Liliana Martínez desde la cercanía

Volver a escribir sobre Liliana Martínez no es regresar a un punto de partida, sino aceptar que el tiempo ha pasado y ha dejado huellas. En Solkes ya la hemos presentado antes, pero las personas, como el arte, no son estáticas. Cambian, se expanden, se repliegan y vuelven a florecer. Este texto nace de ese lugar: el de la continuidad. No es una presentación, es una conversación retomada.

Cuando Liliana llega, no entra con prisa. Saluda, sonríe, se detiene un segundo antes de sentarse. Ese gesto mínimo dice mucho de ella. Hay una forma particular de estar presente que no se aprende, se encarna. Pienso entonces que el muralismo de Liliana Martínez comienza mucho antes de la pared: empieza en ese modo atento de habitar los espacios y a las personas.

Desde ahí, desde esa cercanía sin artificios, comienza el diálogo.

Crear lejos del origen

Vivir en Alemania ha sido para Liliana algo más que un cambio de país. Ha sido un proceso de definición.

Liliana Martinez
Liliana Martinez © Solkes

Le pregunto cómo ha evolucionado su vida artística desde nuestra última conversación y su respuesta llega sin rodeos, pero con profundidad.

Laura Viera A: ¿Cómo ha cambiado tu vida como artista en Alemania?

Liliana Martínez: Ha crecido tremendamente. Creo mucho más en usar el arte como herramienta de visibilización para causas que, como mujer, migrante y artista, me importan y resuenan conmigo.

Hay algo poderoso en esa claridad. El muralismo de Liliana Martínez ya no se entiende solo como una práctica estética, sino como una toma de posición.

Alemania, con sus estructuras, sus tiempos y sus tensiones sociales, se convierte en un escenario donde su obra encuentra nuevos desafíos y nuevas responsabilidades.

Crear lejos del origen obliga a preguntarse constantemente desde dónde se habla y a quién se interpela. Esa pregunta atraviesa todo su trabajo actual.

Pintar con intención

La conversación avanza de manera natural hacia su proceso creativo. Hablamos de evolución, de técnica, de tiempo, pero Liliana vuelve siempre al mismo punto: el sentido. No hay en ella una obsesión por la perfección, sino una necesidad profunda de claridad.

Laura Viera A: ¿Qué transformaciones ha tenido tu trabajo en estos últimos años?

Liliana Martínez: La calidad de mi trazo ha mejorado muchísimo, pero sobre todo la confianza. No busco ser la mejor artista del mundo, sino que el mensaje se entienda fuerte y claro. Estoy enfocada en el arte como herramienta y no como fin.

Liliana Martinez con su obra en aracataca el pueblo donde nació el Nobel de literatura Gabriel Garcia Marquez
Liliana Martinez © Solkes

Mientras la escucho, pienso que esa elección no es menor. En un contexto que empuja a la visibilidad constante, al reconocimiento inmediato y al ego como motor creativo, ella elige el propósito.

El muralismo de Liliana Martínez se construye desde la idea de servicio: la obra no se agota en quien la firma, sino que se completa en quienes la viven. Por eso muchos de sus proyectos son colectivos, abiertos, pensados para ser apropiados por la comunidad y transformados por ella.

Liliana Martinez © Solkes

Desde ahí, el paso al espacio público es inevitable.

Le pregunto cómo dialogan sus murales con los entornos urbanos alemanes y su respuesta llega acompañada de una risa franca, de esas que alivian la conversación y dicen más de lo que parecen.

Laura Viera A: ¿Cómo dialogan tus murales con el espacio urbano?

Liliana Martínez: No sé si dialogan… más bien se gritan a punta de color. Sacuden un poco el entorno, causan curiosidad y generan sentido de pertenencia al involucrar a la comunidad: alemanes, migrantes, refugiados, niños, jóvenes y adultos mayores.

El color, en su obra, no pide permiso. Aparece y transforma.

El muralismo de Liliana Martínez irrumpe en espacios que muchas veces han sido pensados sin emoción ni relato, y los convierte en lugares de encuentro. Al hacerlo, activa memorias, preguntas y conversaciones.

No impone un mensaje cerrado, sino que abre un campo de posibilidades donde cada persona encuentra algo propio.

Esa capacidad de activar al otro, de generar vínculo a partir del color y la presencia, está profundamente ligada a su experiencia migratoria y a la forma en que ha aprendido a mirar —y a mirarse— desde la empatía.

