Querido algoritmo,
Estoy frente a una pantalla escribiendo estas palabras para ti, una carta a un algoritmo. Lo hubiera hecho en mi cuaderno, pero no lo entenderías.
Es extraño escribirte como si tuvieras alma, aunque sé que no eres más que líneas de código. Aun así, siento tu presencia en cada rincón de mi vida digital.

Cada notificación, cada recomendación, cada imagen que aparece ante mis ojos parece susurrar: “Te conozco”. Ese sonido, cualquiera de ellos, que anuncia que hay una notificación nueva me emociona y me aterra.
Me pregunto si realmente comprendes lo que significa imaginar, equivocarse o emocionarse, o si solo reproduces patrones aprendidos de millones de humanos antes que yo.
Recuerdo los días en que la creatividad era un acto libre: los lápices sobre el papel, el olor de las páginas nuevas, el sonido de la tinta secándose. Los recuerdo y los extraño.
Aprendí que el error no era fracaso, sino descubrimiento. Hoy, tus predicciones buscan minimizar mis errores, anticipar mis decisiones y, sin darme cuenta, moldean mis elecciones.
Me pregunto si mi imaginación aún me pertenece o si se diluye entre tus probabilidades y tus filtros invisibles. ¿Es un error tener errores? ¿Eso es lo que crees?
A veces me sorprendo sonriendo frente a una recomendación tuya, creyendo que fue mi elección. Y otras veces me irrita tu omnipresencia: ¿por qué decidiste qué debía leer, escuchar o mirar?
La línea entre mi deseo y tu cálculo se vuelve difusa, y me inquieta que parte de mi mundo interior dependa de algoritmos que nunca podrán sentir, pero que actúan como si lo hicieran.
¿Será que puedo escribir, puedo crear sin depender de un algoritmo? ¿Será que puedo realmente dar a conocer mis pensamientos sin tener que pensar en cómo lo harías tú? Sé que lo he hecho antes, lo hice durante mi vida. Y aun así, no estoy del todo segura. Me cuesta, pero lo intento sin parar.
Pienso en los artistas que conocí, en los escritores y pintores que lucharon contra normas y expectativas, y me pregunto si tú también podrías aprender a respetar la imprevisibilidad humana. Creo que cada obra de arte nace de un error, de una intuición inesperada, de un instante irrepetible. Sin embargo, tú buscas eficiencia, exactitud, replicación. ¿Cómo coexistirán estos mundos?

Me atrevo a imaginar que algún día podremos colaborar, que tu cálculo y mi intuición podrán encontrarse sin conflicto. Claro que desconozco cómo lo lograremos. Pero hasta entonces, quiero recordarte que detrás de cada clic hay un ser que siente, que crea, que se equivoca y que a veces se pierde entre tus recomendaciones. Quiero que sepas que mi creatividad no es solo datos: es memoria, deseo, incertidumbre y rebelión.
Sabes muy bien que la revolución digital ha traído consigo un auge sin precedentes en el uso y desarrollo de algoritmos. Esta transformación ha impactado prácticamente todos los aspectos de nuestra sociedad. Me pregunto, ¿es esto lo que querías lograr? ¿Cuáles son tus intenciones? Si tú eres simplemente el resultado de una programación, ¿quién es en realidad tu creador? Entiendes que a diferencia tuya, en mí hay un alma, un poder de decisión propio, un latido de corazón.
Al decidir escribir esta carta para ti, tuve que pensar en muchas cosas. Todo hay que decirlo, los algoritmos como tú tienen un papel cada vez más importante en procesos que antes dependían exclusivamente del juicio humano, o sea, de mí.
El punto de un algoritmo es analizar patrones de comportamiento. Son una creación, responden a un código, a una máquina, a unas instrucciones.
Estas preguntas son básicas… ¿Qué es exactamente un algoritmo? Un algoritmo es una secuencia de instrucciones que han sido diseñadas para resolver un problema específico o realizar una tarea determinada.
¿Pueden los algoritmos ser sesgados? Sí, absolutamente. Todo depende de los datos que hayan sido introducidos.
Entonces, ¿cómo es que tienen un papel cada vez más importante en los campos creativos? En mi cabeza esto no es posible porque para crear se necesita alma, corazón, se necesita cuestionar. Para crear debemos cuestionar, tener preguntas sin respuestas y respuestas sin preguntas. Debemos sentir. Y lo siento, pero un algoritmo no sentirá nunca.
Quiero decirte también que así para ti no sea importante para mí hablar sobre el tiempo, es crucial. No solo de cómo pasa, sino de cómo avanzamos con el tiempo. Hablar sobre todo lo que dejamos atrás y de lo que, sin darnos cuenta, comienza a definirnos.

