Mi hijo es perfecto

Por: Juanita Bernal Sanint
Fotos: Carolina Correa & Nessa Twix

Desde hace alrededor de una década venimos oyendo que los niños de hoy son muy diferentes a los niños de otras épocas, que son más rebeldes, que no tragan entero o lo que términos coloquiales muchos definen como que vienen con otro chip; todo esto se ha vuelto un lugar común y un estereotipo más que una realidad.


Foto: Nessa Twix
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Es cierto que el periodo infantil actual es cada vez más atropellado y por lo tanto más corto, que los niños actuales tienen acceso a la información desde muy temprana edad, que la tecnología los contamina mientras rompe los muros y les pone el mundo entero a un clic de distancia.

También es cierto que en la mayoría de los casos las fuentes mediante las cuales tienen acceso a la información primaria en temas complejos no es la mejor y mucho menos cuando además carece casi siempre por completo de acompañamiento, dialogo y la debida explicación por parte de adultos comprometidos con el proceso educativo de las generaciones que vienen.

Todo eso es cierto y sin embargo seguramente en todos los momentos de la historia ha habido y habrá niños difíciles y con certeza absoluta en otros momentos también lo adultos solían pensar que los niños pensaban diferente a ellos, que eran rebeldes, atrevidos y osados (de ahí el concepto de diferencia).

Si indagamos un poco en la historia de generaciones pasadas seguramente en cada momento se habrá afirmado por diferentes razones que las generaciones de los menores de esa época fueron difíciles: contestatarias, rebeldes, atrevidas y osadas, que no respetaban figuras de autoridad ni a sus mayores y que causaron grandes estragos en su debido momento.


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Puede que los niños fueran más sumisos. Más que eso es que era una sociedad donde solo a partir de cierta edad las personas cobraban relevancia y tenían una voz dentro de la sociedad pero también era debido a que se les daba mucha menos relevancia y el protagonismo estaba situado en los adultos más que en los niños.

No se hablaba tanto como en esta época de los derechos de las minorías, los niños debían hacer caso a los adultos y no cuestionaban las razones que estos daban, tuvieran o no la razón.

Pero más allá de esto, pensar que la culpa de que los niños de hoy sean en teoría diferentes y más rebeldes por el acceso que tienen a la tecnología y la información es como pensar que los niños durante la época del romanticismo tenían una mayor tendencia al suicidio porque era un tema común y bastante frecuente para ese momento.

Quienes crecieron bajo la influencia de Las Flores del mal de Baudelaire serían más tendientes a los pecados capitales, los excesos de la carne y de las pasiones o la homosexualidad o afirmar que quienes fueron niños en la época dura de sexo, drogas y rock and roll desarrollaban con más facilidad vicios y temprana iniciación sexual.


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Cada época de la historia ha sido complicada por unos u otros factores, los niños siempre han estado expuestos de alguna u otra forma a los fenómenos sociales y culturales propios de cada época y sin embargo, es hasta ahora que se exacerba la idea de que “los niños de hoy son diferentes” y que es aquí donde radica la principal dificultad de la educación actual.

Dice el adagio popular que los niños son lo que ven, están permanentemente modelando actitudes, comportamientos, y sobre todo, el ejemplo que reciben por parte de los adultos.

También se dice que la formación empieza y se da principalmente en la casa que es donde los niños aprenden a relacionarse con el otro, a establecer su escala personal de valores a darle más o menos importancia a unas cosas que a otras y en sí a ser una buena persona capaz de relacionarse y desenvolverse de la mejor manera posible en sociedad.

En el ámbito educativo se observa mucho que es precisamente ahí donde está la falla, en los padres de familia que en muchos casos ignoran lo que les pasa a sus hijos y peor aún, lo tapan, lo toleran, lo niegan y hasta lo alcahuetean.