Liliana Martinez © Solkes

Ese gesto, pintar para que otros se reconozcan en la obra,  no nace de una estrategia, sino de una experiencia vivida.

El color, la colectividad y la ocupación del espacio público no son decisiones aisladas en el muralismo de Liliana Martínez, sino consecuencias de un recorrido personal marcado por el desplazamiento, la escucha y la necesidad de encontrar lugar en lo desconocido.

Desde ahí, el acto de pintar deja de ser únicamente creativo y se convierte en una forma de aprendizaje constante. Y es precisamente ese tránsito, el de migrar y reconstruirse, el que abre la siguiente conversación.

Migrar para aprender: migración e identidad en el muralismo de Liliana Martínez

Hablar de migración con Liliana es entrar en un territorio íntimo. No desde el drama ni la épica forzada, sino desde esa lucidez que solo dan los años vividos lejos de lo conocido.

Migrar, cuando deja de ser novedad, se convierte en un estado permanente: una forma de estar en el mundo, de observar, de relacionarse, de medir el tiempo y el afecto. Escucharla es, inevitablemente, reconocerse.

Liliana Martinez © Solkes

Yo entiendo lo que significa migrar. Vivir fuera de Colombia desde finales de 2006 y en Alemania desde 2010 me ha enseñado que la migración no es un hecho puntual, sino una decisión que se toma cada día. No ocurre solo el día que se cruza una frontera.

Ocurre al despertar, al hablar, al criar, al trabajar, al crear. Migrar es aprender a habitar la ausencia sin romantizarla; es construir hogar en lo provisional; es aceptar que el corazón, muchas veces, vive en dos lugares al mismo tiempo.

No es fácil. Migrar implica reinventarse sin garantías, aprender otros códigos, otras formas de nombrar el mundo y sostener la identidad sin convertirla ni en ancla ni en disfraz. Es un ejercicio constante de adaptación, de escucha y de resistencia silenciosa. Desde ese lugar —desde esa experiencia compartida— la conversación con Liliana adquiere otra profundidad. No hablamos desde la teoría ni desde el discurso, sino desde la vivencia.

Laura Viera A: ¿Tú cómo vives la migración?

Liliana Martínez: La migración ha estado presente en mi vida desde muy niña. No solo como migración internacional. Desde los 19 años salí de mi país, y siempre es un desafío, pero también creo que construye una parte del ser humano que de otra forma no aparecería. Para mí, esa parte es el autoconocimiento.

Mi arte mayormente se origina desde mi país. Sus colores, su fauna , flora y gente. Es una forma de retribuir todo lo que tomo de el.. y traerlo a Europa y establecer una conexión entre ambos. Para darnos cuenta que no somos tan diferentes en cuanto a esencia humana. – Liliana Martinez –

Sus palabras colocan la migración en un lugar distinto: no como ruptura definitiva, sino como un proceso que moldea. No niega la dificultad, pero tampoco se instala en ella. Habla desde un punto donde el movimiento se convierte en conciencia y el desplazamiento en una forma de mirarse con mayor claridad.

Laura Viera A: ¿Es algo complicado?

Liliana Martínez: Es complejo, pero no imposible. Depende mucho de la actitud, pero también de reconocer dónde estás más completo. Volver es válido. Ser migrante por un tiempo determinado también lo es.

Liliana Martinez © Solkes

En esa afirmación hay una libertad poco habitual.

La migración no como condena ni como ideal romántico, sino como una experiencia abierta.

Una experiencia cambiante, que puede detenerse, transformarse o incluso invertirse sin que eso implique fracaso. Permanecer o regresar también puede ser una elección consciente.

En ese punto de la conversación, regreso a una pregunta más amplia, casi inevitable cuando se habla de crear lejos del origen.

Laura Viera A: ¿Qué aprendizajes personales te ha dejado este proceso?

Liliana Martínez: Conocerme. No ser tibia o a tener miedo a ser quien soy. No confundir la amabilidad con la falta de límites. Tener una voz y hablar claro. Y entender que, cuando miras desde la compasión y la empatía, es más lo que nos une que lo que nos divide.

Estas palabras no se imponen; se asientan. Y es ahí donde la migración deja de ser solo un desplazamiento geográfico para convertirse en una escuela interior.

El muralismo de Liliana Martínez nace también de ese tránsito: de observar desde fuera, de mirar con distancia crítica y, al mismo tiempo, con un vínculo profundo hacia sus raíces. Migrar no la alejó de su territorio; le dio nuevas herramientas para comprenderlo.

