del mundo moderno sean ciudades cosmopolitas como Nueva York, París o Hong Kong; pero si algo se puede decir del ombligo del mundo incaico, es que la magia que se creó en esas remotas montañas hace casi seis siglos, aún perdura y se transmite a cada uno de sus visitantes. El esfuerzo de cientos de años de toda una civilización puede verse en la actualidad, con tanta intensidad que sólo puede entenderse viviéndolo en carne propia.

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