La casa del árbol en Ivalo, Finlandia (parte II)

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Hace un año, Aurelio, nuestro hijo mayor, visitaba por primera vez Ivalo. Parado una tarde admirando el tamaño imponente de los pinos soltó de repente: “yo quiero una casa de árbol”. El niño interno de Sven y mi niña interna se asomaron enseguida por nuestras sonrisas y nos miramos a los ojos; Aurelio había despertado además un demonio. En seguida respondimos: “el año que viene cuando ya haya nacido tu hermana vendremos los cuatro y la construiremos donde quieras, tú escogerás los árboles”. Con ese proyecto enmaletado llegamos a Ivalo el 21 de Julio del 2015.

Aurelio recordó perfectamente el momento aquel en el que había dejado escapar el genio de la botella y dijo “ya se dónde quiero la casa, aquí entre éstos árboles”.

– Pero Aurelio (espeté yo) sería demasiado grande

– No pasa nada mamá, esa casa es para Savanna también y bueno tu podrás entrar también, (mirada canina de Sven), bueno papi y tú, claro.

María Alejandra Pérez – Preusker © Solkes

Así que enseguida, antes de bajar maletas de ropa, cremas anti zancudos o cualquier chéchere necesario, ya Aurelio había recordado con perfección no sólo haber estado allí, sino también haber tenido su proyecto de verano 2015. Esa noche dormimos felices de haber llegado al fin a nuestra pequeña fortaleza toda de madera.

Al día siguiente al salir de la cabaña nos saludaron los renos que siempre pastorean a distancia prudencial. Siempre que los veo siento que los invado, que les quito espacio, que estoy en la sala de su casa sentada en su sofá favorito con las piernas estiradas y estorbando, como si fuera una visita no deseada y buscó capciosa la escoba detrás de su puerta. Los renos son una presencia tan silenciosa y sutil, que verlos despierta brincos de más en el corazón y dan sustos de ternura, como cuando los niños aprenden a levantarse solos y uno sonríe con nervios. Nunca se acercan demasiado, desconfían y son nerviosos, Aurelio los observaba con respeto y hubiese (como no) querido tocar uno.

Después de acostumbrar un poco más la vista a lo verde y azul del paisaje, de vernos en el espejo del Ivalojoki (Rio Ivalo) de tomar café en las tazas de madera típicas de Laponia, contactamos con la persona que vende la madera para poder hacer las bases de la casa.

María Alejandra Pérez – Preusker © Solkes

De tener madera pasamos a personalizar un poco más la casa comprando a precio de yo lo que quiero es salir de eso, unas ventanas viejas en el garaje de una Sami.

Los Samis son los indígenas que cuentan con mayor número de integrantes en Europa y están entre Rusia, Finlandia, Suecia y Noruega.

Ya hechos con nuestras ventanas y con la madera, descubrimos que nuestro proyecto crecía cuando al pasar por una bomba de gasolina descubrimos que estaba siendo derribada y las ventanas de su café estaban siendo apartadas para ser lanzadas a la basura.

Luego de negociar muy bien a nuestro favor, nos hicimos también con numerosas ventanas de excelente calidad para la casa de cristal sobre el árbol, que así la llamábamos luego de contabilizar con orgullo todas las que teníamos.

Las ventanas nos dieron un enfoque importante, porque al estar dentro de la casa no dejábamos de ver la naturaleza a nuestro alrededor y podríamos visualizar los renos con más cautela.

María Alejandra Pérez – Preusker © Solkes

En Ivalo perdimos la noción del tiempo, el sol se ocultaba un par de minutos y luego aparecía muy descansado a seguir brillando mientras nosotros ni nos enterábamos de fecha ni horario.

Entre el aire puro, la cosecha de arándanos que comenzaban a salir y baños en los lagos y ríos de la zona, Aurelio y Savanna crecían como pinos del bosque sin darnos cuenta.

Savanna brotaba dientes como brotar hojas y Aurelio se convirtió en una especie de radio-esponja que interactuaba con todo y todos. El silencio de Ivalo nos permita oír los hongos crecer.

La casa de cristal sobre el árbol nos dio trabajo, un trabajo que nunca se contabiliza cuando expresas con tanta facilidad un deseo. Aurelio asumió el rol de jefe de obra mientras Sven ensamblaba y martillaba. El serrucho y su ritmo le regaló a Savanna una nueva manera de expresarse con su cuerpo, cada vez que oia a su papá serrucho algo, bailaba y se reía luciendo sus dientes nuevos.