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El problema de la educación actual no radica entonces en que los niños vengan con un chip diferente sino en que sus padres les permiten todo: no los reprenden ni los corrigen porque creen que eso implicará un trauma en los niños, porque niega la libertad de expresión con la que deben crecer los niños, porque va en contra de sus derechos o porque simplemente están más ocupados ejerciendo toda clase de roles menos el rol de padre.

Rol que si no escogieron por lo menos aceptaron. Los padres de familia ignoran los problemas que tienen sus hijos más porque eso implica para ellos sacar tiempo y ocuparse de lo que está aconteciendo que porque de verdad crean que la solución sea no reprender a los niños (aunque se ven los dos tipos de casos, también están quiénes con verdadera convicción creen que si a los niños se regañan van a crecer traumatizados y no van a lograr el objetivo último: ser felices).

Claro que los niños tienen derechos, claro que en cualquier sociedad medianamente civilizada los niños deben estar primero y los adultos deben velar siempre por el bienestar y el buen cumplimiento de los derechos de los niños.


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Estamos hablando de los derechos reales y el derecho a la educación es sin duda uno de los derechos fundamentales. Recibir educación no quiere decir únicamente tener la posibilidad de ir aun colegio o aprender a sumar o restar, recibir educación también y principalmente significa tener el derecho a ser formados como personas de bien.

Aprender sobre la ética y los valores y sobre todo, a aprender que lo que está mal está mal –por ejemplo hacerle daño a los demás, incumplir las normas o las leyes o ser un problema para la sociedad por sus comportamientos y actitudes.

Además, el actuar mal tienen necesariamente ciertas consecuencias implícitas y se debe aprender a asumir la responsabilidad de lo que hacemos así esto implique tener castigos o sanciones que deben ser acatadas.

Sin embargo, para lograr esto primero es necesario que los padres estén comprometidos con la educación integral y absoluta de sus hijos así para ellos implique tiempo, esfuerzo y recursos adicionales.

En teoría para eso trajeron hijos al mundo, para darles lo mejor y formarlos de la mejor manera posible porque es su responsabilidad con la sociedad formar a sus hijos como ciudadanos y personas de bien y si por alguna razón consideran que no tienen los recursos materiales, intelectuales o morales para tenerlos.

¿No sería mejor no hacerlo, no sería mejor tomar una decisión a conciencia y quedarse sin hijos? Pero más allá de comprometerse como padres a formarlos también deben permitir que los colegios y centros educativos que escogieron “voluntariamente” para sus hijos lo hagan, deben comprometerse además a no entorpecer el proceso, a aceptar cuando les digan algo no tan bueno de sus hijos, a reflexionar en torno a por qué lo dicen y que puede o no tener de cierto.


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Deberían apoyar a los entes educativos no solo a que los estudiantes estén preparados cognitiva y académicamente para afrontar el futuro. Que estén también preparados para ser personas socialmente comprometidas y activas para desempeñarse con ética dentro del mundo que los rodea cada vez más convulso y complicado, a ser en resumidas cuentas, una persona de bien.

En conclusión, la paternidad debe ser en todo caso una decisión tomada a conciencia, responsable, madura y comprometida que implica además estar en condiciones de dedicarle todos los recursos posibles y no solo material ni económicamente hablando. Implica una dedicación total y absoluta de recursos intelectuales, morales, de tiempo, de interés y motivación, de ser capaces de hacer una revisión consciente y comprometida de si mismos como personas para re - pensar cómo ser mejores padres presentes y comprometidos con el desarrollo integral de sus hijos.

Sobre todo, ser padres implica y debe implicar en cualquier caso asumir un compromiso real con la sociedad de hacer todo lo que esté a su alcance y de permitir que la misma sociedad lo haga sin entorpecer, encubrir o alcahuetear los errores de sus hijos. La idea es que sean seres de bien, formados dentro de la ética y la moral que aporten con sus valores a la sociedad y sobre todo, que sean capaces de asumir las consecuencias de sus errores y responder ante la sociedad cuando se equivocan.

 


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