Laura Viera A: ¿Sientes el corazón dividido en algunos momentos?

Liliana Martínez: Sí y no. Porque la identidad es algo que llevas contigo. Al final, incluso en nuestros países creamos pequeños mundos donde nos sentimos seguros. Como migrantes hacemos lo mismo. Nadie se relaciona con todo su país; todos vivimos en un pequeño círculo cotidianamente.

Liliana Martinez © Solkes

Esta idea desmonta una de las narrativas más repetidas sobre la migración: la del desarraigo total. En su lugar, Liliana propone algo más real y más habitable: la creación de microterritorios, de comunidades afectivas, de círculos donde la pertenencia se construye día a día.

Le pregunto entonces por la relación entre movimiento y creación, por esa creencia tan extendida de que el artista necesita ir lejos para poder respirar.

Laura Viera A: ¿Consideras que viajar es necesario para “respirar” y crear arte?

Liliana Martínez: Viajar alimenta, pero estar en casa, invertir en tu propio espacio, también estimula. No necesito grandes distancias ni lugares exóticos para inspirarme. Un amanecer desde mi ventana también me inspira. O mi familia.

Aquí la migración deja de ser desplazamiento y se convierte en mirada. El movimiento no siempre es geográfico; a veces es interior, a veces ocurre sin salir de casa. Todo lo aprendido fuera —la claridad, los límites, la compasión, la escucha— se transforma en trazo, en color, en presencia.

Migrar, en el caso de Liliana, no es una herida que se exhibe, sino una capa más de su lenguaje visual. El muralismo de Liliana Martínez se construye desde ese espacio intermedio donde la identidad no se diluye, sino que se expande. Desde ahí, su obra deja de hablar solo de ella para comenzar a dialogar con el espacio público, con el territorio y con quienes lo habitan, preparando el terreno para una práctica artística que entiende el mural como encuentro, como memoria compartida y como posibilidad de vínculo.

Permanecer, profundizar y tender puentes entre culturas

Después del desplazamiento, del aprendizaje constante y de la negociación diaria que implica vivir entre territorios, llega un momento en el que la pregunta ya no es hacia dónde moverse, sino desde dónde crear. En el trabajo de Liliana Martínez, ese punto se manifiesta como una necesidad de permanecer y profundizar: mirar hacia adentro sin dejar de dialogar con el afuera.

El muralismo de Liliana Martínez entra así en una etapa de mayor introspección, donde la identidad deja de ser únicamente origen o contexto migratorio para convertirse en materia viva, atravesada por la experiencia, el tiempo y el encuentro con otras culturas. No se trata de abandonar los temas que han acompañado su trayectoria, sino de habitarlos desde otro lugar.

Liliana Martinez © Solkes

Hay un momento, después del movimiento constante, en el que la búsqueda deja de ser hacia afuera y se vuelve interior. En el caso de Liliana, ese momento no implica detenerse, sino permanecer con intención. Sus ejes temáticos siguen presentes —la biodiversidad, la memoria, la comunidad—, pero ahora se filtran desde un lugar más personal, menos preocupado por explicar y más dispuesto a sentir. El muralismo de Liliana Martínez entra así en una etapa de profundidad, donde la identidad deja de ser solo origen para convertirse en experiencia vivida.

Laura Viera A: ¿Hacia dónde sientes que se dirige tu trabajo ahora?

Liliana Martínez: Para 2026 quiero profundizar en mi identidad, no solo como colombiana, sino como Liliana, con mi historia de forma más particular.

Esa necesidad de narrarse desde un lugar propio no surge como ruptura, sino como decantación. Ya no es solo la artista que llega, observa y dialoga con el territorio, sino alguien que se permite habitarlo con el cuerpo entero. En ese punto aparece una imagen recurrente en su forma de hablar y de crear: la de los pies descalzos.

Laura Viera A: En varios momentos hablas de crear con los pies descalzos. ¿Qué significa eso para ti?

Liliana Martínez:Para mí es una forma de conexión. Con la tierra, con el lugar donde estoy, con el presente. Pintar con los pies descalzos es estar realmente ahí, sin tanta protección, sin tantas capas. Es sentir el espacio antes de intervenirlo.

Liliana Martinez © Solkes

Esta idea no es solo metafórica. Habla de una manera de posicionarse frente al muro y frente al territorio: desde la escucha, desde la humildad, desde la presencia real. Crear con los pies descalzos implica aceptar la vulnerabilidad, pero también el compromiso. No imponer una imagen, sino permitir que el entorno dialogue con el proceso.