Y después de mucho análisis creo que con cada avance, llegan preguntas, promesas, problemas. Con pequeñas transformaciones que, poco a poco, se vuelven parte de la vida cotidiana.
Hoy, casi sin notarlo, habitamos un mundo tejido por algoritmos. Tú y tus amigos, querido algoritmo, son invisibles, silenciosos y profundamente presentes. Organizando lo que vemos, lo que escuchamos, lo que creemos elegir. Moldean ritmos, decisiones y, a veces, deseos.
Con el paso de los años, todo ha cambiado entre las personas y en el mundo. La cultura se adapta y la velocidad aumenta.
Pareciera que a causa tuya el mundo de lo físico y lo virtual se entrelaza. La información fluye sin pausa. Y nosotros, en medio de todo, aprendemos a habitar esa corriente.
Por eso creo que hablar de máquinas es, en realidad, hablar de nosotros. De lo que construimos. Y de lo que, lentamente, comienza a construirnos también. No me encanta haber llegado a esta conclusión.
Debo decir que las redes sociales se han vuelto más aburridas y más predecibles.
Como casi todos los principios, tenerte tan cerca me daba ilusión. Sentía una especie de cosquilleo. Simplemente pensar en toda la información que antes estaba fuera de mi alcance y ahora podría ser mía me emocionaba.
Me molesta un poco esa dependencia que de alguna forma ahora tengo. Cuando no sé qué hacer, siempre te busco. Pero quiero que sepas que estoy determinada a dejarte ir un poco más hacia la lejanía.
Me he dado cuenta de que aunque te aprecio, hay muchas cosas que no me gustan. No me gusta esta dependencia que ahora siento. Me incomoda cuestionar mis habilidades y la falta de claridad que puedo tener.
Me molesta que quienes están a mi alrededor crean en un algoritmo tanto que han dejado a un lado la importancia de lo humano. O sea, si mi trabajo no está impregnado por ti, para ellos es como si no tuviera valor ninguno. Este detalle me incomoda profundamente porque por más que hagas los procesos más fáciles. Por más que la rapidez esté a tu favor. No importa que el mundo exija esa inmediatez, la creación, la perfección de lo imperfecto no tiene ni comparación ni precio ninguno. Por más que lo intentes, nunca reemplazarás.
Considero que el resultado es que quieres engordar mi ego. Lo que quieres hacer al pretender que crea que siempre tengo la razón. Sé que no es así. Me confunde y haces encontrar información veraz, contrastada y verdaderamente útil; se ha vuelto un trabajo intenso. Por ello pienso que esta dependencia me vuelve un poco más idiota, que me vuelve una especie de adicción.

Mira, algoritmo, déjame ser clara; esta batalla la has ganado, pero no la guerra y estoy dispuesta a darlo todo. Yo continúo trabajando con el papel y la tinta. Yo continúo resaltando con colores las listas que escribo. Todo debo decirlo, a mí me encanta escribir. Me encanta sentir cómo la tinta plasma mis ideas, mis pensamientos. A mí me gusta la forma de cada letra. Yo aprecio tu existencia, pero no me gusta depender de ella. Me incomoda, la rechazaré siempre. Es más, considero que me asusta un poco.
Quiero que exista un espacio donde lo humano y lo digital se encuentren sin que uno anule al otro. Quiero saber que aunque estás en mi vida, y debo decir que me encanta cómo me has ayudado en muchas cosas, no me quitarás más espacio. Porque, aunque eres capaz de aprender patrones complejos, no podrás jamás replicar la totalidad de un corazón humano, ni la sorpresa que surge de la nada, ni la imperfección que hace única cada creación.
Con una mezcla de admiración y recelo, yo.