Pasamos los días sumergidos en clavos y madera, el sueño se materializaba cada vez más.

Y, aunque descubrimos de pronto que la casa iba a estar lista era para el 2016, nos empeñamos en trabajar lo máximo posible en terminar sus paredes, la base de ventanas y retazos de madera.

Los días que el sol calentaba más, nos íbamos a sumergir pero en las aguas ámbar del Ivalojoki o en las aguas esmeraldas del Pasasjärvi.

María Alejandra Pérez – Preusker © Solkes

Inflamos como un globo de fiesta un Kajak y remábamos sin rumbo ni estrategia, nuestro compromiso era estar atentos al llamado de la naturaleza siempre y era muy fácil sentirse minúsculo entre tanto cielo abierto. Siempre sentí que había ojos por doquier que nos vigilaban.

La naturaleza virgen tiene una energía que da látigos por la espalda y te hace reclinarte como haciendo una reverencia siempre. Estar en Ivalo es como visitar a un señor muy mayor, que sabe mucho y te habla solo cuando de verdad estas atento y cierras los ojos.

Extendimos la estadía, desviamos la ruta. La casa del árbol se convirtió en un proyecto que había que invertirle siempre más tiempo porque del romance pasamos al enamoramiento y en nada ya estábamos comprometidos. El nuevo plan era entonces quedarnos el máximo tiempo posible y adelantar lo que más pudiéramos. Regresaríamos entonces no el 6 de Agosto como planificado sino el 20 del mismo.

Apenas hablamos tomado la decisión todo conspiró para distraernos de la construcción; el sol salía más e invitaba a nadar, los arándanos vistieron de lila todo lo que ocupaba mis ojos, los hongos brotaban con las cebollas y el aceite al lado incitando a cocinar más y más, el espacio destinado a las parrillas con vista imponente al Ivalojoki nos seducía con sus dedos torcidos de madera.

María Alejandra Pérez – Preusker © Solkes

Las pausas de construcción fueron fuente de inspiración, hablar de la casa y de nuestros planes para el 2016 era el tema de la cosecha. Con veinte días en Ivalo y habiéndonos acostumbrado tanto a la pureza que nos regalaba el hacer sauna con regularidad, tomar agua del riachuelo y comer frutos y hongos del bosque comencé a notar sin preocupación, que al caminar descalza de mis pies brotaban raíces y jugaba a ser árbol y así lograba ver de cerca los Kukkeli, pájaros de buen agüero que abundan en la zona.

A los 25 días ya podía peinar mi cabellera verde sin ningún pudor. Mi olor a bosque me hacía feliz, mis ojos sentían dolor al ver más de 50 personas en el supermercado del pueblo.

Mi risa ya no era estridente para ganarme la confianza de los renos, quienes se pasaron la voz y habían designado como espía de nuestra obra a un joven reno albino que nos visitaba a diario.

Con mucho esfuerzo logramos completar la base y las cuatro paredes de la casa, nos dimos cuenta que el tiempo había pasado porque ya el sol se comenzaba a ocultar 6 largas horas y el otoño nos enviaba soplos de presencia por las noches cuando el Ivalojoki era arropado por la neblina.

Nuestra casa se quedaría sin techo y proyectamos nuestra presencia en el 2016 para completar un sueño de un niño de 4 años.

No fue fácil levantar nuestro campamento ésta vez, la naturaleza abraza fuerte, impregna de olores y sabores y no ofrece una relación fácil de dejar. Con las perlas de sal besándonos las mejillas miramos nuestra hermosa casa de cristal custodiada por un reno albino que nos regaló la certeza de que todo estará bien al volver.

María Alejandra Pérez – Preusker © Solkes

En el camino de regreso noté mi cabello castaño oscuro y mis manos vacías de arándanos. Mis pies ya no tenían raíces; pero el olor, el olor a bosque lo atrapé justo antes de caerse y lo acuñé en mis sentidos para siempre.

En la madrugada del 21 de Agosto llegábamos al campamento de Pyhäjärvi, recuperé y abracé a mi almohada muy casada, muy nostálgica pero muy satisfecha.

Ahora cierro los ojos y me dejo caer como tantas veces lo hice de espaldas en el rio ámbar, para soñar. Ivalo, Inari y sus alrededores al norte de Finlandia, en Laponia encierran un misterio, un misterio que creía perdido entre las selvas de concreto que abundan en el planeta, encierran olor a musgo, a hongos de capa roja a rio limpio. Invito a visitar el norte de Finlandia y advierto de excesos de pureza.

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