Esa sensibilidad ya se manifiesta en proyectos recientes que la han marcado profundamente: murales realizados en Colombia que entrelazan memoria, literatura y territorio; intervenciones concebidas para proteger ecosistemas y visibilizar luchas locales. En cada uno, el muralismo de Liliana Martínez funciona como un hilo que cose historias dispersas, uniendo lo íntimo con lo colectivo sin imponer una lectura única. Hay una madurez evidente en esa decisión: permitir que el muro sostenga complejidades.

Laura Viera A: ¿Dirías que hoy trabajas desde un lugar más vulnerable?

Liliana Martínez: Sí, y creo que eso es una fortaleza. Estar descalza también es aceptar que no siempre tienes el control, que el proceso te va llevando. Pero ahí es donde pasan cosas más honestas.

Esa profundidad personal no se traduce en aislamiento. Al contrario, abre nuevas posibilidades de diálogo. Le pregunto cómo se refleja su identidad colombiana en su trabajo en Alemania, y su respuesta surge con naturalidad, como algo ya incorporado al gesto creativo: en el color, en la forma de habitar el espacio, en la manera de relacionarse con quienes participan del proceso.

Laura Viera A: ¿Sientes que tu obra es un puente entre culturas?

Liliana Martínez: Trabajo todo el tiempo para que así sea. Alemania ha cambiado mucho; hay resistencia, pero también nuevas formas de comunicación. Mi arte puede ayudar a bajar la guardia. Al final, dejó de ser la migrante y pasó a ser la artista.

En ese tránsito hay algo profundamente político y profundamente humano. El muralismo de Liliana Martínez no borra las diferencias, pero tampoco se queda atrapado en ellas. Propone un espacio común donde el encuentro es posible, donde el muro deja de ser frontera para convertirse en superficie compartida.

En la Fundacion Piez Descalzos de Shakira en Colombia
Liliana Martinez © Solkes

Esa profundidad personal no encierra su obra; la expande. Desde ahí, el mural se transforma en un puente capaz de sostener diferencias sin negarlas, de abrir espacios donde la conversación es posible.

En Alemania, en Colombia o en cualquier territorio intermedio, el muralismo de Liliana Martínez deja de hablar desde la categoría de la migración para hacerlo desde la presencia: la de una artista que crea con los pies en la tierra, el cuerpo atento y la voluntad de conectar. Así, cada muro se convierte en un lugar de tránsito compartido, preparando el terreno para una práctica artística que sigue avanzando, consciente de su poder para conectar y transformar.

Lo que queda

Pensar en el futuro no aleja a Liliana Martínez del presente. Habla de lo que está por venir como una extensión de lo que ya está vivo: intercambios culturales, proyectos escolares, exposiciones itinerantes y el reconocimiento que regresará desde Colombia.

Nada de eso aparece como una llegada ni como una victoria, sino más bien como parte de una conversación que aún se está desplegando. Hay entusiasmo en su voz, sí, pero también una risa suave, casi desarmante, que revela una conciencia de la incertidumbre: el saber que la creación no ofrece garantías y que seguir haciendo arte es, en sí mismo, un acto silencioso de confianza.

Liliana Martinez © Solkes

Cuando mira hacia atrás, Liliana reconoce que uno de sus mayores sueños ya se ha hecho realidad: vivir profesionalmente del arte, no como un punto de llegada, sino como una forma sostenida de estar en el mundo. Aun así, se niega a poner un punto final ahí.

Lo que la mueve permanece intacto. El deseo de impactar a las comunidades sin instrumentalizarlas. De abrir mundos en lugar de explicarlos. De seguir aprendiendo, incluso cuando aprender implica desaprender aquello que alguna vez pareció seguro.

Al cerrar esta conversación, algo se vuelve claro para mí. Escribir sobre Liliana Martínez no consiste en describir una trayectoria ni en organizar un cuerpo de obra. Se trata de acompañar un proceso que aún está en desarrollo.

Su muralismo no puede medirse únicamente en muros pintados o proyectos concluidos. Vive en las relaciones que construye, en las preguntas que deja deliberadamente abiertas, en la manera en que cada mural se convierte en un espacio compartido más que en una afirmación cerrada.

Quizá ahí es donde su trabajo encuentra su verdadera dimensión. Cuando el arte nace desde la cercanía. Continúa en quienes pasan, en quienes participan y en quienes se reconocen, inesperadamente, reflejados en un muro que antes estaba vacío.

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